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La discusión sobre la función del arte es interminable, a veces aburrida y no tiene respuestas definitivas. Alguna vez una interrogante frecuente para mi mismo, quizá porque no vengo de una formación artística sino de una más bien funcional, con el paso del tiempo la pregunta se me fue haciendo cada vez menos relevante en la medida en la que encontraba en su ejercicio espacios y momentos que me parecían útiles para mi propia experiencia, y ojalá en alguna medida también para la de los demás. Útiles para la puesta en discusión de temas que me parecen que nos afectan como seres vivos que vivimos en colectividad. Esto, sin embargo, encontraba una gran excepción en aquellos casos en los que veía y sigo viendo trabajos artísticos que no sirven para nada. Y entonces vuelve la interrogante.

Hace poco en Guatemala intentaron robar las obras de un reconocido pintor que rayan en lo pornográfico y la ilustración de novela erótica. Esto no lo digo con juicio moral (no tengo nada en contra ni de una ni de las otras, aunque no las lea); sino artístico. Otro reconocido artista local proclamaba una vuelta al origen del arte: la sublimación de la belleza, descartando a todos los que no trabajamos en aras de su exaltación como “pseudo-artistas”. Me incluyo en la categoría porque a pesar de que no me defino como artista, creo en el ejercicio de la producción artística, en mi caso desde la curaduría, término que también me resulta cada vez menos orgánico, y en su relevancia en la sociedad.

El caso es que estas posturas inútiles, salvo que para la catarsis de ciertos individuos –una actividad por otro lado totalmente respetable– son comúnmente confundidas con la idea de arte y es justamente para discernir una cosa de la otra que resulta importante cuestionarse su función y su relevancia; sobre todo en el marco de un evento que celebra la producción artística de un país como la Bienal de Artes Visuales Nicaragüenses.

(No hace falta aclarar que el arte se hace efectivo del infinitas maneras: con una pregunta repentina, con una conversación con otro ser humano o con uno mismo, con una sensación que nos remite a cuestiones elementales de la existencia: uno de los trabajos más conmovedores que he visto últimamente consistía únicamente en una ligera corriente de aire que circulaba por un museo, por lo demás prácticamente vacío, apenas imperceptible. Y sin embargo, la corriente conectaba con toda la experiencia humana.)

¿En qué consiste esa relevancia? Hace algunos días alguien me decía que el arte es, ante todo, anticipación y no dudo que la naturaleza profunda de la producción artística tenga o deba tener algo de anticipatorio. Mi interlocutor tenía muy poca información sobre el proceso de la VIII BAVNIC pero me pareció que resumía muy bien las ideas que hacen del arte ese ejercicio relevante que les mencionaba en el párrafo anterior a pesar de que, como mencionara mi colega María Iovino, en su artículo de la semana pasada, el arte esté sumido en una mecanismo anacrónico.

A mí me gustaría agregar que si bien es cierto que los sistemas del arte no responden al momento vital en el que nos encontramos, el arte en sí tiene la capacidad de superar ese anacronismo, de superarse a sí mismo. Son decisiones, no siempre fáciles y a menudo arriesgadas, como las que se ha tomado respecto a esta Bienal lo que dan cuenta de ello. Lo que agregaría a esa reflexión sobre lo anticipatorio del arte es que esa capacidad de adelantarse a las cosas, a los tiempos, es también respecto a al arte mismo y éste es un aspecto en el que vale la pena ahondar. Es la posibilidad, obligación casi, de cuestionarse permanentemente sus modelos y atreverse a dar un paso hacia lo desconocido. ¿Qué si no el arte y la ciencia, –y éstas dos en realidad están más cerca de lo que parece– tienen esa posibilidad? Esa anticipación respecto a su propio futuro es una característica de los sistemas inteligentes, un aspecto al que volveremos más abajo.

Así, una de las grandes funciones, aunque en realidad quizás sea más justo llamarle posibilidades, del arte es la experimentación. Alejarse de lo conocido para generar experiencia y de allí nuevo conocimiento, acercarse al pensamiento a través del proceso y la materia. El no hacerlo supone una contradicción con la naturaleza del arte en este momento. Esta aseveración implica que esto no siempre ha sido así; que esa función de la que hablamos ha ido cambiando con los tiempos y que la idea misma de qué es arte y qué no es ha mutado. Pero vale la pena centrarse en el ahora y es por eso que este cuestionamiento sigue siendo útil; en cuanto que estas ideas se comparten en el marco de la VIII Bienal de Artes Visuales Nicaragüenses.

Hoy, el arte es un espacio flexible en el que se discuten ideas y ventilan cuestiones que nos afectan como individuos, como grupos humanos y de seres vivos en general, como sociedades, como países, a menudo antes que en otras disciplinas. Algunos que tienen que ver con los cambios profundos que apuntaba María, otros con cuestiones tan elementales y milenarias como el amor o la muerte.

El arte ha estrechado lazos con la ciencia, el activismo, la investigación y otros ámbitos que buscan generar conocimiento, racional o no; es un ejercicio que precede la inclusión de sus sujetos, de sus temas de interés, en el repertorio de ideas aceptadas, en el establishment. La sociología, la política, la filosofía y la historia por supuesto, entre muchos otros saberes, antiguos y contemporáneos, establecidos y experimentales, se relacionan con el arte como con un laboratorio, el lugar en el que se pueden arriesgar hipótesis, ideas e intenciones antes de que se introduzcan en la práctica social.

Es en este espacio que se experimenta con las ideas antes de que se propaguen, con la materia antes de que se formalice, con las intenciones antes de que se vuelvan actos o gestos. El arte es una especie de licencia poética material (e inmaterial) cuya estructura es flexible; cuyas leyes están en continua transformación y cuyos modelos se adaptan a las ideas que están siendo discutidas. De allí su inmenso potencial y su permanente vigencia; pero esta se mantiene si y solo si el arte también cultiva su capacidad de renovarse, de anticiparse a sí mismo.

Por otro lado, en una experiencia en la que se ha sustituido el producto por el proceso, creo que es importante indagar en la práctica artística en función del resultado: ¿Qué resulta de los procesos creativos relacionados con el arte? Apuntamos a mecanismos que cada vez se basan en la creatividad aplicada al proceso más que a la obra de arte en si. Entiéndase, el reto está en ver, en investigar, en comprender creativamente, lo cual necesariamente derivará en resultados inusuales, objetos o experiencias artísticas innovadoras en cuanto coherentes con el proceso del que provienen. Esto es fácilmente comprensible en la discusión sobre la desmaterialización del arte concluida a finales del siglo XX cuando las nuevas tecnologías terminaron un proceso que venía desarrollándose durante el trascurso del siglo.

Una vez superada la idea de que el arte no depende de un objeto (aunque pueda radicar en él), vuelve a existir en un plano de relación ecuánime con las ideas y con la materia. Esto no es gratuito, porque aunque una gran cantidad de trabajos artísticos hoy se sitúan en el plano de lo inmaterial (baste pensar a las desarmantes situaciones construidas de Tino Sehgal, por ejemplo), es innegable que nuestra experiencia con el mundo físico se da en parte por medio de lo material.

Y es aquí en donde conviene explorar la intersección de las ideas con la materia; el pensamiento hecho forma. El arte como resultado de la intersección de estas dos dimensiones, por lo menos. Esto no quiere decir que el resultado no sea importante, finalmente el proceso artístico también involucra la concreción de esas inquietudes en algo, pero un reconocimiento de las filosofías orientales, el presente del proceso precede al futuro de la obra.

Para comprender la importancia del proceso me parece oportuno introducir la noción de “agencia”. La agencia no es otra cosa que la capacidad de los sistemas de poseer y producir inteligencia. Son mecanismos de reorganización de las partes para que funcionen mejor, entiéndase: que proporcionen condiciones de existencia “mejores” para todas las partes del sistema al que afectan. La agencia es posible y se potencia a través de los procesos de cambio, en estados en los que existe la posibilidad de reorganizar las partes, es decir en estados permanentes de cambio y renovación.

En ese sentido, los cambios que se introdujeron en esta edición de la Bienal de Artes Nicaragüenses responden por un lado a esa tendencia natural del arte a la anticipación; al poder abordar cuestiones que nos afectan y que difícilmente encuentran lugar en otros ámbitos. Pero también a un ejercicio de responsabilidad y de coherencia ante un espacio que hoy no puede dejar de estar dedicado a la experimentación. Finalmente, también a la intención de reconocer y compartir la agencia que intrínsecamente posee el arte, aunque no siempre sus instituciones, así como los sistemas humanos, y que por motivos diferentes a veces se bloquean y dejan de agenciarla.

Es desde allí que esta edición de la BAVNIC es una invitación a anticiparnos, en conjunto, a lo que ha de venir en el arte nicaragüense, a experimentar, a pensar este momento en conjunto con los seres y la materia.