• Lagos, Nigeria |
  • |
  • |
  • elnuevodiario.com.ni

La terrible experiencia de volar en Nigeria empieza con las multitudes caóticas, blandiendo fajos de billetes, que rodean a los agentes de boletos en sofocantes terminales que no tienen aire acondicionado.

Luego llega la oleada hasta el abrumado empleado que maneja los registros.

Subirse al avión mismo puede parecer todo un logro, dada la falta de anuncios audibles, pizarras eléctricas que funcionan o empleados uniformados con la información de exactamente cuánto durará el retraso inevitable.

Sin embargo, solo es cuando ya está uno acomodado en el avejentado avión que comienza realmente la aventura.

Los viajes por aire aquí pueden ser una experiencia banal, pero una que existe al borde de la catástrofe, como lo resaltó el accidente de junio en Lagos. La forma en la que un avión reluciente, lleno de nigerianos exitosos – muchos artículos periodísticos detallaron los logros de éste o aquél servidor público de alto rango o emprendedor autóctono – terminó hecho una masa de fierros retorcidos en el lodo de un barrio obrero remarcó las peores pesadillas de cada viajero en este país, tan lleno de dinamismo y de disfuncionalidad.

Décadas atrás, los aviones se estrellaban con tanta regularidad que muchos nigerianos preferían seguir los caminos peligrosos para desplazarse desde esta ciudad hasta, por decir, Abuja o Puerto Harcourt o Kano. Sin embargo, el gobierno cerró las aerolíneas de operadores deshonestos y advirtió al resto que no se permitirían atajos. Mejoró la reputación del sector aeronáutico del país, dicen expertos, al grado en el que funcionarios estadounidenses les dieron a los operadores de Nigeria el estatus de Categoría 1, la más alta en seguridad.

Luego, el accidente del 3 de junio de un avión de Dana Air que salió de Abuja, la capital, y en el que murieron las 153 personas a bordo, más una cantidad desconocida de gente en tierra, volvió a plantear la cuestión. La ansiedad en torno a los viajes aéreos nigerianos persistía una noche reciente, un viernes de junio, cuando fallaron las luces de la pista en el aeropuerto internacional Nnamdi Azikiwe en Abuja, obligando a desviar a algunos vuelos y dejar varados a los pasajeros.

Una mañana reciente en el aeropuerto Murtala Muhamed de Lagos, un piloto de uno de los principales operadores nigerianos habló francamente de sus temores. No abordará el avejentado Boeing 737 de su compañía, dijo, porque no le dan el mantenimiento apropiado. El mantenimiento, señaló, es una burla. Se ha sobornado a los inspectores de seguridad, afirmó. Los pilotos tuvieron un comportamiento excéntrico en la cabina, poniendo en peligro la vida de los pasajeros, dijo. Al concluir sus acusaciones, el piloto se fue para ir a volar su avión.

Sin lugar a dudas que una mayoría abrumadora de vuelos en Nigeria, como en cualquier otra parte, empiezan y terminan sin ningún incidente notable, aun si pareciera que los pilotos anuncian los destinos equivocados con frecuencia. Aparte de la incomodidad – aviones viejos, algunos de casi 30 años de antigüedad, con demasiados asientos y olores de décadas de comidas malas _, se parecen a los vuelos de cualquier parte. Y, con todo, de cuando en cuando, resaltan. Un avión de un importante operador nigeriano se acercaba a Lagos al final de un vuelo internacional reciente, de toda la noche. Apareció a la vista la ciudad – el laberinto de calles cercanas al aeropuerto estaba abajo – y el avión parecía descender. De pronto, cambió la vista.

El avión volaba sobre campos y pantanos. La ciudad quedó en la distancia. Aunque el clima era perfecto. Parecía que el avión ya no se aproximaba a Lagos. Tras unos minutos, salió la voz del capitán por el intercomunicador: “Ah, distinguidas damas y caballeros” – así es como los pilotos nigerianos se dirigen a los pasajeros – “lo siento, pero me pasé de la pista. Voy a tener que volver a intentarlo”.

El avión se quedó muy callado. Las sobrecargos estaban paralizadas en su asiento, con el rostro inmóvil. Después de 10 minutos, el piloto volvió a tratar y el avión aterrizó sin incidentes.

En un vuelo nacional reciente – de nuevo de un operador importante _, el pequeño jet topó con gran turbulencia. Así continuó, y el avión rebotaba hacia arriba y hacia abajo mientras los minutos se hicieron un cuarto de hora y luego media hora.

Se escuchó la voz del piloto a través del intercomunicador; pero no para informar sobre el vuelo. Para cantar. Con voz de barítono, cascada y sibilante, el piloto (evidentemente) entrado en años empezó a entonar una cancioncilla improvisada sobre su propia carrera: “¡Oh, amo volar por Air Nigeria! ¡Air Nigeria es lo máximo!”.

El avión rebotaba hacia arriba y hacia abajo, y el capitán cantaba.

Al final, el jet aterrizó en su destino provincial. Los pasajeros, casi todos nigerianos, desembarcaron impasibles y silencioso. Parecían estar acostumbrados a estas experiencias comunes que bordean – incómodamente cerca – de lo extraordinario.