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El primer pronunciamiento destacado de Hillary Rodham Clinton sobre la cocina y recibir invitados no fue uno precisamente apasionado: durante la campaña presidencial de su esposo en 1992, defendió su opción de carrera al decir: “Supongo que pude haberme quedado en mi casa a hornear galletas para tomar té con las amigas”.

Sin embargo, como primera dama, Clinton se interesó muchísimo en el comedor de la Casa Blanca, y remplazó la tradicional comida francesa y los chefs con platillos estadounidenses contemporáneos preparados por un chef estadounidense.

Ahora, como secretaria de Estado, Clinton vuelve a hacer cambios en la cocina. En los tres y medio años en el Departamento de Estado, ha transformado la forma en la que se elige, se cocina y se sirve la comida en las oficinas centrales de la dependencia o “Foggy Bottom” como se la conoce en Washington, y le ha dado predominancia como una parte importante de lo que denomina “diplomacia inteligente”.

Ahora se utilizan las comidas con jefes de Estado y otros dignatarios extranjeros como una oportunidad de exhibir la cocina estadounidense, en particular los ingredientes locales, y mostrar la fluidez en las tradiciones culinarias del visitante. El Departamento nombró a un chef ejecutivo por primera vez y se invita con regularidad a chefs para que cocinen. Se guardan los bocadillos favoritos para visitantes en altos puestos.

“Exhibir cocinas, ceremonias y valores preferidos es una poderosa herramienta de la diplomacia que a menudo se pasa por alto”, escribió Clinton en la respuesta a las preguntas de una reportera, enviada por correo electrónico. “Las comidas que comparto con mis contrapartes en el país y fuera de él, cultivan un entendimiento cultural más fuerte entre los países y ofrecen un escenario exclusivo para mejorar la diplomacia formal de todos los días”.

Menos formalmente, Natalie Jone, una subjefa de protocolo, dijo que la comida es crucial “porque negociaciones difíciles suceden a la mesa”.

Antes de que llegara Clinton, el Departamento de Estado dependía exclusivamente en proveedores locales de comidas, los cuales ofrecían opciones limitadas de menús iguales. Sin embargo, se creó una unidad especial en 2009 para manejar todas las actividades oficiales de la secretaria cuando recibe a dignatarios extranjeros.

“Básicamente, nos convertimos en proveedores de comidas internos para controlar la calidad, en lugar de externalizar”, dijo Jason Larkin, el chef ejecutivo y gerente de actos del Departamento, al que se integró en 2006.

Larkin y su asistente Chris James compran local y estacionalmente. Las otrora obligatorias ensaladas verdes se sustituyeron con platillos como gazpacho de tomate y sandía con cangrejo de Maryland; los viejos consomés dobles dieron paso a la sopa de betabel con ravioles de betabel.

Robert Barnett, un abogado de Washington e invitado frecuente al Departamento de Estado a lo largo de muchos gobiernos, describió dos comidas recientes para dignatarios extranjeros de visita como “sensiblemente maravillosas”. En el pasado, dijo, “la comida era bastante pedestre”.

Aunque Clinton está fuera de las oficinas centrales con frecuencia, al delegar muchos de estos asuntos a su jefa de protocolo, Capricia Marshall, queda claro que el uso de la comida como una herramienta diplomática es prioritaria para Clinton.

“Me introdujo a la importancia de la comida cuando estaba seleccionando al chef de la Casa Blanca, Walter Scheib”, dijo Marshall, confidente de Clinton de tiempo atrás y secretaria social en el gobierno de Clinton.

En la Casa Blanca, recordó Scheib, “cada vez que le servíamos algo nuevo a ella, quería saber de dónde provenía y cómo se preparaba. También tenía una provisión de 75 a 100 salsas calientes en la alacena de la cocina familiar”.

En el Departamento de Estado, los menús para los funcionarios visitantes requieren a menudo de una planeación tan cuidadosa como cualquier diplomacia.

“Compartimos nuestra cultura con nuestros invitados”, dijo Marshall. “Al mismo tiempo, no queremos servirles su comida, porque la pueden preparar mejor. Pero queremos reconocer su cultura con un platillo de fusión”.

Un buen ejemplo es el bacalao negro marinado en salsa de soya y arroz compacto de los ocho tesoros con fruta seca y salchicha de puerco que se sirvieron en febrero durante la visita del vicepresidente chino Xi Jinping. Lo preparó el chef chino-estadounidense Ming Tsai, dueño del Blue Ginger en Wellesley, Massachusetts.

Cuando Xi conoció al chef, “le brillaron los ojos”, dijo Marshall. “Hablaron en chino, y, según el traductor, dijo: ‘¿No es maravilloso?’”.

Para preparar una comida en marzo para el primer ministro británico David Cameron y su esposa Samantha, el Departamento eligió a April Bloomfield, la chef y dueña de Spotted Pig en Nueva York. Ella nació en Gran Bretaña, y a Samantha Cameron le encanta su cocina.

En la cena para honrar al primer ministro japonés Yoshihiko Noda, en la Sociedad Nacional de Geografía, Bryan Voltaggio, el chef de Volt, en Frederick, Maryland, sirvió un primer tiempo transcultural de jaiba amarilla de rocas con arroz jazmín, “yuzu”, aguacate y aire de soya, una espuma con sabor intenso. Siguió la “wagyu” o carne de res japonesa.

Al inicio de cada comida, Clinton insiste que cada mesa tenga gran cantidad de bocadillos para que los invitados piquen mientras terminan los discursos: pan armenio y pitas con pastas para untar como tapenade, así como nueces sazonadas con especias familiares para el huésped de honor. Cuando los jefes de Estado pasan el día en las oficinas centrales, tienen acceso a una habitación que pueden usar entre reuniones. En ellas hay un surtido de las cosas preferidas del huésped, como humus para el primer ministro Benjamín Netanyahu de Israel, quien se impresionó lo suficiente en una visita reciente como para decir –con asombro en la voz– que el Departamento de Estado no sólo lo había alimentado con comida, sino con buena comida, según contó Marshall.

No todo funciona a la perfección.

“Sobre lo que no tenemos control es la diplomacia”, dijo Marshall. “Algunas veces las comidas no empiezan a tiempo y se puede enfriar la sopa y secarse el platillo principal”.

Clinton ha dicho que planea retirarse el año entrante. Sin embargo, se están institucionalizando las iniciativas sobre la comida en la oficina de protocolo, para que permanezcan mucho después de su gestión.

“Estamos ampliando la importancia de la comida en la cultura popular”, expresó Marshall.