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“La Esquina”. Allí mismo estaba la cantina al doblar por una puerta con baranditas. Casi siempre llegaban los mismos conocidos amigos que trabajaban por ahí cerca y aprovechaban el medio día para pasar echándose sus tragos.

El cantinero era Chico y siempre los atendía con sus boquitas de jocotes, guayaba o pedacitos de sandía, que se las ponía en un platito, al lado de la botella con su agua y el vasito servidor. Paco era uno de ellos, Fanor el otro y Mejillita, hablantín que hacía pareja con Ramiro Núñez, que no estaba esta vez.

–Hombré –dijo Paco–… y onde se ha metido Núñez…

–...ya había preguntado yo –dijo Chico.

–Parece que anda una su vaina –les dijo Fanor.

–¿Qué vaina…?

–¡Ah…!, pues es cuestión de la Policía

–Si –dijo Chico–, yo supe eso… quién sabe; a mí me había dicho Núñez que era que a su chavalo se le fregó la bicicleta y que prestó 120 pesos para la reparación y, la vaina, que no había pagado esos reales; a mí me enseñó la cita que le andaba.

Paco se echó el trago que tenía servido.

–Ya me voy ir yo… –dijo, y salió por la puertecita rumbo a su casa.

Cuando Paco llegó, allá encontró en su casa a Núñez.

–...Y diáy –le dijo–, estuvieron los muchachos preguntando por vos.

–Si hom... –le dijo Núñez, y le contó lo de los 120 pesos–, y lo peor es que los 120 pesos ya los había pagado por la reparación de la bicicleta de Pilo, el muchachito... ahí estaba la vaina.

–Bueno –le dijo Paco–, tal vez te pueda ayudar, pues –y volviéndose adonde la Julia su mujer, le dijo:

–¿No tenés vos?

–Ve a ver a la cajuelita.

Paco se fue a ver y volvió con los reales.

–Ahí está, pues –le dijo– andá pagá esos 120 pesos.

Núñez se fue con los reales en la mano.

–...Pero esos eran los 120 pesos que yo tenía listos para pagar la composición de la cocina –dijo la Julia.

En la tarde se apareció Núñez otra vez.

–...Las vainas –dijo–, a Pilo le arreglaron su bicicleta; pero más tardó para que un taxi lo chocara y le fregara otra vez su bicicleta.

–...Y ahora qué… –dijo la Julia.

–No –dijo Núñez–, si todo se arregló.

–Cómo pues…–dijo Paco.

–El hombre del taxi se arregló con Pilo y le pagó todo, que dio para los 120 pesos para la Policía y otros 120 pesos que me pagó a mí, y son estos los que te traigo.

Esto se le estaba contando así detallado Paco a Chico allí mismo en la cantina.

–Ajá… y que más pasó…

–Ah… –dijo Paco–, que Núñez me regresó a mí los mismos 120 pesos, y curioso que en eso salió el mecánico de la cocina y dijo que la composición costaba 120 pesos… y esos mismos 120 yo se los dí al de la cocina.

–…Pero –dijo Chico como extrañado–…

–No hom –dijo Paco–, es que lo curioso que yo le veo a esto de esos 120 pesos, es que sirvieron para todo; parte por parte, de un lado a otro, como misterioso… ¿No cres vos?... esto me parece a mí como cuento…

Chico se quedó pensando… Paco ya se iba cuando lo llamó Chico.

–Pero ve, Paco –le dijo Chico–, yo creo que ese sería, en este caso, el cuento más guanaco que yo he oído en mi vida… ¿No cres vos?... –y Chico soltó la risa.

Paco, que ya se iba, volvió a ver a Chico... y Paco también se puso a reír él…

Mg/25 de enero/2013