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Es en la infancia y en la adolescencia cuando los libros ejercen una influencia poderosa, casi mágica en nuestras vidas. En esas edades leemos con tal devoción y pasión que los personajes ficticios se entremezclan con la realidad. En la mayoría de los casos recurrimos a indagar sobre la vida de los que escribieron esos libros. A veces imitamos su forma de ser, escribir y hasta queremos repetir cada uno de los incidentes de su vida.

Cuando somos adultos, las mismas lecturas nos entretienen; releemos las mismas páginas con detenimiento, pero con otro criterio y sensibilidad. Desde luego que seguimos admirando a nuestros personajes, pero ya no con la misma devoción.

J.J. Rousseau era un cruel canalla; cada vez que su amante paría un hijo se apresuraba a llevar al recién nacido al hospital de niños abandonados. De sus cinco hijos ninguno sobrevivió. Sin embargo, Rousseau escribió un tratado de pedagogía: “Emilio”, que describe la forma cómo se debe de educar a los niños. El tratado pedagógico de Rousseau es tan importante que ha ejercido una gran influencia en la teoría didáctica, y el día de hoy es lectura obligatoria en las facultades de pedagogía de todas las universidades prestigiadas del mundo.

Carlos Marx era un ser petulante que padecía de mal genio; sin embargo, a través de su obra enseñó los orígenes de las desigualdades sociales. Bertolt Brecht, el famoso escritor comunista alemán, tenía un “corazón de hielo” y casi siempre se encontraba demasiado preocupado por su cuenta de dólares en Suiza como para hablar con simples mortales.

Estos escritores tenían talento suficiente como para sorprendernos con sus teorías o sus ensayos. Pero la mayoría de los escritores hoy en día, ante la falta de aptitud, han tenido que recurrir a desmanes histriónicos, a la publicidad engañosa, o a atacar a un escritor o poeta célebre con el único fin ególatra de ser afamado.

La vida es consustancial a la obra, y, en palabras de Erick Aguirre, la literatura es un como dialogo infinito: un coloquio con ella misma; es una relación dilatada y sostenida con otros textos. Pero, además, es asimilación y duelo de múltiples significados; un sistema de signos en constante rotación. Ese dialogo constante, permanente, según el más reciente libro de Erick titulado precisamente “Diálogo infinito”, es lo que ha caracterizado en un siglo a la poesía de Nicaragua.

Y aunque en el libro desfilan personajes como Pablo Antonio Cuadra, Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal, entre otros (a los cuales Erick, a lo largo de sus páginas va describiendo, analizando y a la vez conversando con una prosa sencilla y clara) quiero limitarme a Álvaro Urtecho, Iván Uriarte, Raúl Orozco, Juan Carlos Vílchez, Manuel Martínez y Santiago Molina, porque considero que fueron y son, personas con una devoción y un arrebato personal por la literatura extraordinario; sobre todo han sido coherentes con ese oficio, sin poses caricaturescas, como las de otros que, muchas veces, llegan a lo ridículo por buscar notoriedad ante la falta de talento.

Ni a Álvaro Urtecho ni al novelista Franz Galich les importaron nunca los homenajes, los diplomas de reconocimiento, o que los incorporaran a alguna antología o a la Academia de la Lengua. Lo primero para ellos fue su obra, su familia y sus amigos. Nunca los miré ofreciendo alguna cena, cabildear para que los publicaran en un suplemento o les rindieran un tributo, como hacen muchos escritores nicaragüenses que de forma amañada quieren alcanzar la anhelada fama.

Más bien, algunos de ellos han sido objetivo de burla y sarcasmo. Recuerdo que cuando hice una entrevista a Iván Uriarte, me contó que en el Auditorio 12 de la UNAN-Managua, en la década de los ochenta, un crítico literario extranjero hizo referencia de él como un importante intelectual nicaragüense, y todos los que estaban en el auditorio se pusieron a reír. Iván preguntó: ¿cuál es el chiste? Nadie respondió.

El profesor hacía referencia a la tesis doctoral de Uriarte, que escribió y defendió en la Universidad de Pittsburg, Estados Unidos, cuyo tema era la obra de Ernesto Cardenal. Con amargura me dijo Iván: los “serruchapisos”, que son abundantes en este país, le habían dicho a Cardenal que la tesis era negativa hacia su persona. Sin embargo, posteriormente se dio cuenta que no era así, y se publicó en 1999.

Juan Carlos Vílchez describe paisajes humanos en su poesía, y su vida ha sido un viaje en círculos. De tener una vida cómoda en Alemania, en donde trabajaba en un hospital como médico, con el entusiasmo de los años ochenta, regresó a Nicaragua; pero lo más importante, se encontró con su pasión: la poesía.

Raúl Orozco me prometió que antes de su muerte me revelaría el secreto de por qué se vestía de negro; no lo hizo, porque al final su vida fue, al igual que su poesía, un torrente de acero: poesía-vida-militancia.

Manuel Martínez y Santiago Molina, al igual que los otros, han sido personas que viven para la literatura; su realización personal ha sido escribir y enseñar. Honestidad, sencillez y bondad es su naturaleza humana.

Al final me he preguntado: ¿qué es lo que admiramos: al escritor o a su obra?, ¿al Rousseau canalla o a su obra Emilio? Tal vez la mayoría de los escritores que he mencionado no lleguen a tener la notoriedad de este personaje, pero admiro más el hecho de que hayan sido coherentes con su obra y con su vida; porque en un mundo de cínicos lo que importa es lo que se hace en la vida y no lo que simplemente se dice.