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(Dedicado devotamente a aquellas personas (casos rarísimos) que, siendo mis maestros, supieron ser mis amigos)

Pedro León Carvajal

 

 

Nadie saca de mi cabeza esa actitud de alguien que debe vigilar unos procesos, para dar cuenta de ellos. Algunos entre tales procesos no son tan evidentes, ni suelen agregar temas usuales de conversación, aunque acompañan regularmente el ritmo (hasta la melodía, a veces) de nuestro transcurso biográfico simple, el conjunto de procesos biológicos que corresponden a nuestra interina edad actual.

Junto con las cortinas panorámicas ralas y dispersas, o densas y profundas, que hilvanan las lluvias agostinas, junto con las menguas y los incrementos influyentes de la luna, imparcialmente ecuatorial, más la silenciosa y bullente quietud de tantas savias, más la germinación recesiva, suspensa, de unos puñados de semillas, que bien podrían devorar los pájaros que aterricen (pasajeros de tránsito, SIN visa) en nuestro jardín.

Entre las ruinas y los escombros de mis sueños flotan aún fragmentos dispersos, desarticulados, sueltos de nexos significativos aparentes.

Examinemos uno de ellos:

Subíamos, en grupo silencioso, por cinco pisos de escalinatas en un centro de educación juvenil. Al llegar al descansillo del quinto piso, las escalinatas continuaban subiendo. Súbitamente, yo “recordé” y “comprendí”:

Un plano mental completo de aquel edificio. Un bloque rectangular de una manzana, edificada en todo su perímetro, dejando un enorme patio boscoso que llenaba el vano central. Edificio pintado en un tono verde manicomio. Es decir, verde esmeralda, diluido en un 70 por ciento de pintura blanca, para ser exactos.

Mi objetivo y mi deber deberían radicarse en un extremo del sexto piso, en algún punto diagonalmente opuesto (aunque no antagónico), al otro lado del patio boscoso, con relación a mi presente ubicación reflexiva.

Pero nadie se había detenido para que yo reflexionara, mis jóvenes y anónimas acompañantes trotaban a mi lado, a mis espaldas, con pasos de equipo deportivo. Aparentando haber sabido siempre todo aquello más (y posiblemente bastante mejor) que yo, que apenas de repente y sorprendido había “recordado”, “reconocido”, y tratado de asumirlo.

Cuando subimos hasta el sexto piso, había una terraza. Una de las muchachas se separó del grupo, y fue a asomarse al parapeto de un balcón. Caminé, con algunos titubeos, hasta colocarme a su lado.

Seis pisos más abajo (se suponía, aunque ahora parecían escasamente dos), otra muchacha sonreía bañada por la luz, sentada sobre un montículo de mullida grama.

Borré totalmente aquel plano general que laboriosamente había compuesto dentro de mi cabeza. E inmediatamente procedí a la recomposición de otro plano alternativo, sin conseguir articularlo por completo, sufriendo a cada momento drásticas mudanzas de ubicación, de diseño y de colores.

Esta muchacha de abajo, por otra parte, parecía más bonita que la primera, pero acaso era nada más porque yo la miraba con más fijeza y con mayor detenimiento. Pero acaso, en el fondo, ambas serían indiferentemente iguales. ¿No?

Absorto en tales cavilaciones, yo había perdido mi concentración. No supe exactamente en qué momento, ni con qué medios, la muchacha de arriba y la de abajo se habían puesto de acuerdo para practicar un ejercicio inventado por ellas (aunque todavía estaba pendiente patentarlo):

Lanzar desde la terraza unas botellas vacías, de un litro de cerveza, hacerlas que cayeran y rodaran brevemente, indemnes, sobre el pasto, alrededor de la muchacha sentada. Ella, en respuesta, se levantaba, buscaba, encontraba, y aferraba en cada mano otras dos botellas de litro, ambas llenas de cerveza, daba dos vueltas en redondo, como si fuera lanzadora olímpica de martillo, y con poderoso impulso las aventaba hacia arriba, hacia nosotros.

Me exigí recuperarme velozmente de aquel susto, sintiéndome forzado a colaborar en semejante maniobra, asegurando así que ninguna de aquellas botellas renovadas se estrellara, ni se hiciera charco y añicos, contra el piso de concreto de nuestra terraza.

Mi reacción había sido espontánea, oportuna y desinteresada. Aunque el grupo estudiantil siguiera actuando como si todo aquello hubiera sido planificado, calculado y acordado, desde su propio inicio.

(¿Aunque, cuál y donde había sido el verdadero inicio?).

Experimenté la tentación de cierta vanidad docente, de cierta infatuación de mi ego didáctico, como si hubiera terminado de dirigir y ayudado a realizar la solución pragmática de un crucial teorema geométrico, aplicado a la parábola de las leyes de física mecánica, más la presión efervescente de algunas leyes químicas, que tangencialmente habíamos afectado.

Espié luego en todas direcciones, hasta el fondo, por encima del racimo de cabelleras juveniles.

Nadie: vi.

De todas maneras, por las dudas, este litro concreto (y lo aferré) de cerveza, ganado de manera tan honrosa, evidente y axiomática, pensé, será más prudente, más discreto, y de mucho mayor impacto pedagógico, si lo consumo a solas, encerrado dentro de uno de aquellos mingitorios de varones, por ejemplo.

 

Tortucigárgola, mediados de agosto de 2012.