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“Bitácora de un naufragio” (2011) es el sugestivo título del primer libro de poesía de Berman Bans, joven escritor y sacerdote nicaragüense graduado de Filosofía y Humanidades en la Universidad Católica de Costa Rica. El libro fue seleccionado durante la convocatoria para publicación de obras literarias que organiza el Centro Nicaragüense de Escritores, y según lo consigna el propio autor (o su editor) en la solapa del libro, le tomó unos cinco años de trabajo, sin contar otros cinco de ejercicios y experimentación desde que, según también se afirma en la solapa, empezó a dedicarse seriamente a escribir poesía.

Al parecer, los inicios de esa dedicación estuvieron influenciados fundamentalmente por la moderna poesía francesa, cuyas referencias son notables a lo largo del poemario a través de epígrafes y alusiones intertextuales, especialmente de Jean Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire, a quienes, según me confesó en una entrevista, desde muy joven Bans pudo leer primero en su lengua original, y luego en la Biblioteca Nacional. También influyó radicalmente la lectura de tres de los más importantes y paradigmáticos poetas contemporáneos de Nicaragua: Joaquín Pasos, Ernesto Mejía Sánchez y especialmente Carlos Martínez Rivas, a quien conoció personalmente y pudo tratar una sola vez, siendo un adolescente, en una experiencia que él mismo confiesa no fue muy agradable.

Es curioso que el autor establezca una elipsis cronológica, en medio de la cual se entiende que fueron concebidos los poemas de “Bitácora de un naufragio”: 1995-2001; aunque en la solapa se apunte que fue en 1990 cuando incursionó en la poesía. Lo cual quiere decir que, entre 1990 y el año 2001 se desarrolló todo un proceso, como decíamos, de ejercitación y experimentación, que culminó con la corrección y selección, seguramente rigurosa, de los poemas escritos en los últimos cinco años de la década transcurrida en esa elipsis, y que son los incluidos en las cinco secciones en que está dividido el libro: “Marginalia sonámbula”, “La pétit mort”, “La tentación inconsciente”, “Los faros en la tormenta” y “La molotov que les quedé debiendo”.

Es curioso también notar una coincidencia que, incluso, quizá no lo sea. Berman Bans fue ordenado sacerdote en el 2012, poco menos de un año después de publicado su libro. Pero durante la década de los noventa hasta el 2001 Bans se había dedicado “a ejercer oficios diversos mientras se ejercitaba en la experiencia poética”, cuyos frutos ahora nos ofrece en este libro. Y si en el año 2002, “después de una profunda crisis existencial”, fue cuando el poeta ingresó en la Orden de frailes menores capuchinos, quiere decir que, durante el año 2011 (fecha de publicación del poemario) y el 2012 (año de su ordenación como sacerdote) necesariamente tuvo que haber enfrentado de nuevo, pienso yo, algún tipo de crisis existencial.

Esto último no puedo saberlo; incluso a pesar de que por esas fechas fue cuando lo conocí de cerca, y con Eunice Shade recibí varias veces sus prolongadas y agradables visitas en El Crucero. Durante esas extendidas tardes conversábamos de todo, especialmente de literatura, y no me pareció que lo atormentara alguna indecisión dramática o trascendental, pese al comentario ineludible de su pronta ordenación, que no alteró para nada la jovialidad de nuestras charlas. Pero uno nunca sabe, y he pensado entonces que quizás conversando más detenidamente con él o acercándome críticamente a su libro, a lo mejor encuentre algún indicio que confirme mis sospechas. Pero, ¿sospechas de qué? Veamos.

Para empezar, doy por entendido que el hablante poético del libro es, en todos los casos, la voz de una especie de alter-ego del autor; es decir: no hay voces ficcionales en el poemario. Luego debo detenerme en el título, empezando por el segundo de sus términos. Asumo naufragio como la interrupción abrupta, o más bien trágica, de una ruta, seguida de una, también trágica, conciencia de aislamiento o soledad. Una conciencia, vista ya desde las consecuencias lectoras del libro, perturbada alternativamente u oscilantemente por la esperanza y la desesperanza. El otro elemento del título es la bitácora. Bitácora es básicamente una forma, una forma de escritura; pero también, en este caso, en su función para-textual, como parte del título, es también una imagen, una alegoría de la forma poética, lo cual me lleva a notar y a subrayar la factura coloquial y hasta, podría decirse, narrativa, de la mayoría de estos poemas.

Los poemas de la primera sección, “Marginalia sonámbula”, parecen ser poemas primerizos o de juventud, cuando por lo general o se es marginal o se adquiere precisamente esa vocación, y cuando, también por lo general, transcurrimos por la vida como presas de un temerario y alegre sonambulismo. Los poemas “Autobiografía”, “A lady Lilith”, “Novilunios” y otras alusiones a muchachas o a una muchacha, reflejan ese sonambulismo pero también la premonición de otra actitud menos alegre y desenfadada, más de alejamiento final de tales flirteos o plenas intimidades con la vida y sus asuntos terrenales; así como una especie de fuga o búsqueda de una salida que, al final, el autor podría, si no me equivoco, haber encontrado en su vocación religiosa.

Poemas como “Desborde” y “La vuelta”, por ejemplo, constituyen una especie de declaración –alegórica o directa, según queramos concebirla- del ars poética inicial, o juvenil, de Bans, sin detrimento de que más adelante esa filosofía artística o poética sufra, como en efecto parece que lo hace, algunas variaciones. Son lo que podríamos llamar sus “armas iniciales” en la poesía. Cito un par de versos del poema “A lady Lilith”: “Sé que puse mis pies en polvorosa /y mi corazón lejos de tus miradas. /Más las tinieblas vinieron a danzarme…” Hay también una cercanía o intimidad efímera o eventual con lo que el hablante poético llama tinieblas, pero después una fuga, una huída que finalmente parece encontrarse con algo religioso.

En “La pétit mort” (“La pequeña muerte”), específicamente en el primer poema, “Brújula”, evidentemente homérico (como muchos otros del libro) el hablante poético recurre a las alusiones cenagosas del primer tiempo del poemario: se sabe y se solaza en el “chiquero hirviente y la cintura de Calipso”, pero hay una conciencia de tránsito, de previsión de otros ámbitos, otros estadios existenciales que esperan a un ser que abjura del presente pero no llega a arrepentirse de sus anteriores rutas.

Son también, algunos de los poemas de esta sección, una especie de diálogo con la muerte, una espera consciente de su llegada definitiva. El poema “Lotófagos”, de “La tentación inconsciente” (tercera sección del libro), confirma ese sentido inicial de viaje, de ruta interrumpida o de naufragio, pero en “Certain matin” declara: “El pecado ya me hizo fiesta con permiso /y me dejó su sabor a ausencia /y lejanía; /la falsedad de su paz /y el horror ante mí mismo”; lo cual quizás signifique una suerte de auto-epifanía, de auto-reconocimiento esencial y definición del propio ser. En este poema, también, el autor menciona por primera vez a Dios: “Qué lejos Dios. Qué distantes los amigos”.

El título de la cuarta sección, “Los faros en la tormenta”, así como el sentido que adquiere a lo largo de su contenido, refleja de nuevo esa reafirmación de la idea de viaje, de ruta interrumpida pero reanudada: tras las pruebas y obstáculos presupuestos en la tormenta, se divisan en la noche los ojos de los faros y su unívoco resplandor. Y aquí es evidente también la recurrente utilización de la alegoría homérica, unida a la constante alusión a la propia evolución religiosa o existencial del autor. Parece ser también la llegada final a la asunción de la fe, aunque probablemente mi conocimiento extra-literario del autor y su contexto vivencial me esté llevando en este caso a algún tipo de prejuicio.

Luego hay una serie de odas y homenajes que revelan los asedios, devociones y admiraciones intelectuales, artísticas o literarias del autor (Mallarmé, Balzac, Borges, Pessoa, Lezama Lima, Cummings, Silvia Plath, entre otros). Particularmente impresionante el homenaje al personaje que quizás sea el menos literario entre ellos, aunque de hecho lo es, y muy profundamente: la cantante Janis Joplin. El poema es, para mí, el mejor de la sección: el más sostenido, dramático y efectivamente metafórico, y paradójicamente el más eventual o más naturalmente “simple”, o aparentemente “casual”, de todos los homenajes. Simplemente magnífico.

Aunque en otra sección del libro hay una especie de imitación de Carlos Martínez Rivas, en “Los faros en la tormenta” hay un homenaje discreto, un epitafio en forma de haiku japonés, pero con sólo dos versos: “Pidió que lo olvidaran. /Nadie le quiere cumplir”. Evidente aquí la admiración al poeta Martínez, es decir, a su obra y a lo que de proyección de sus propias características personales tiene ésta. Sin embargo hay un detalle que creo necesario resaltar. En conversaciones y entrevistas personales, así como en la solapa de su libro, el autor ha confesado la influencia de Martínez Rivas, Joaquín Pasos y Mejía Sánchez en su trabajo poético; pero siendo como en efecto es, Berman Bans, un sacerdote (disciplinado con su Orden, aunque personalmente convencido e inclinado hacia la llamada “opción preferencial por los pobres”), extraña que mencione, aluda y haga homenaje en su obra a quien más bien ha sido visto como hereje, y no destaque en su santoral, por ejemplo, ninguno de los tres sacerdotes que lo anteceden en la historia de la literatura nicaragüense. De hecho tres de nuestros más importantes poetas, uno de ellos bastante célebre y laureado: Ernesto Cardenal.

“La deuda personal que tengo con Carlos Martínez es sobre todo el hecho de entender la poesía como una actitud brutal, orgánica, que no tiene que ver solamente con publicar un libro o tener un estatus en la literatura, sino más bien con la forma en que asumimos nuestras propias vidas”, me confesó Berman durante una tarde de charla en El Crucero. Después me dijo que también respeta mucho a Cardenal como poeta, como sacerdote, pero sobre todo como “un hombre de su tiempo”. Incluso, me dijo, “en determinado momento ha llegado a quedarse solo con sus propias convicciones, y lo ha hecho con valentía; lo cual me parece admirable”.

Yo, por supuesto, en ambos casos le doy toda la razón. Por eso ahora recuerdo que, luego de aquella charla, me quedé pensando en la extraña relación (subterránea, consanguínea o de fortalecimiento y continuación de una fuerte tradición literaria) que existe tanto entre las poéticas de Cardenal y Martínez Rivas como entre las de ambos con las de los mejores poetas que lograron despuntar en los últimos años del siglo veinte. Y si no me equivoco, esa tendencia o esa red de relaciones continuará prevaleciendo en al menos las primeras décadas del siglo que comienza.