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Exhausto, así quedará cualquier lector después de asistir al espectáculo novelístico que representa Paradiso, del cubano José Lezama Lima. Un periplo por muchísimas vertientes, todas ellas pobladas de diferentes escenarios, como con la idea de conformar una novela de tintes totalizantes, abarcadora, como si el mismo Lezama planteara desde la altura de su perspectiva, un mapa cuya hidrografía permita llegar al sitio que desea: un océano donde se recogen las confluencias de sus motivaciones, el mar de sabiduría y lecturas escanciadas con la comprensión lúcida de su mente multiplicadora de visiones, que incrementa con sentido de progresión geométrica su realidad.

Paradiso es una lectura que exige acopio de acervo cultural, detenerse después de cada capítulo, en cuyo caso debió recorrerse pausadamente, y por otro lado repaso acomedido de las construcciones verbales, porque Lezama acude con insistencia a una retórica de insinuante barroquismo en el momento justo cuando siente el prurito de explayarse: una manera de dar hilo, de alargar hasta donde se deje el pez “anzueleado”, mientras quiere sacudirse de su apresamiento, pero como el pescador sabe de la vastedad del agua, no le interesa mucho el tiempo, ni tampoco el espacio para permitirle jugar, sino dejar sentado en la presa, la sensación del arribo a un universo mágico donde la degustación de sabores exóticos, la visión colorida de paisajes tan poco visitados, el abrazo a una sensualidad cabalgante, como también el regodeo en los aromas y la sensualidad, el continuo pisar la comarca onírica; son fruto común, es decir, Paradiso resulta, además de aventura narrativa, un ejercicio sensorial de proporciones mayúsculas que inunda, avasalla y conquista.

Una historia se cuenta: el génesis y desarrollo de la familia Cemí-Olaya, ambientada en el medio del siglo veinte, antes de la revolución castrista y situada precisamente en La Habana, Cuba. Dicha historia recoge, cual depósito de agua lluvia, la suma de motivos escriturales de Lezama, pero no solamente los referentes a la escritura, sino aquellos en cuyo sentido se enraíza el basamento de un estilo cuya particularidad es ocioso discutir, y que ha resultado hasta hoy una suerte de paradigma que trasciende a la literatura escrita en español. Las consideraciones son de tal magnitud, que llegan a sugerir el posicionamiento del universo literario lezamiano como sustento de la renovada escritura en Latinoamérica.

Más allá de este planteamiento, bien vale la pena asomarse a Paradiso con ojos inquisitivos, desprovistos de aliños prejuiciados por los motes de barroco, de excesivamente retórico. Leer a Lezama Lima en Paradiso, como también en su poesía, requiere un esfuerzo adicional.

He manifestado al principio de este texto, que quedé exhausto, no es para menos, los territorios visitados bajo los auspicios de la imaginación de Lezama Lima, no dan respiro, el lector debe asumirse como un viajero que pondrá en práctica mucho de sus lecturas anteriores, estará alerta ante los giros de las voces narrativas, abrirá bien los ojos para gozar la variopinta paisajística de emociones y de belleza plasmada en el torrente oral, que muchas veces apabulla, y por tanto, hace necesaria la estación, el remanso contemplativo, ya allí detenidos repasar una, dos, las veces necesarias, en el afán de atrapar el punto medular que anda por ahí bailando en la descripción, o en la morfología de las cosas, la más de las ocasiones producto de alguna digresión a la que Lezama es adicto.

Por otro lado, un lector curioso investigará modismos, vocablos ya arrumbados, acepciones, neovocablos, alusiones filosóficas y mitológicas, engarces escriturales con otros estilos, referencias de autores consagrados, y por lo mismo, propietarios de una expresión original, todo ello a modo de redondear el contenido de las palabras, la alocución inusitada de José Lezama Lima.

Avistando a Cemí, el protagonista de Paradiso, nos convertimos en espectadores de una obra en donde la aristocracia criolla cubana recibe un trato deferente; personajes adheridos a un modo de vida construido bajo los influjos insalvables de la conquista y la sumisión, elementos sustanciales del ser cubano a través de la historia, y que se representa en el accionar de ese criollismo embebido de protocolos, tradiciones y apariencias, cuyo summun es recogido por Lezama, quien muy en su papel de adorador físico de las palabras y empapando de erotismo su lenguaje, hace la reflexión honda del ser cubano de esa época, porque vale decir, no sólo es el protagonismo de las dos vertientes familiares Cemí-Olaya, sino también de aquellos personajes secundarios, e incidentales a veces, que proporcionan al cuerpo de la novela los otros modos, las variadas formas de la cubanía en el sustrato del tejido social isleño.

Ahí están además de Rialta Olaya, del coronel e ingeniero José Eugenio Cemí, de doña Augusta y la abuela Cambita, de don Andrés Olaya, los Adalberto y Sofía Kuller, Luis Ruda, Violante y Eloísa, hermanas de Cemí, Truny, Vivino, Tránquilo, los Michelena, Baldovina, Jordi Cuevarolliot, Frederick Squabs y su esposa Florita, Juan Cazar, el atleta Baena Albornoz, un tal Farraluque cruzado de vasco semititánico y de habanera lánguida; Madame Casilda, la costurera que confeccionó el vestido de novia de Rialta Olaya; sin olvidarnos de los amigos de Cemí, acuerpados en personajes como Fronesis, Foción y Oppiano Licario -protagonista de la otra novela de Lezama, cuyo título es precisamente el mismo nombre-, y que sólo después de haber digerido Paradiso en toda su extensión, llegamos a concluir que el autor, o sea Lezama, es José Cemí, pero también Fronesis, y Foción, y hasta Oppiano, especies de heterónimos con los cuales transita con libertad y autonomía en lo onírico, en los diferentes espacios míticos y reales, visibles e invisibles, como bien lo expresa Cintio Vitier: “con un cierto apego al desorden y viendo las cosas con otra perspectiva, aquella que le dan sus alter egos”.

(Tomado de la revista Carátula –fragmento–)