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  • The New Yorker

¡Oye, tú! Bájate de esa cornisa. Vamos a hablar de esto. No es tan malo como parece.

Sí, la actuación del Presidente Barack Obama en el pasado debate fue, por decirlo suavemente, desafortunada. Sí, Mitt Romney arrolló a la verdad con una aplanadora y salió libre como el viento. Sí, la estrecha franja de votantes del centro – muchos de los cuales podrían ser votantes poco informados y poco comprometidos – respondió a la acometividad de Romney y se decepcionó con la pasividad del presidente. Sí, Romney subió después del debate.

Sí, sí, sí. Pero eso no significa que todo esté perdido. No está perdido.

El repunte de Romney después del debate esencialmente anuló el que tuvo Obama después de la convención, así que básicamente estamos como empezamos: una competencia cerrada en la que el presidente tiene una estrecha ventaja (considerando juntas todas las encuestas), pero también en la que él sigue siendo el claro favorito para ganar el Colegio Electoral.

Esos números podrían cambiar, pero no han cambiado.

Puedo entender cierto grado de inquietud entre el pueblo en general que apoya a Obama, pero dentro de la prensa que se inclina a la izquierda es imperdonable. Sólo los comentaristas políticos más indolentes podrían prever la derrota de Obama al ver el estado actual de la jugada. De hecho, el pánico entre los opinólogos liberales profesionales es un poco como gritar fuego en un cine que exhibe un documental de Michael Moore. ¡Déjense de eso y maduren!

Mientras el gremio sigue obsesionado por el debate y los tropiezos de Obama, Romney se pavonea por ahí con sus sumas mal hechas, presentándose como moderado renacido. Está convenciendo de sus recortes de impuestos con los detalles más vagos. Es como una de esas rimas de cuna que suenan bien hasta que prestamos atención a lo que dice: que vendrá el lobo y se comerá al bebé.

Como parte de la esta nueva ofensiva de “Mitt el Moderado”, Romney declaró el martes al periódico The Des Moines Register que “no estoy familiarizado con ninguna legislación respecto del aborto que pudiera ser parte de mi programa”.

¿Qué declaración tan insípida y taimada es ésa? ¿Sabrá Romney lo que es una simple declaración indicativa? ¿Nadie se lo enseñó en su lujoso internado?

La declaración no sólo es floja sino que, según las posiciones declaradas anteriormente por Romney, es también una mentira. Como señaló el Fondo de Acción para la Planeación Familiar:

“Seamos claros: Mitt Romney quiere derogar Roe versus Wade, acabar con el financiamiento federal para los servicios preventivos de Planeación Familiar, acabar con la cobertura de las aseguradoras para el control natal y revocar las protecciones de salud para las mujeres.”

Romney cambia de postura como las divas cambian de ropa. No hay forma de saber lo que realmente cree. Ésa no es la característica de un hombre honesto. Eso debería de estar en el centro de toda nuestra atención y consternación.

La mejor cura para una mala actuación en un debate es otro debate. Así que controlémonos. La histeria es indecorosa y está fuera de lugar.

El representante Paul Ryan da la impresión de haberse convencido de sus propias exageraciones y creer que es un pensador de primer orden. El “cerebrito de las políticas” y el “mago de los números” ungido por los círculos de Washington a veces trata de evadir preguntas diciendo que las respuestas son demasiado complicadas. A mí eso me parece una salida increíblemente condescendiente: “No angustien sus bonitas cabecitas con esos números tan feos. Confíen en mí.”

El vicepresidente Joe Biden, por otro lado, ha demostrado que es un sólido polemista. Aunque puede ser una bala perdida a veces, también es bueno para resumir conceptos complicados de manera sencilla. Y tiene pasión en abundancia.

Mi única predicción real es que va a haber más vueltas de aquí al día de la votación. Cualquiera que quiera garantías se quedará con las ganas. La competencia será fluida. El candidato que tenga un buen hoy no tiene garantizado un buen mañana. El exceso de confianza es una maldición. El impulso puede cambiar de dirección en un santiamén.

Esto significa que los votantes y los opinólogos deben adoptar una perspectiva larga y no corta. Ganar una batalla es bueno, pero ganar la guerra es la meta. Hay que resistirse al impulso de pánico cuando vamos perdiendo y al de celebrar cuando vamos ganando.

Y, por amor de Dios, ya bajémonos de la cornisa.

 

(Charles M. Blow es columnista de opinión de The New York Times.)