•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • New York Times

Si se hace mención de las Bahamas, la mayoría de las personas imagina naturalmente paisajes marinos idílicos, con playas nacaradas y aguas color turquesa. Para mí, no obstante, cualquier conversación de la patria de mi madre siempre me recuerda el gusto penetrante del limón agrio y la dulzura del coco recién cortado, los sabores que sazonaron mi infancia.

Mi madre salió de Nassau cuando era una niñita y cambió su acento cadencioso por el neoyorquino de los distritos externos. Nuestros vínculos con las islas disminuyeron al paso de los años, conforme los familiares emigraron o murieron, pero conservamos nuestras conexiones en otras formas, compartiendo comidas con frititas de caracol, mero hervido y frituras de harina (“johnnycakes”) con amistades y familiares.

Es hasta ahora, cuando tengo cuarentaitantos años, que siento que esos vínculos se resbalan entre los dedos de mis manos. No me quedan parientes cercanos en Nassau. Mi madre vive a más de 322 kilómetros de distancia de donde yo vivo. Tengo un marido que prefiere la pasta al arroz con chícharos guandú, y dos niñitos que levantan la nariz ante los plátanos fritos. Mis hijos no saben lo que es meterse a fuerza en un cocina llena de bahameñas que sirven pescado frito e historias de la familia.

Recapturar la comida

Quiero recapturar la forma en la que la comida me conectó alguna vez con mi abuela y mis tías abuelas bahameñas. Quiero que mis hijos saboreen los sabores que hervían en sus ollas.

Como inspiración, me acerqué a varios hijos y nietos de inmigrantes – una escritora cubano-estadounidense en Brooklyn; una auxiliar educativa serbia-estadounidense en Hackettstown, Nueva Jersey; una asistente administrativa de proyectos coreana-estadounidense en Fairfax, Virginia, entre otros _, que también consideran a la cocina como un lugar donde se pueden pasar las tradiciones y las conexiones familiares de generación en generación.

“Me di cuenta de que trataba de recordar las cosas que no puedes anotar”, dijo Ana Sofia Pelaez, de 37 años, hija de inmigrantes cubanos, quien empezó un blog inspirada en la cocina caribeña de sus abuelos. Dijo que comenzó a anhelar el sabroso aroma de los pimentones, el ajo y la cebolla al hervir, que flotaba por toda la casa de sus abuelos en Miami.

“No quería que eso fuera parte de mi pasado”, dijo.

En muchas formas, se trata de otra tonalidad en la historia familiar de los inmigrantes. Como nación, a menudo celebramos los tesoros culinarios que han traído los recién llegados a estas playas, las pastas y el arroz “biryani”; los tamales y las sopas de fideos; los estrúdeles y el pollo condimentado.

Sin embargo, el cambio y la pérdida también son parte de la experiencia. Al paso de las generaciones, los paladares evolucionan y se diluyen las costumbres. Las formas antiguas de cocinar (una pizca de esto, un chorrito de aquello) se están olvidando silenciosamente.

Los abuelos de Pelaez ya no estaban para cuando ella se dio cuenta de lo mucho que se estaba perdiendo. Se había mudado de su ciudad natal, Miami, a Nueva York, se graduó del Colegio Barnard y encontró empleo como coordinadora de producción cinematográfica. En los lapsos entre proyectos, en su departamento de Brooklyn, su mente voló de vuelta a sus días de niñita, en la cocina amarillo brillante de sus abuelos.

Soñó con la sopa de cola de res que le preparaba su abuelo. Anhelaba la natilla, dulce y delicada, de su abuela, que parecía requerir de una eternidad de estar revolviendo mientras hervía en la olla.

Pelaez no cocinó gran cosa en la universidad: “Pensaba en ello como un mimo”. Sin embargo, eso cambió una vez que los recuerdos empezaron a retornar a raudales. Buscó un puñado de tarjetas descoloridas que sus abuelos habían dejado, con valiosas recetas escritas con caligrafía impecable. Y empezó a cocinar. Merengues dulces que le recordaban a su abuela. Sabrosos frijoles negros que parecían revivir a su abuelo con sus sabores familiares.

Hoy día, cocina platillos cubanos varias veces a la semana.

“Obtuve un sentido de mi cultura y de dónde provengo a través de estas comidas”, dijo Pelaez. “Sentí que era algo a lo que necesitaba”.

Nena Vukanic conoce el sentimiento. Es la hija de inmigrantes serbios, pero nunca ha estado en Serbia; sus hijos hablan muy poco serbio, y vive lejos de la muy unida comunidad serbia de Chicago, donde creció. “Todo giraba en torno a la comida”, dijo Vukanic, de 44 años, sobre las reuniones familiares de su infancia. “Trato de conservar las tradiciones por mis hijos. quiero que al menos prueben lo que comíamos”.

Así es que cocina platillos que aprendió cuando era niña en la cocina de su madre. Sarma: hojas de col rellenas de picadillo de res. Pasulj: sopa espesa hecha de frijol pinto, alubias, lacón y vegetales en cubitos. Pita serbia: masa filo rellena de queso ricota o cottage. (A sus hijos les encanta la sopa, pero declinan la sarma, la cual sirve en ocasiones especiales.)

Vukanic cocina por sabor y tradición, igual que su madre y su abuela. No tiene recetario que transmitir. Hasta ahora, su hija Jovana, quien tiene 14 años, no ha manifestado gran interés en aprender. Vukanic cree que muy pronto aprenderá las recetas de la familia.

Sin embargo, Richard Alba, un sociólogo del Centro de Graduados de la Ciudad Universitaria de Nueva York, que ha estudiado las formas en las que se asimilan los inmigrantes, advirtió que las viejas costumbres pueden durar sólo por algún tiempo.

“Las familias se aferran a costumbres alimentarias como mejor pueden durante un largo periodo”, dijo. “Pero estas cosas cambian en todas las generaciones”.

A principios del siglo XX, algunos reformadores sociales trataron de suprimir el entusiasmo de los inmigrantes por sus platillos tradicionales, en particular las comidas picantes, a las que muchos veían con desdén. Fruncían el ceño ante los encurtidos, las carnes frías embutidas, demasiado aceite de oliva, hasta el macarrón. Los trabajadores exhortaban a las mujeres a adoptar comidas más desabridas, más “estadounidenses”, en los centros comunitarios, aunque no tuvieron mucho éxito, dicen los historiadores.

 

Italianos agregando carne al menú

Sin embargo, se produjo el cambio de todas formas, a veces a manos de los propios recién llegados. Por ejemplo, los empobrecidos inmigrantes italianos, que comían carne en raras ocasiones en Italia, la agregaron a sus menús en Estados Unidos, según Hasia Diner, una profesora de historia judía en la Universidad de Nueva York.

“Las comidas que asociamos a los grupos de inmigrantes en Estados Unidos, son, con mucha frecuencia, improvisaciones estadounidenses sobre alimentos que habrían conocido en su lugar de origen”, comentó Diner.

En otras palabras, los inmigrantes han cambiado a Estados Unidos, pero Estados Unidos también los ha cambiado a ellos.

Jo Hee Sisco, de 38 años, lo sabe de primera mano. Ella nació en Corea, pero creció en Tennessee, donde su madre In Sook Lee batalló para encontrar los ingredientes correctos para preparar platillos coreanos. Cuando Sisco se convirtió en madre, estaba determinada a reclamar su patrimonio.

Hoy, Sisco sirve juntos platillos que compra en restaurantes coreanos y los que ella prepara, como mandoo (bolas de masa coreanas) y bulgogi (res marinada). También cocina comida estilo estadounidense para su esposo, quien nació en Estados Unidos. Sin embargo, a su hija Minah, de seis años, le encantan las especialidades de su madre. “Tiene que comer comida coreana”, dijo Sisco orgullosamente.

 

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus