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En 1948-49 Pablo Antonio Cuadra se desempeña temporalmente como Encargado de Negocios de la Embajada de Nicaragua en Madrid, bajo la presidencia de Víctor Manuel Román y Reyes (1947-50). Forma parte del círculo literario del poeta español Luis Rosales y alterna con Leopoldo Panero, Dámaso Alonso y José María Valverde. Ofrece en la Universidad de Salamanca un recital de poesía náhualt, maya y quichua. Para 1949, Pablo Antonio Cuadra se sentía profundamente desencantado de las revoluciones: “He visto la realización de dos grandes revoluciones modernas: una de izquierda (la de México) y otra de derecha (la de España). Esto me baste”, palabras que anticipan su escepticismo ante la posterior revolución nicaragüense.

Ese mismo año retorna a su tierra natal y se dedica a labores agrícolas y ganaderas, reencontrándose con su pueblo y sus paisajes y nutriéndose de las tradiciones orales de campesinos y navegantes de nuestro Gran Lago. “Entre el americanismo sombrío y feroz de Neruda y el desamparado y trágico de Vallejos –señala José María Valverde- , surge el americanismo cristiano de Cuadra: su poesía vive la tierra con fe, con serenidad, con alegre ironía en la palabra, pero no por ella es ajena al dolor de su pueblo, sino solidaria con su esperanza”.

A partir de 1950 incursiona nuevamente en el periodismo y en 1954 acepta la co-dirección del diario LA PRENSA junto a su primo hermano Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. En 1959 publica El jaguar y la luna, obteniendo el premio centroamericano de poesía Rubén Darío. Cuadra convierte su labor periodística en cátedra de cultura y pensamiento y actúa como catalizador de nuevas vocaciones literarias. Su columna semanal “Escrito a Máquina” es leída en los años 60 y 70 con avidez por miles de personas y desde La Prensa Literaria y la revista El Pez y la Serpiente divulga la creación literaria y artística nicaragüense y abre una ventana a la cultura mundial.

De sus editoriales nacen tres importantes libros en prosa: El Nicaragüense (1967), Otro rapto de Europa (1976) y El hombre: un dios en exilio (1991). En los años 60 y 70 PAC se abre al pensamiento cristiano revolucionario que surge en América Latina a raíz del Concilio Vaticano II. Por aquellos años cultiva una profunda amistad con el monje y poeta trapense Thomas Merton. La sacudida del Concilio, señala su nieto, “provocó en PAC la búsqueda de un humanismo nuevo que luchara, sin apelar a la violencia, contra todo lo que oprime la dignidad humana”.

Su inicial entusiasmo ante “la hermosísima y esperanzadora Teología de la Liberación” a la que llama “ánfora repleta de Evangelio” desemboca sin embargo en el desencanto, al considerar que en vez de cristianizar el marxismo, acaba sustituyendo a Cristo por un proceso revolucionario. En 1979 publica Cantos de Cifar y del Mar Dulce, una épica de los marineros de nuestro Gran Lago. Acontecimientos terribles como el terremoto de Managua en diciembre de 1972 y el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en enero de 1978 conmocionan profundamente al poeta. Escribe Esos rostros que asoman en la multitud (1976), de los cuales Sergio Ramírez señala que son “poemas con argumento, historias reales, y estas vidas resultan dotadas de carga poética y novelesca”.

La Prensa es destruida por el dictador Somoza Debayle antes de huir del país en julio de 1979. Al triunfar la revolución sandinista, PAC escribió: “Esta fue una revolución nuestra, hecha por todos, en la cual nosotros pusimos, hasta el final: la zozobra, la vida bajo amenaza de muerte, la destrucción de La Prensa y la muerte de Pedro”. Sin embargo, pronto toma distancia del proceso revolucionario. “En la primera mitad de la década de los 80 –rememora dolorosamente su nieto- el sandinismo sistemáticamente le fue cerrando los espacios, sometiéndolo al exilio interior, aunque en el extranjero recibiría variadas muestras de admiración y solidaridad…

El costo de su independencia ara alto: debió sufrir el hostigamiento, la injuria y el aislamiento… Su nombre dejó de existir en el país como referente literario”. Publica en 1980 Siete árboles contra el atardecer, con prólogo de Guillermo Yepes Boscán, para quien en esta obra se “codifican fragmentos de una sabiduría milenaria, discurre el espíritu de una ética social y se despliega la arborescencia de una cultura”. En 1986 Juan Pablo II le nombra Comendador de la Orden San Gregorio Magno y el poeta escribe un Viacrucis que leería el pontífice en el Coliseo romano el Viernes Santo de aquel año.

Tras el cierre de La Prensa el 24 de junio de 1986 el poeta marcha de nuevo al exilio, esta vez hacia Austin, Texas. Durante 30 meses enseña literatura centroamericana en la Universidad de Texas y en 1987 obtiene la beca Fullbright, permitiéndole iniciar su obra La Literatura Centroamericana: del Popol Vuh a la Vanguardia, que concluiría luego con la beca Guggenheim. Dice el crítico Nicasio Urbina que este trabajo fue en su momento uno de los primeros cursos integrales de literatura centroamericana ofrecidos en el mundo. Retorna a Nicaragua en febrero de 1989, tras publicar el año anterior La Ronda del Año, un calendario poético que recoge tradiciones históricas, mitológicas y legendarias de Nicaragua. Desde 1964 hasta su muerte acaecida el 2 de enero de 2002, fue director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

En 1991 recibió el Premio Interamericano de Cultura Gabriela Mistral de la OEA y en 1999 el gobierno nicaragüense le otorgó el Premio Nacional de Humanidades. «América –declaró el poeta al presentar en octubre de 1998 en el Palacio Nacional de la Cultura de Caracas una recopilación de su poesía religiosa titulada El Libro de Horas- sólo puede encontrar y realizar a plenitud su propia identidad si logra, con los elementos de su propia historia, realizar la síntesis entre cultura y fe.»