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Uno tiene un salón designado para la oración. En otro, se registra a los parroquianos a la entrada, y se mandata que guarden las pistolas, como los abrigos en los restaurantes elegantes. Son buenos lugares para escapar del calor del desierto y, en una cultura islámica conservadora, son uno de los pocos lugares donde las jóvenes parejas coquetean abiertamente o las mujeres fuman cigarrillos en público.

Los centros comerciales al estilo estadounidense, parte integrante en la mayoría de los acaudalados vecinos de Irak en el golfo Pérsico, han llegado tarde a Bagdad, destrozada por la guerra, pero los iraquíes les están tomando el gusto ahora al igual que a la serie Valley Girls, como una sociedad de consumo impulsada por el auge en las ganancias petroleras del país.

Se están construyendo enormes centros comerciales por toda la capital. El más grande incluirá un hotel de cinco estrellas y un hospital, y en uno ya en funcionamiento, cada semana llega un camión con Big Macs congeladas, provenientes del McDonald’s en Aman, Jordania.

En general, se elogia al auge en la construcción como prueba del progreso de Irak y su retorno a la normalidad, más de nueve años después de la invasión de Estados Unidos y de aproximadamente seis meses de la partida de las últimas tropas de combate. Sin embargo, economistas y otros expertos ven un lado oscuro.

“Básicamente, Irak está tratando de formar una sociedad consumista, no en un capitalismo de Estado como en China, sino en el socialismo”, dijo Marie Helene Bricknell, la representante del Banco Mundial en Irak.

Uno de los principales objetivos de Washington era desarrollar una economía de libre mercado en el país. No obstante, con tanta riqueza petrolera a la mano, los dirigentes de Irak han dado pocos pasos para desarrollar al sector privado. Más de 90 por ciento de los ingresos del gobierno de Irak se derivan del petróleo, y con su producción en rápida expansión, los ingresos anuales del país podrían triplicarse en los próximos cinco años, a más de 300,000 millones de dólares. Con ese tipo de riqueza entrando a raudales, una de las mayores interrogantes que encara el país es qué hará con todo ese dinero.

Dada la mentalidad estatista de la mayoría de los altos funcionarios iraquís y de la corrupción generalizada, los diplomáticos, en general, son pesimistas en cuanto a que el esperado auge en los ingresos gubernamentales se utilice para ayudar a desarrollar al sector privado o para pagar un ambicioso programa de obras públicas, algo que el país necesita desesperadamente porque 40 por ciento de la población todavía no tiene acceso al agua potable.

A los expertos les preocupa que en lugar de eso, se financie más de lo que Irak ya tiene: corrupción y una enorme fuerza de trabajo del gobierno.

La mayoría de las principales industrias siguen en manos del Estado, y la mayor ambición de muchos iraquís es asegurarse un empleo gubernamental. Según estadísticas del Ministerio de Planeación de Irak, casi un tercio de la fuerza laboral trabaja para el gobierno. Son más de cinco millones de personas, y aumenta la cantidad, a medida que los partidos políticos que administran los ministerios del gobierno usan los salarios para expandir su electorado.

“Las nóminas del Estado se han expandido ampliamente no con tecnócratas, sino con funcionarios de partidos, porque el Estado se ha convertido en una forma de financiar la lealtad partidista”, explicó Toby Dodge, un catedrático en la London School of Economics, en un panel de discusión sobre Irak realizado hace poco en Londres. “Eso ha minado directamente y obstaculizado la capacidad del Estado. Así es que tenemos un Estado enorme”.

Debido a que los salarios gubernamentales son mucho más altos que los del sector privado, los negocios independientes funcionan con desventaja porque, entre otras trabas, los emprendedores potenciales no pueden darse el lujo de contratar a los trabajadores más capacitados. El Banco Mundial clasifica a Irak en el lugar 153, entre 183 países, en cuanto a la facilidad para hacer negocios.

“Construir una sociedad de consumo encima de nada es como construir una burbuja que reventará en el futuro”, dijo Bricknell. Con los centros comerciales, señaló, “básicamente, están poniendo un barniz encima de un centro en descomposición”.

Por ahora, no obstante, ese barniz se ve bastante bien en un lugar que ha sufrido tanto.

Ali Abud, un constructor inmobiliario iraquí quien salió rumbo a los Países Bajos en 2006, regresó hace poco para abrir con su hermano un centro comercial de cuatro pisos. Hay un supermercado en el primer piso; en el segundo, ropa; en el tercero, muebles y artículos para el hogar, y en el de hasta arriba hay una plaza de alimentos y una zona de juegos para niños. Mientras Abud caminaba por el supermercado, señalaba queso de Dinamarca, camarones gigantes congelados del golfo Pérsico, hamburguesas congeladas y pollo frito.

“La gente viene y me pregunta por productos de McDonald’s o KFC”, comentó. “Hay muchos iraquís que han vivido fuera del país”. Ninguna de esas cadenas tiene una franquicia aquí todavía.

En el centro comercial con la revisión de seguridad, Ali Saady, el gerente e hijo del dueño, dijo: “Irak todavía no es un lugar donde puedas dejar pasar a la gente sin revisarla. La situación de la seguridad es el mayor reto. Todavía no es estable”.

Hace poco, Lamiya al Rifaee, de 40 años, madre y empresaria, compraba aquí, se quejaba de que el centro comercial no es tan grande ni tan elegante como los de Dubái, los Emiratos Arabes Unidos o Turquía, a los que ha ido de compras.

Sin embargo, para Irak, dijo, es un buen comienzo, y uno de los pocos lugares donde ella permite que sus hijos se le pierdan de vista, y con frecuencia los deja en la zona de juegos del último piso. Aquí, dijo, “puedo ver a mis hijos jugar con seguridad y comprar lo que necesito en las tiendas”.

Un centro comercial enorme, aún en construcción, en los límites de Mansur, el barrio de clase alta, eclipsará a cualquiera de los existentes, y está orientado a ser un lugar para que los iraquís se den el gusto de consumir al estilo estadounidense. Las boutiques venderán marcas occidentales, como zapatos Ecco, trajes Zara y ropa para exteriores Timberland, y existen planes para una galería de videojuegos, varios cines, más de una docena de restaurantes y un boliche.

“La gente tiene que divertirse”, dijo Maythem Shakir, el ingeniero en jefe del proyecto de 25 millones de dólares, al cual financia un grupo de iraquís acaudalados y construye una compañía turca.

El consumismo financiado con el petróleo que se exhibe en Bagdad tiene un precedente histórico. En “The Modern History of Iraq”, la historiadora estadounidense Phebe Marr describe una trayectoria parecida en los 1970, cuando “la era de la prosperidad creó rápidamente una sociedad consumista, dependiente del empleo gubernamental”.

Hoy, algunos expertos ven la acumulación de poder en manos del dirigente de Irak, el primer ministro Nuri al Maliki, junto con los ingresos del petróleo en expansión, y les preocupa que se repita la historia.