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Para un país que hace cuatro años se hundió en un abismo financiero tan profundo que casi se paralizó de la noche a la mañana, Islandia parece estar haciéndolo sorprendentemente bien.

Ha pagado, con anticipación, muchos de los préstamos internacionales que le mantuvieron a flote. El desempleo oscila alrededor del 6 por ciento, y está cayendo. Y aun cuando gran parte de Europa sigue luchando para salir del pantano de la recesión, se espera que la economía de Islandia crezca en 2.8 por ciento este año.

“Todo ha dado la voltereta”, dijo Adalheidur Hedinsdottir, que es dueña y dirige la cadena de cafeterías Kaffitar, el Starbucks de Islandia, y tiene planes de abrir una nueva cafetería e iniciar un negocio de panadería. “Cuando le dijimos al banco que queríamos crear una nueva compañía, dijeron: ‘¿Quiere dinero prestado?’”, continuó. “No habíamos escuchado eso durante un tiempo”.

Analistas atribuyen el sorprendente giro de los acontecimientos a una combinación de decisiones fortuitas y la buena suerte, y advierten que las lecciones de la voltereta de Islandia no son fácilmente aplicables a las economías más grandes y más complejas de Europa.

Pero durante la crisis, el país hizo muchas cosas de manera diferente a sus contrapartes europeos. Permitió que sus tres bancos más grandes fueran a la quiebra, en vez de rescatarlos. Garantizó que los depositantes nacionales recuperaran su dinero y ofreció alivio de deuda a los deudores hipotecarios en problemas y a las empresas que enfrentaban la bancarrota.

Islandia también tuvo algunas ventajas cuando entró en la crisis: relativamente pocas deudas gubernamentales, una fuerte red de seguridad social y una moneda fluctuante cuya rápida devaluación en 2008 causó dolor a los consumidores pero ayudó a mantener a flote al tan importante mercado de exportaciones. Los funcionarios del gobierno, que en el clímax de la crisis se vieron reducidos a rogar por ayuda a lugares como las Islas Faroe, ahora están cautelosamente optimistas.

“Estamos en un lugar muy cómodo porque el gobierno ha sido muy estable en términos fiscales y está haciendo buenos progresos en equilibrar sus libros”, dijo Gudmundur Arnason, secretario permanente del Ministerio de Finanzas. “Somos autosuficientes y podemos pedir prestado nosotros mismos sin tener que depender de la buena voluntad de nuestros vecinos nórdicos” o prestamistas como el Fondo Monetario Internacional.

Pero ni siquiera Arnason dice que cree que todo es perfecto. La inflación, que alcanzó casi el 20 por ciento durante la crisis, sigue registrando un 5.4 por ciento, e incluso con los programas de alivio del gobierno, la mayoría de los deudores hipotecarios del país siguen inundados de deuda, abrumados por hipotecas indexadas a la inflación en las cuales el capital, desastrosamente, se eleva con la tasa de inflación. Los impuestos son altos. Y como la moneda del país, la corona, vale entre 40 y 75 por ciento de su valor previo a 2008, las importaciones siguen siendo punitivamente costosas.

Los controles monetarios estrictos, impuestos durante la crisis, significan que las compañías islandesas tengan prohibido invertir en el extranjero. Al mismo tiempo, los extranjeros tienen prohibido sacar su dinero del país; una situación que ha atado de manos a inversiones extranjeras con valor, según varias estimaciones, de entre 3,400 y 8,000 millones de dólares.

“Los controles de capital son cada vez peores para las empresas, pero el temor es que si los levantamos, el valor de la corona colapse”, dijo Matthiasson.

Afirmó que la única solución sería que Islandia prescinda de la corona y se una a una moneda más grande y más estable. Las opciones por el momento parecen ser el euro, que está teniendo sus propias dificultades, y el dólar canadiense.

No todos se convencen del panorama optimista presentado por los círculos oficiales. Jon Danielsson, un islandés que da clases de finanzas globales en la Escuela de Economía de Londres, dijo que tanto el FMI, que rescató a Islandia durante la crisis, como el gobierno tenían un interés creado en pintar un panorama positivo de la situación.

“Cuando escucho a la gente decir que todo está bien, está coloreado por una campaña de relaciones públicas”, dijo Danielsson. “Evidentemente han estabilizado a la economía y salido de la profunda crisis, pero no han encontrado aún una manera de construir un país próspero para el futuro”.

Una visita a Islandia a fines de junio reveló un lugar muy diferente a la nación neurótica de 2008. Las tiendas y los hoteles estaban llenos. El Harpa, una sala de conciertos y centro de conferencias de cristal y acero diseñado en parte por el artista Olafur Eliasson y abierto en 2011, se elevaba sobre el horizonte de Reikiavik, al lado de un enorme sitio de construcción que albergará a un lujoso hotel al lado del agua. Los empleadores dijeron que en vez de tener que despedir trabajadores, en algunos casos estaban teniendo dificultades para encontrar personas a las cuales contratar.

Los islandeses dijeron que habían dejado de sentirse avergonzados y aislados, como les sucedió durante la peor parte de de la crisis, cuando su país era descrito como un estado paria codicioso y tonto y sus activos británicos fueron congelados por el gobierno británico usando el instrumento contundente y humillante de la legislación antiterrorista.

“Pasamos por esta experiencia complicada y terrible y estuvimos en el centro de los acontecimientos mundiales”, dijo Kristrun Heimisdottir, una docente en derecho y jurisprudencia en la Universidad de Akureyri, en el norte de Islandia.

Algunos islandeses dicen que se han sentido tranquilizados, también, por la audaz decisión del país de iniciar una extensa investigación criminal sobre la debacle financiera. Muchos miembros de la antigua elite bancaria han sido identificados como posibles sospechosos, y algunos de sus casos están empezando a ser llevados a juicio; varias personas fueron sentenciadas por delitos financieros en junio.

La gente en Reikiavik dice que, aun cuando las cosas difícilmente son perfectas, están ciertamente mejor.

“Por supuesto, lo que sucedió ha afectado a todos; nuestros préstamos son más elevados, y es más caro vivir”, dijo Kristjan Kristjansson, de 49 años de edad y gerente de la tienda Bad Taste Records en el centro de la ciudad.

Pero ha habido otras crisis financieras antes. “Recuerdo cuando recortaron dos ceros a la corona”, dijo. “Soy lo suficientemente viejo para haberle visto subir y bajar”.

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