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Dentro de la minoría de lectores de poesía que conozco, entre jóvenes, adultos y mayores, la poesía de Carlos Martínez Rivas (C.M.R.) goza de una aceptación general por la capacidad que tiene de mostrar, desde la perspectiva inquietante y singular de su personalidad artística, diversos aspectos de la realidad individual, en su mayoría, y colectiva de nuestra época. A diferencia de otros escritores nicaragüenses e hispanoamericanos que gozan de lectores por la calidad de sus obras y la promoción que de éstas se hacen en los medios de comunicación de masas, la obra de Martínez Rivas fluye de mano en mano, resonando “en los cráneos acústicos” a través de libros publicados hace más de veinte años, amarillentos y desgastados por el uso, sin más promoción que el entusiasmo que un lector le manifiesta a otro cuando le recomienda desinteresadamente leer su poesía.

En 2007, el poeta Pablo Centeno-Gómez publicó el volumen Poesía Reunida, compilación de casi todos los poemas escritos por Carlos Martínez Rivas, que vino a ser un manantial para todos los que leemos y releemos sus textos, porque acercarse a ellos cada cierto tiempo es como regresar a un lugar ansiado por las revelaciones que nos prodiga. En Allegro Irato, uno de los libros incluidos en esta publicación, en la parte titulada Estatutos de la pobreza y otros asuntos con ella relacionados, aparece el poema A quienes no perdieron nada porque nunca tuvieron, uno de los más sensibles al sufrimiento de los otros, al desamparo de las personas en la pobreza, esa marca candente que llevamos en el pecho como sociedad.

A través de sus poemas, Carlos Martínez Rivas comparte con nosotros una manera de contemplar, desde su sensibilidad y pensamiento, algunas situaciones concretas del ser humano en su condición trágica. Al comienzo del texto, el poeta nos advierte que “Escribir sobre el Hambre, /no poesía de protesta sino de experiencia, /es difícil si no se pasa hambre.” Es decir, sólo se puede escribir de lo que se experimenta, sólo se puede comprender lo que se vive y con esto hace un distanciamiento crítico de toda poesía social que pretenda erigirse en voz de los oprimidos desde una ideología.

En seguida, establece un paralelismo y una identificación entre el hambre y la oscuridad como obstáculos para escribir, para discernir, para crear, es decir, para elevar la mente de un estado pasivo a uno más activo, transformador, en el mundo: “Escribir en tiniebla es un mester pesado”,/ para Berceo. /Escribir sobre el hambre es ardua tarea.” En esta estrofa, también establece una relación entre la oscuridad y el hambre en el sentido de que el hambre es la oscuridad del mundo, del cuerpo, de la humanidad. Sin embargo, para Martínez Rivas, César Vallejo, el extraordinario poeta peruano, puede transformar la oscura experiencia del hambre, porque la padeció, en una visión reveladora de la existencia humana que nos muestra la terrible agonía de comer y volver a tener hambre sin tener seguro el alimento para después: “Vallejo ve tremendo ese pan porque comérselo/-para Georgette su mujer y para él- era/ quedarse otra vez sin pan: en/ impotencia de pan hambre en potencia.”

Martínez Rivas, al referirse a Vallejo, le da un rostro a la experiencia del hambre, porque en este poema, él no hablará del hambre en abstracto, ni de las causas impersonales del mercado, la lucha de clases, la injusticia, la mala distribución de la riqueza, el destino o la voluntad de Dios, como que si todas estas causas fueran entidades o hechos fuera de la responsabilidad humana y no tuvieran nombres y apellidos sus ejecutores, no, no explicará las causas del hambre, que en realidad se conocen, sino que hablará de los hambrientos, de los seres humanos hundidos en ese sufrimiento.

A continuación, nos presenta una secuencia de imágenes diversas sobre los rostros de los hambrientos, un collage de estampas, en diferentes latitudes del mundo subdesarrollado, nuestro mundo, la India, África, Haití y Vietnam. Más dramático aún es que los seres humanos que prevalecen en estas fotos son niños y niñas y que de manera casi imprevista en el poema se mezclen escenas de hambruna con escenas de guerra con lo que enfatiza, con lo que subraya, que tan violenta y cruel es la guerra como el hambre y que de ambas formas de horror los niños y las niñas son sus principales víctimas, pues ellos no crean estos tormentos pero sí los padecen con más indefensión que los adultos.

A manera de contrapunto, la siguiente estrofa muestra otra parte del mundo y otro aspecto del drama de la miseria: “Sin quehacer, sin domicilio, una abuela sin nietos/ durmiendo en la abolida New York-Pennsylvania Station.” El desamparo, a pesar de que esté más generalizado en algunas regiones, es una condición universal, siempre ha existido y existirá, incluso en las sociedades más ricas, y no sólo afectando a la infancia, sino también a las personas mayores. Pero este no es un contexto de guerra ni de pobreza generalizada, sino de abandono y soledad en una ciudad opulenta.

La última imagen de la secuencia es una pareja representativa de millones de personas en el mundo ubicados en un entorno emblemático de nuestro ambiente contaminado. Esta pareja, este Adán y esta Eva contemporáneos, perdidos fuera del paraíso, extraviados en un mundo hostil y doloroso creado por ellos mismos, es decir, por nosotros mismos, la humanidad dominada por el egoísmo, es el retrato presente, en el tiempo, en la historia, de aquellos dos seres que en el Génesis y en el poema de John Milton, El Paraíso Perdido, van errantes juntos de la mano por un camino sin sentido que ellos mismos se forjan paso a paso. Sin embargo, el poeta reconoce la condición humana en esa pareja, su dignidad irreductible, a pesar de estar sitiada por la oscuridad de la miseria.

En las noticias, en las calles, a veces en nuestros hogares, vemos o padecemos la pobreza, y cuando no nos afecta directamente creemos que deja de existir, que deja de ser nuestro problema o que no somos responsables de esa situación, entonces nos volvemos indiferentes, muchas veces para protegernos de estar conscientes de ese problema, otras porque simplemente no nos importan los demás, pero estas actitudes nos reducen la visión de la realidad del mundo, nos hacen creer que esta situación no es tan grave ni tan generalizada, nos hacen vivir una mentira.

Tal vez sea inútil un poema sobre este tema porque no sirve para solucionar nada. Sin embargo, yo creo que este artificio de palabras, este poema, nos ayuda a contemplar con sensibilidad e inteligencia un aspecto difícil de la realidad. En mi experiencia, al releer este poema siento y entiendo de manera más íntima que esas personas desposeídas presentadas en el poema son el rostro humano más extendido en el mundo y una evidencia más de nuestra orfandad espiritual.

(Las fotos de este artículo fueron tomadas en el mural ubicado en el auditorio “Carlos Martínez Rivas” de la UNAN-Managua, por Ulises Huete, editor de la revista “Alice”, de donde hemos reproducido el texto)