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Baudelaire no tuvo biblioteca, o no se le conoció, sus amigos describen un apilamiento borroso de libros contra la pared de su buhardilla, nada más; pero en fin, el hombre habrá leído lo que consideró fundamental para su formación, o deformación, no sabemos. Algo merece, sí, que recordemos, lo siguiente: muchas veces Baudelaire hizo uso de las páginas de los libros, que arrancaba para ponerlas de plantillas a sus zapatos perforados cuando el invierno apretaba en las heladas callejuelas de París; esto lo cuenta en una carta a su madre, así que no relato mentiras.

Otro tipo que nunca leyó nada aunque supiera latín perfectamente desde temprana edad, fue Arturo Rimbaud, de Charleville Mezieres, malvado como no hay dos; le encantaba pedir libros a los escritores de su condado, o bien, sin la menor vergüenza, a autores célebres del alejado París, con cartas de una elocuencia absoluta valorando los textos en cuestión, insistiendo en la urgencia de leerlos para notas y ejemplos de un largo ensayo en preparación, pero toda esta ingrata supercherie tenía un fin: venderlos a sus compañeros de clase, o a cualquiera que quisiera adquirirlos por algunos chelines para luego comprarse escapadas de tren en las estaciones imaginarias que pitaban en sus sueños; al final de su vida no se le conoció biblioteca alguna pero trajo de sus vagancias por Oriente un cinturón lleno de monedas, que contaba varias veces al día, como si fueran páginas grabadas en oro de sus pinches negocios con el mundo.

Para concluir, y es la historia de L. F. Celine... leía armado de un par de tijeras, cortaba del libro que estaba leyendo entre dos bostezos una frase de su gusto, y luego -con acertado ojo de jugador de petanque- la pegaba meticulosamente en un cuaderno de alumno adicto á l´école buissoniére, descarado collage de todas sus afiladas lecturas, portátil biblioteca como diría Vila-Matas. El único autor que Celine no cortó en pedacitos fue a Rabelais, que leyó y releyó siempre a dos manos, mientras en un rincón descansaban tijeras y pegamento sobre el cuaderno de confusas citas, Babel en miniatura de recortadas palabras, que solamente tenían significación en la lengua original de L.F.Celine.