•   Kitira, Grecia.  |
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En fecha reciente ha aparecido un impactante anuncio público en noticiarios de la televisión griega enfocado a crear conciencia, en el cual se muestra a una niñita paseando con su madre por el Museo Nacional de Arqueología de Atenas, una de las joyas de la corona cultural del país. La niña se aleja de su madre y, mientras se para sola ante una estatua de mármol de 2,500 años de antigüedad, una mano repentinamente se desliza desde atrás, cubriéndole la boca y arrancándola de ahí.

Un instante después, reaparece la niña, al parecer sin daño alguno pero con la mirada distante ante un pedestal vacío: los secuestradores no iban por la niña. iban por la estatua.

Este anuncio, producido por la Asociación de Arqueólogos Griegos, es un recordatorio más inmediato de un robo a mano armada de docenas de artefactos de un museo en Olimpia en febrero, entre persistentes insuficiencias de seguridad en museos a lo largo del país. Sin embargo, el mensaje central de la campaña - “Los monumentos no tienen voz. Deben tener la tuya” - es un ataque mucho más amplio a los profundos recortes culturales que se están aplicando como parte de las medidas de austeridad impuestas a Grecia por el círculo dominante de la economía europea, medidas que han llevado en meses recientes a una crisis electoral, un gobierno provisional y el espectro de la salida de Grecia de la eurozona.

El pueblo ya está sintiendo los efectos de los recortes a la cultura a lo largo del país, a medida que galerías en museos y, a veces, museos enteros sufren cierres esporádicos.

Sin embargo, arqueólogos y curadores griegos e internacionales advierten que las verdaderas consecuencias de los recortes no saltarán a la vista plenamente durante años y serán mucho más funestos para antiguos artefactos y la erudición histórica. A lo largo de los últimos seis meses, docenas de los arqueólogos más experimentados del estado - aquellos con el mayor número de años de servicio y mayores salarios, 1,550 euros mensuales, o poco menos de 2,000 dólares - han sido obligados a retirarse anticipadamente como parte de una reducción de 10 por ciento del personal dentro del Ministerio de Cultura y Turismo del gobierno. A través de retiros con regularidad y por desgaste en los últimos dos años, el personal arqueológico se ha reducido incluso más, de 1,100 a 900, con base en dicha asociación, la unión que representa a los arqueólogos.

En una época en que los impuestos están subiendo, las pensiones están siendo recortadas y la tasa nacional de desempleo ronda por arriba de 21 por ciento, este éxodo se ha desvanecido rápidamente en el sombrío panorama económico. Sin embargo, los académicos dicen que las reducciones están empezando a ocasionar precisamente lo que dramatiza el anuncio por televisión: la desaparición de antigüedades. Los principales culpables no son quienes roban museos y saqueadores de sitios de antigüedades, sino dos fuerzas incluso más traicioneras que ahora tienen menos controles sobre su poder: los elementos y los trascabos de urbanizadores.

En el lecho seco de un río en una mañana de abril, en la isla de Kitira, el exarqueólogo del gobierno Aris Tsaravopoulos, quien fue expulsado de su puesto en noviembre, destacó un sitio donde una sección de la margen del río había colapsado durante una tormenta unos cuantos meses antes. Había cientos de piezas de cerámica minoica diseminados a lo largo de todo el lecho conforme se extendía hacia el Mar Mediterráneo, más probablemente del segundo milenio antes de nuestra Era, algunas de ellas pintadas con patrones florales que aún eran de un rojo intenso. Tsaravopoulos, quien dirigió proyectos arqueológicos y supervisó excavaciones extranjeras en la isla durante más de 15 años, dijo creer que el sitio pudiera formar parte de una tumba o un antiguo tiradero.

En años anteriores, Tsaravopoulos habría organizado una excavación de emergencia en un sitio como ese. Ahora, destacó, ya no puede hacer nada sino alertar a colegas sobrecargados de trabajo en el servicio arqueológico del estado, con escasas esperanzas de que cualquier trabajo de rescate se haga a tiempo: desde su retiro forzoso el otoño pasado, Kitira, isla escasamente poblada que es ligeramente más grande que Malta, a seis horas al suroeste de Atenas por trasbordador, no había sido visitada por un arqueólogo del gobierno.

Por supuesto, mucho antes de la crisis económica, se perdieron sitios o su mantenimiento era deficiente, en parte debido a la inmensidad de la tarea de preservar el pasado del país. Tan solo en Kitira, bien pudiera haber docenas de sitios inexplorados como esos; la perogrullada griega en el sentido que no es posible caminar por ahí sin tropezar con una antigüedad a menudo parece verdad casi literalmente. (El país tiene 19,000 sitios arqueológicos y monumentos declarados y 210 museos de antigüedades.)

“Creo que este ministerio podría duplicar o triplicar el número de arqueólogos que contrata - así como el número de vigilantes - y seguir presentando una falta de personal”, dijo Pavlos Geroulanos, el ministro de cultura y turismo de Grecia hasta que las elecciones del 6 de mayo trajeron a un gobierno provisional. Geroulanos ha supervisado los despidos y retiros forzosos a medida que su presupuesto anual de operaciones ha bajado 30 por ciento en los últimos tres años. “Hay tanto allá afuera, y tanto trabajo por hacer”, destacó.

Pero ahora, la burocracia de Grecia, de por sí rígida e ineficiente y por años la mayor en Europa (donde el estado desempeña un papel central en el campo en muchos países), enfrenta una caída tan marcada en los recursos que está empezando a ceder la responsabilidad de la herencia cultural que ha tenido durante más de 150 años.

Para muchos arqueólogos griegos y colegas universitarios de otros países que excavan con permiso del gobierno, una repercusión incluso más inquietante del presupuesto de austeridad es que se están cancelando las licencias para ausentarse por investigaciones para arqueólogos del gobierno, en tanto los recursos para sus excavaciones de investigación ya no están siendo suministrados a menos que puedan encontrar otras fuentes para compartir los costos.

Uno de los efectos es que arqueólogos griegos están siendo orillados a centrarse casi exclusivamente en el aspecto más burocrático de sus empleos: inspecciones de sitios de construcción por la presencia de antigüedades enterradas. Es una tarea crucial, pero que, incluso con la desaceleración del desarrollo durante la crisis, consume casi todo su tiempo actualmente. Esto significa que la erudición académica es puesta en suspenso indefinidamente y, en algunos casos, quizá de manera permanente.

Un arqueólogo estadounidense con décadas de experiencia en Grecia, quien habló con la condición de mantenerse en el anonimato por temor a alienar a funcionarios gubernamentales en tiempos tan inciertos, dijo: “Nadie en Grecia excava tanto como el servicio arqueológico del gobierno. Y si ellos no son capaces de publicar lo que encuentran, bien pudieran no estar haciéndolo ni en lo más mínimo; bien pudieran meramente sepultarlo de nuevo”.

Geroulanos, quien sirvió como el ministro de Cultura durante dos años y medio, periodo inusualmente largo entre las cambiantes alianzas políticas de Grecia, dijo que los profundos recortes de personal eran inevitables a fin de exponer el argumento más firme en el sentido que su ministerio podría vivir dentro de sus medios, como ahora está teniendo que hacerlo el resto de Grecia.

“Actualmente estamos en una época en la que puedo afirmar con seguridad que cada dólar entregado al ministerio será bien invertido”, dijo en una entrevista desde su oficina en Atenas.

Incluso con el descenso del presupuesto de su ministerio cada año de su periodo al frente, dijo, ha sido capaz de completar importantes proyectos, como la modernización de las instalaciones en más de 100 sitios antiguos de acceso público. En los últimos tres años, Grecia también ha logrado competir exitosamente por decenas de millones de euros de la Unión Europea disponibles para proyectos arqueológicos. Sin embargo, los detractores de la austeridad destacan que estos pocos puntos brillantes palidecen en comparación con el daño irreversible que ya está en marcha.

En la isla de Kitira, Tsaravopoulos visitó hace poco un lote de campo escasamente arbolado luego de recibir información de un amigo en el sentido que un trascabo había estado trabajando ahí sin permiso o inspección de antigüedades. Llegó para encontrar un improvisado camino de tierra abierto recientemente sobre el flanco de un cerro, repleto de docenas de piezas rotas de cerámica vidriada que se remonta a tiempos helénicos y de los primeros romanos.

Mientras se estaba marchando, llegó el propietario de la tierra con su familia, y él y Tsaravopoulos, quien lo conocía, sostuvieron una cortante discusión en medio del camino antes que el hombre siguiera caminando.

“Me dijo que no se había dado cuenta de que había dañado artefactos y que lo lamentaba”, dijo Tsaravopoulos más tarde. “Después, me dijo muy cortésmente; ‘Ah, Aris, me enteré que tuviste que retirarte. Lamento mucho eso’. Él sabe que ya no tengo poder para impedir que la gente excave donde le venga en gana”.