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El camino que recorre Wilfredo Espinoza Lazo es casi beatífico, solo en su santoral, recorriendo el camino a su casa con el cansancio a cuesta. El que ha recibido el cilicio de los rayos solares y luego vierte la caída del sudor de las sílabas.

El desempleo nacional no lo excluye a Wilfredo, así esté más refundido en lo más oscuro de la provincia. Y es huertero porque las circunstancias que ahogaron a los buenos escritores, fueron las mismas para él: Poe durmiendo en los parques de Boston, el pobrecito Dalton escondiéndose de los mismos marxistas para que no lo asesinaran, y Vallejo en París, agonizando los viernes —todos los viernes— bajo los rudos aguaceros de Montrouge. Wilfredo deja ver –a veces- en sus aristas poéticas ciertos brotes de pesimismo, reflejo del cholo, pero más reflejadas en su alma están las dolencias de Pound, señalando los grandes males de la usura contra natura. De los desposeídos contra los grandes propietarios.

Su prosa es transparente como el viento que barre las laderas de La Námbara. Su prosa cortada en bloques como los acantilados de Amerrisque. El género histórico clarificado por Suetonio, conserva en Wilfredo –sin maltratarlo- los mismos pliegues y despliegues de la toga. El quiso llegar hasta las raíces de Lovigüisca y lo logró sin lastimar en lo más mínimo los filamentos finísimos del fondo. Del fondo de la fuente.

Sus predecesores no se alejan de sus marchas sin fatigas. Y si en esta hazaña casi homérica abre su obra con Incer y Bovallius, es con Bovallius y con Incer que cierra su periplo. Ya el chontaleño Incer Barquero —y es chontaleño porque todavía no había ocurrido el descabezamiento de Boaco— ya Jaime Incer Barquero tendrá —extraído de su mismo barro— un nuevo investigador, un nuevo continuador. Desde ahora Incer Barquero deberá acoger bajo su férula o disciplina a este estudiante de tiempo completo, el que jamás seguirá una huella que no sea la del legítimo mentor. Gámez saltando a prisa los hitos de Oviedo y Valdés.