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Decía el poeta y crítico Álvaro Urtecho –a propósito de algunos poemas de un compañero de generación- que es difícil encontrar en la poesía nicaragüense, después de Ernesto Mejía Sánchez, a un autor capaz de monologar o dialogar desde una perspectiva en la que el fenómeno poético mismo se revele ante el lector; es decir, vislumbrar el proceso de generación del poema desde el balbuceo de las primeras palabras, de forma que ese mismo fenómeno pueda percibirse desde el propio misterio de las cosas. Quiero decir (o Urtecho más bien quería decir): desde el génesis de un proceso en el que las cosas vistas o imaginadas, soñadas o contempladas empiezan a cobrar forma de palabras, luego forma de versos, hasta que los contornos del poema empiezan a tomar una dimensión definitiva.

Decía Urtecho que es difícil encontrar entre nosotros a un poeta que desde el poema mismo reflexione sobre su propio proceso creador, o bien: hacer que el poema reflexione o monologue sobre sí mismo, sobre su propio sentido existencial… Pues bien, conozco a algunos poetas contemporáneos, y aún a algunos muy jóvenes que lo intentan, y uno de ellos es Ritomar Guillén, específicamente en la sección o el fragmento de su poemario “360 grados”, titulado significativamente “Poemas en la mente”. Ese fragmento de este primer libro de poesía de Guillén contiene a su vez un fragmento titulado “Conversación”, que da la impresión de ser un largo poema dividido en 16 partes, o bien 16 poemas que componen en su conjunto un solo gran poema. Y en ese gran poema de Guillén podemos leer, por ejemplo, estos versos:

No sólo ese párrafo, sino casi todo el largo fragmento titulado “Conversación”, me ha recordado la quizás caprichosa insistencia de entender o percibir en la tradición poética nicaragüense, incluyendo aun sus prolongaciones en este nuevo milenio, un largo y sostenido diálogo con ella misma. Un diálogo, o una tradición visionaria que arrancó con Rubén Darío, cuyos poemas, especialmente los postreros, son, según ha subrayado el crítico Julio Ortega, como instancias transitivas que se buscan en la sinfonía de un libro; poemas que parecen haber sido escritos como si estuviesen siendo transcritos, “como si el poeta leyese esas palabras felices que aparecen sobre la página en el momento mismo que las lee”.

Tales son los poemas en la mente que poco a poco va pergeñando y va evocando a través de otros poetas y otras poéticas, Ritomar Guillén en esta primera parte de su libro. Es una alegoría en la que no se puede dejar de recordar al Borges dictador, el poeta ciego que atrapa en el ensueño y la oscuridad de la ceguera, en el oscuro caos de la memoria, las palabras precisas que poco a poco van dando forma a una obra precisa, a un pequeño universo acabado y perfecto que otros podrán después leer y también imaginar. No pueden dejar de evocarnos, estas alegorías de Guillén, a ese escritor que, precisamente por su condición de ciego, tuvo que echar mano de las imágenes mentales; el escritor que fue capaz, durante sus últimos años de vida, de dibujar la escritura desde los difíciles y a veces oscuros retruécanos de la mente.

Pero Borges tuvo, obligadamente, que aprender a escribir desde la mente, con la ayuda de un escriba. Y Guillén más bien nos propone, en la primera parte de su libro “360 grados”, emprender deliberadamente –no por obligación o necesidad- el esfuerzo mental de Borges, y potenciar ese proceso que Álvaro Urtecho añoraba en nuestra prolongada tradición poética: el de ver germinar y florecer al poema dentro del poema mismo: fluctuación de imágenes y palabras que se encuentran y desencuentran, se alinean, se entroncan, se unen o confabulan para después dejar ver el todo terminado: el poema bien hecho cuyo proceso de corrección empezó desde el mismo momento en que la mente concibió sus primeras palabras. En fin, reescribirse, como Borges, desde antes que las palabras estén definitivamente escritas o puestas en el papel o en la pantalla del ordenador.

Hay también otra característica, en este primer libro de Guillén, que no deja de recordarnos la poesía y los conceptos poéticos preferidos por Álvaro Urtecho, y es la tendencia o vocación por el llamado “poema de largo aliento”. Escojamos apenas uno de tantos en el libro de Guillén. Por ejemplo, “América”, que no sé si es una sección o un fragmento de un poema aun más amplio o extenso, o si es en sí un poema autónomo… Lo que sí sé es que se trata de una interpelación erótica a la seducción de un continente descubierto; anzuelo que caza con su escote; ente femenino a quien se le habla como a la mujer que seduce y caza; voluptuosa Circe que ha embrujado al idioma y lo ha transformado en otra cosa…

Podríamos decir otras muchas cosas de este poemario de Ritomar Guillén. La brevedad impuesta por las circunstancias nos obligan sólo ha mencionar su voluntad o su quizás excesiva y juvenil ambición de erudición, al punto de recrear el procedimiento académico de las notas, que introdujo a la poesía moderna, hace ya mucho tiempo, T. S. Elliot en The Waste Land.

Así, Guillén nos va informando al pie de página de sus extensos poemas, que Vesterbygd, por ejemplo, fue una de las dos áreas de asentamiento nórdico en Groenlandia; que el verso que canta “Tú, nuestra antigua tierra”, es parte del Himno Nacional de Groenlandia. También nos informa, o nos anota, el origen intelectual de muchos de sus poemas (Góngora, García Lorca y su Romancero sonámbulo, la Carta de creencias de Octavio Paz, entre otras muchas anotaciones eruditas, y frecuentemente innecesarias, al pie de los poemas).

Difícil no descubrir la ineludible influencia de Carlos Martínez Rivas en el tono de muchos de los poemas de este joven, cuya tesis de graduación en Literatura fue precisamente acerca de la obra del poeta nicaragüense fallecido en 1998. También está convocado aquí Joaquín Pasos con sus Poemas de un joven que no ha viajado nunca, especialmente en “El río Lena”, “El legado del jueves en Nordkapp”, “Isla de monólogos en Barbeau Peak” (escrito en prosa) y “Los grandiosos espejismos en los desiertos de África”.

Son poemas que revelan el proceso mental de un viajero imaginario, afanoso lector y poeta de imaginación vivaz; poemas que dan paso luego a otros ejercicios textuales como “Página blanca”, “Silencios”, entre otros que confluyen finalmente en el torrente de nuevos poemas sueltos, breves, aunque no del todo epigramáticos, como “Enunciación de vida”, “Peón”, “Razón de ser”, “Lustrador”, “El peregrino”, “El Payaso o protagonista del sepelio”, además de otros que también revelan cierto tipo de conciencia ecológica, como “Diosa Madre del mundo” o “Solidaridad líquida”, que integran la sección titulada “Contornos de un paisaje”.

“360 grados”, el poemario de Ritomar Guillén, no es, como podría parecer, un simple balbuceo más, sino un nuevo e interesante eslabón de esa cadena de voces dialogantes que conforman la tradición poética nicaragüense.

 

“Las palabras no dichas eran la abstracción
de un diálogo consigo mismo.
Asumió el control del guión
y cada palabra debía decir
lo que no pudiera esperar y rebatir el otro
en su parlamento; cada palabra exponía
un atributo de ingenio y locuacidad del Explorador.
Distintas retóricas que se purgaban
en la cautela del argumento…”