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En el pasillo empedrado de un fuerte del siglo XVIII que alberga parte de la Oncena Bienal de La Habana, resuena y emana el insistente repicar de una obra de arte en la que un ave de bronce continuamente golpea con el pico la hélice de una lancha. Detrás de ese ruido flota la melodía de una canción cubana interpretada por un trío. Y, luego, encima de todo, llega otro tipo de sonido: voces estadounidenses, que gritan en inglés: “¡Miren eso!” y “¡Quiero que vean esto!”.

Durante gran parte de los 2000, el ex presidente George W. Bush prácticamente canceló los viajes de Estados Unidos a Cuba, y con ello, el flujo de amantes estadounidenses del arte que habían ayudado a nutrir la escena artística cubana. Sin embargo, desde que, en 2009, el presidente Barack Obama empezó a levantar muchas de las restricciones a los viajes de la época de Bush, la circulación ha estado fluyendo de nuevo por el puente que conecta a los mundos del arte estadounidense y cubano.

Funcionarios cubanos dicen que más de 1,300 estadounidenses –coleccionistas, curadores, comerciantes y otros– están registrados para asistir a la bienal de este año, cerca del punto máximo alcanzado en 2000, después de que el gobierno de Clinton relajó las restricciones para viajar que hubo durante años. Con los cambios recientes, los cubano-estadounidenses pueden viajar cuando quieren, y, a partir del año pasado, el gobierno estadounidense expandió los viajes legales para otros estadounidenses, que pueden llegar gracias a programas cuyo objetivo es fomentar el contacto con los cubanos comunes.

“Vemos a muchos más visitantes extranjeros este año, y entre ellos, a muchos más estadounidenses”, dijo Sandra Contreras, quien maneja la galería Villa Manuela en esta ciudad. El cambio ha sido una gran ayuda, agregó, y explicó: “Aunque hemos desarrollado mercados en Europa y Latinoamérica, los coleccionistas estadounidenses siguen siendo nuestros principales compradores”.

Para Cuba, la bienal –que se inauguró el 11 de mayo y estará hasta el 11 de junio– es una oportunidad para experimentar la cultura internacional y presumir la propia evolución artística del país. El acto ha llenado los salones para exposiciones, las galerías, los teatros y las calles de La Habana con esculturas, pinturas, arte callejero y representaciones de 180 artistas de 45 países, según su organizador, el Centro Wilfredo Lam para el Arte Contemporáneo. Docenas de artistas cubanos muestran su obra en espacios oficiales y no oficiales.

“Aprendes mucho al ver esto”, dijo María Teresa Canarte, una pediatra de la provincia oriental de Pinar del Río, quien un martes de mayo examinaba dos “pozos” cuadrados, hechos por el artista chileno Iván Navarro, quien utilizó luces de neón y espejos para crear la ilusión de profundidad. “Muchas personas aquí no pueden viajar y ver arte en otras partes. Abre nuestros horizontes”.

Hay un grupo de lo más diverso de artistas estadounidenses, incluido Andres Serrano, quien tiene una exposición en una galería de fotografía en La Habana Vieja, y Craig Shillitto, cuyo Paladar Project llevó a 10 chefs a La Habana para cocinar con 10 cubanos en un restaurante improvisado, armado con contenedores.

El 11 de mayo, la artista ruso-estadounidense Emilia Kabakov, rodeada por una multitud de familias cubanas, izó la vela de “The Ship of Tolerance” en un espacio cubierto de hierba junto a la bahía de La Habana. Kabakov y su esposo Ilya construyeron barcos de madera en media docena de lugares, incluidos Venecia y el desierto egipcio, con velas creadas con dibujos hechos por niños locales. (Dijo que el barco, que se mantendrá en tierra, permanecerá en La Habana y podría durar una década o más.)

En el Malecón, el muro serpenteante que recorre el flanco norte de La Habana, un conjunto de obras de artistas cubanos explora el tema de la migración y la fuga, un tema emocional en un país donde hay que pedir permiso para salir y donde muchos han muerto tratando de escapar en balsas y embarcaciones improvisadas.

En “Fly Away”, de Arles del Río, es la silueta de un avión recortada en una alambrada de tela metálica que sugiere que un avión comercial la atravesó. La obra “Submarino hecho en casa” de Esterio Segura, que transforma un coche Chrysler de época, refleja la inventiva y los navíos precarios que hicieron los cubanos durante el éxodo masivo por mar en 1994.

Museos y coleccionistas de arte interesados

Los transeúntes se detenían a mirarse contra el telón de fondo del mar vacío en la instalación de espejo de Rachel Valdés Camejo, “Happily Ever After No. 1”, y a desconcertarse ante “Nadie escucha” por Alexander Arrechea, un árbol escultural de orejas de aluminio que se hacen cada vez más chicas a medida que se acercan a la punta.

Al otro lado de la bahía, el tema de atravesar el mar continúa en una exposición cubana muy diversa en la fortaleza San Carlos de la Cabaña del siglo XVIII. Colgados en un salón están tiburones de tamaño natural, vestidos con ropa, y los restos de un naufragio. Es la obra de Alexis Leyva Machado, conocido como Kcho (se pronuncia cach-o) cuyo pajarito de bronce golpetea el pico contra una la hélice que cuelga de una soga, tocando un interminable toque de difuntos al lado.

Al margen de la bienal, grupos de conocedores, muchos estadounidenses, recorrían galerías y estudios, se reunían con artistas y no dejaban escapar ninguna obra. Los artistas ocupan un lugar poco común y privilegiado en Cuba, donde no sólo pueden empujar los límites de la crítica política mucho más que muchos, sino también conservar gran parte del dinero de las ventas.

Arrechea dijo que recibió en su estudio a dos o tres grupos privados al día, incluido uno de SITE Santa Fe, el espacio de arte contemporáneo, y otro de ArtTable, una organización basada en Nueva York que apoya a las mujeres en las artes visuales, en un edificio de departamentos en el centro de la ciudad. Arrechea, representado en galerías en Nueva York, París y Madrid, y cuya obra se vende generalmente en 5,000 dólares hasta cantidades de seis dígitos, dijo que vendió “un par de piezas menos caras”.

Frank Mújica, quien hace dibujos a lápiz de paisajes cubanos, dijo que hubo cuatro grupos diarios –en su mayoría estadounidenses– que llegaban al estudio que comparte con otros tres artistas jóvenes. Vendió 12 obras tan solo el 14 de mayo, señaló.

Sin embargo, esta ráfaga de interés no sólo comenzó con la bienal: durante el invierno, la temporada alta en Cuba, los estadounidenses pasaron en tropel interminablemente por los estudios de los artistas y el Instituto Superior de Arte, la principal escuela de artes en Cuba, para comprar pinturas en los caballetes de los artistas.

“Hay muchísimo interés en comprar”, dijo Luis Miret Pérez, el director de la Galería Habana, una de las más respetadas en la ciudad. Señaló que recibió a varias delegaciones de museos extranjeros en una semana de mayo, incluidos el de Bellas Artes de Boston y el Tate Modern de Londres, así como que espera a uno del Museo de Arte Moderno de Nueva York a finales de mes.

Miret dijo que la interrupción en los viajes a Estados Unidos obligó a los artistas cubanos a ver hacia Europa, donde desarrollaron un mercado nuevo, así como relaciones con curadores y talleres que montan sus instalaciones.

Surgieron de la última década “más expuestos al mundo exterior”, dijo Nancy Portnoy, una integrante del consejo de administración del Nuevo Museo de Nueva York. “Los procesos son más sofisticados, los materiales”.

Portnoy hablaba de la Galería Habana, donde examinaba “Cielo prohibido”, un mapa estelar de Glenda León, hecho con diagramas de estructuras moleculares de drogas ilegales. Portnoy adquirió en 100 dólares una pintura que León hizo con mechones de cabello hace como una década; otras obras de la misma serie se vendieron en unos 1,500 dólares.

Ahora que se pueden conectar con mayor facilidad, los artistas, coleccionistas y curadores cubanos y estadounidenses esperan profundizar sus vínculos. Holly Block, la directora ejecutiva del Museo de Arte del Bronx, dijo que le gustaría ver que los mejores artistas estadounidenses lleven obra a La Habana y, algún día, un centro cultural estadounidense en la ciudad.

Block, quien estuvo los primeros diez días de la bienal, dijo: “Estar tan cerca y no apoyar al país o su arte, no tiene ningún sentido”. Agregó que espera montar una exposición en el Museo del Bronx en colaboración con el Museo de Bellas Artes de Cuba en 2014.

Arrechea, quien no pudo llegar a su primera exposición en solitario en 2005 porque no pudo obtener una visa de Estados Unidos, dijo que es crucial que permanezca abierto el vínculo con ese país.

“Hay jóvenes artistas aquí que han estado esperando años para que se abra la puerta”, expresó. “Sería un desastre que se volviera a cerrar”.