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Dolores Fernández Mora, de 76 años de edad y su esposo Mariano Blesa Julve de 75, pensaron alguna vez que terminarían sus días con relativa comodidad, con la casa totalmente pagada y una pensión sólida de unos 1,645 dólares mensuales. Quizá viajarían un poco.

En cambio, mantienen a su hija desempleada, quien tiene 48 años de edad, y a dos de sus hijos adultos, también desempleados, que viven con ellos en su casita de dos recámaras en esta ciudad, en el norte de España. Absorbieron las deudas de la hija. A veces, apenas si tienen dinero para la comida. “Mientras ella no trabaje, yo no tendré dientes nuevos, y así son las cosas”, dijo Fernández, quien, sentada en su sala hace poco, se jactó de los huecos en su sonrisa.

A medida que se acumulan los años de recesión en esta ciudad, son más y más las familias españolas – con los cheques por desempleo agotándose y estancadas con una hipotecada que no pueden pagar – que se apoyan fuerte en sus miembros de mayor edad. Y hay poco alivio a la vista.

Al parecer, la ronda más reciente de medidas de austeridad en España ha hecho poco para restablecer la confianza de los inversionistas. Y las nuevas estadísticas sobre el empleo dadas a conocer el viernes muestran que la tasa de desempleo aumentó a un 25 por ciento récord.

Las pensiones de las personas mayores están entre las pocas prestaciones que no se han recortado, aunque se congelaron desde el año pasado. Se conoce a los españoles por sus redes familiares fuertes, y la mayoría de los abuelos están ansiosos por ayudar, pero están poco dispuestos a reconocer frente a extraños lo que está pasando, dicen expertos.

Sin embargo, los que trabajan con personas mayores dicen que no ha sido fácil. Muchos batallan para alimentar a tres generaciones ahora, con casas hacinadas y las tensiones de la situación que a veces hacen que su vida sea miserable.

En algunos casos, las familias sacan a sus parientes de las casas de reposo para poder cobrar las pensiones. Es una tendencia que preocupa a los defensores porque las generaciones más jóvenes podrían estar yendo demasiado lejos, aun si los abuelos están de acuerdo en la medida o demasiado enfermos para darse cuenta.

“La crisis en España está afectando a los ancianos en una forma muy especial”, notó el reverendo Ángel García, quien dirige una organización sin fines de lucro que ayuda a niños y ancianos. “Muchos abuelos quieren dar lo que pueden, y lo hacen. Pero, desafortunadamente, a veces lo que está pasando es que la generación más joven está saqueando a la generación de mayor edad. Les están quitando todo lo que tienen”.

Una encuesta reciente de Simple Lógica, el socio de Gallup en España, encontró un marcado incremento en la cantidad de ancianos que mantiene a la familia. En una encuesta telefónica realizada en febrero de 2010, 15 por ciento de los adultos de 65 años y más dijo que mantenía a por lo menos un familiar más joven. En una encuesta levantada en el mismo mes de 2012, la cantidad había aumentado a 40 por ciento.

Con los datos recopilados por inforesidencias.com, una asociación de residencias particulares de tercera edad, se encontró que en 2009, 76 por ciento de las residencias integrantes de la asociación dijo que tenía vacantes. El año pasado, 98 por ciento de ellas tenía lugar disponible. Tales cifras, dicen expertos, reflejan la creciente desesperación que hay en España, que es el país de la eurozona que tiene el índice de desempleo más alto. Según cifras gubernamentales recientes, ahora no hay adultos que trabajen en cerca de uno de cada 10 hogares.

Algunos expertos dicen que creen que los jubilados, que comparten la pensión y meten mano a sus ahorros, han sido los héroes silenciosos en la crisis económica, y que sin ellos España estaría viendo muchísimo más descontento social. En muchos casos, son ellos los que están entre sus hijos de edad mediana y la indigencia.

“¿Por qué no hay más gente en las calles protestando y pidiendo comida?”, preguntó Gustavo García, el director de Casa Amparo, la residencia municipal de tercera edad en Zaragoza. “La respuesta es la gente de mayor edad”.

Sin duda que fue el caso de Petri Oliver, de 53 años, y su esposo, Pedro Grande, de la misma edad, los cuales pudieron sobrevivir hasta hace poco, dijeron, solo porque cuidaban de la madre de ella, de 80 años, en su casa en lugar de en una residencia de tercera edad. La señora padecía de la enfermedad de Alzheimer y sufrió tres infartos cerebrales el año pasado que la dejaron en estado vegetativo.

PADRES SUFREN AL VER COLAPSAR A SUS HIJOS

Mientras vivía la madre de Oliver, estuvo acostada en una cama de hospital en la sofocante sala de la casa, rodeada de pilas de suministros médicos, incluidas las comidas líquidas. El padre de Oliver recibía del Estado 300 euros, o casi 370 dólares, mensuales para cuidar a su esposa, dinero que entregaba a su hija.

“Si la llevamos a una casa de reposo, nosotros no comemos”, dijo Oliver este mes. Sin embargo, la madre murió una semana después.

Hasta hace dos años, el esposo de Oliver trabajó en la construcción, a pesar de un accidente de trabajo que lo dejó ciego de un ojo. Estos días, el único ingreso de la pareja es de alrededor de 1,200 dólares mensuales de pagos por discapacidad. Sin embargo, la hipoteca es de casi 1,000 dólares. No pueden visitar a su hija que vive a dos horas en coche, en Barcelona, porque no pueden pagar la gasolina. Su hija también ha estado desempleada.

“No sabemos qué vamos a hacer ahora”, dijo Oliver.

En los suburbios de Barcelona, el ingreso de Mari Ángeles Ramiro Trenado se redujo a 150 dólares mensuales y tenía que pagar la renta de cerca de 615 dólares, así es que su hermano y ella decidieron sacar a su madre de una casa de reposo este año. Una tarde reciente, Ramiro, quien también tiene un hijo adulto mentalmente discapacitado en su casa, dijo que cuidar a la madre la agotó y la deprimió.

Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos, la madre, quien es tan frágil que no puede salir de la casa y también sufre de lapsus mentales, exigía que la llevaran de regreso a la casa de reposo. Ramiro, que trabaja medio tiempo haciendo limpieza en un banco en el pueblo de Ripollet, dijo que su hermano y ella la complacerían, pero se llevaría consigo su pensión de cerca de 740 dólares al mes.

“Quiero que se quede”, dijo. “Tengo que admitirlo. Me ayudaría mucho”.

Expertos dicen que los ancianos de España no solo se ocupan de los aspectos financieros de la crisis, sino también sufren al observar el colapso de la vida de sus hijos. Antonio Martín dijo que perdió la vista en el ojo derecho después de que su hija Antonia, de 41 años, y su bebita llegaron a vivir con él, que fue cuando empezó a tener problemas graves debido a la presión sanguínea.

Dice que está feliz de ayudar a Antonia, quien perdió el empleo cuando quebró la constructora en la que trabajaba. “Dije: ‘Vamos, vamos, es una reacción normal’”.

Sin embargo, comentó que lo que realmente le molesta es darse cuenta de todo lo que ella perdió. “Tenía empleo y una casa, y ahora no tiene nada”, expresó. “Esa es la cosa que es muy difícil”.

Son pocos los que al depender de sus padres lo hacen con facilidad. Es posible que se percaten que, a edad mediana, desempeñan roles que dejaron atrás hace décadas.

Antonia Martín vive en la minúscula habitación en la que creció, y sus pertenencias están apiladas hasta el techo. La cuna de su hija está en la recámara de sus padres porque no hay otro espacio para ella. Tiene que pedir dinero para la comida y la ropa de su hija.

“Hay muchas ocasiones en las que me regañan como si tuviera 12 años”, contó, riéndose. “Pero al menos tengo a mis padres. Algunas personas ni siquiera tienen eso”.

Durante algún tiempo, Dolores Fernández y su esposo trataron de apoyar a su hija en su negocio de masajes y aromaterapia. Sin embargo, quebró el negocio.

Hoy día, pagan la hipoteca del departamento de su hija – aproximadamente 245 dólares mensuales _, aunque, para ahorrar dinero en luz y agua, ya no vive ahí. Sin embargo, para pagar la hipoteca, cancelaron el seguro contra incendio y robo de su propia casa, así como muchos otros gastos menores.

Fernández ya no va al salón de belleza, y en lugar de hacerlo, se acomoda ella sola el cabello; considera que sus nietos necesitan más cortarse el cabello. “De cualquier forma, soy bastante bonita”, bromeó en un momento dado.

Sin embargo, la apariencia de valentía se desintegra de cuando en cuando. En particular, le preocupa lo que sucederá si su esposo se muere antes que ella, con lo cual se reduciría en un tercio la pensión del hogar.

“¿Qué será de nosotras entonces?”, preguntó, con lágrimas escurriendo de los ojos.