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  • The New York Times

En los dos últimos años, Ana María Molina Cuevas, de 36 años, ha trabajado cinco turnos a la semana pintando losas a mano en una fábrica de cerámica, en las afueras de esta ciudad. Sin embargo, era frecuente que a fin de mes no recibiera paga.

No obstante, seguía presentándose, tratando de controlar su frustración. Si renunciaba, razonó, era posible que nunca le dieran su dinero. Y, además, ¿dónde encontraría otro empleo? El mes pasado, su cuenta bancaria había bajado a 130 dólares y debía un pago de la hipoteca.

“Cuando te pagan”, dijo en su casa con su esposo discapacitado y su joven hija, “es como si el sol hubiese salido tres veces. Es un día de júbilo”.

Molina, a quien la fábrica le debe 13,000 dólares, no es precisamente la única. Que paguen por el trabajo que se hace ya no es algo con lo que se pueda contar en España, conforme el país batalla en su cuarto año de crisis económica. Dado que los gobiernos regionales y municipales están profundamente endeudados, tampoco se les paga siempre a trabajadores como choferes de autobús y cuidadores sanitarios, cuyos salarios dependen del financiamiento gubernamental.

Sin embargo, pocos trabajadores en esta situación creen que tienen alguna opción que no sea aguantarse, y ninguno quiso nombrar a sus empleadores para proteger tanto a la compañía como sus empleos. Tratan de manejar su vida con cheques ocasionales y pagos parciales en fechas aleatorias – nunca seguros de que al final les darán lo que se les debe. La tasa de desempleo en España es la más elevada de la eurozona, de más de 25 por ciento, y, a pesar de las reformas laborales del gobierno, ha seguido subiendo mes tras mes.

“Antes de la crisis, un trabajador podría dejar pasar un mes, y luego cambiarse de trabajo”, dijo José Francisco Pérez, un abogado que representa a los trabajadores a quienes no se les ha pagado en la zona de Valencia. “Sencillamente, ahora eso ya no es una opción. Ahora la gente no tiene a dónde ir y está asustada. Tiene miedo hasta de quejarse”.

Nadie lleva un registro de empleados como Molina. Sin embargo, un indicio de la cantidad se puede ver en los juzgados, atascados de personas que tratan de obtener sus pagos retroactivos del fondo del seguro gubernamental, orientado a darles algo a los trabajadores, cuando la compañía no les paga.

En Valencia, la tercera ciudad más grande de España, la tasa de desempleo es de 28.1 por ciento y los tribunales están tan cargados tramitando reclamos que solían llevarse de tres a seis meses, pero ahora son tres a cuatro años.

Desde el comienzo de la crisis en 2008, el fondo de seguro le ha pagado sueldos retrasados o indemnizaciones a casi un millón de trabajadores en el ámbito nacional. En 2007, les pagó a 70,000 trabajadores. Está camino a pagarles a más de 250,000 este año, y expertos dicen que las cifras serían mucho más elevadas, si no fuera por el atasco en los tribunales.

Es frecuente que los empleados a los que no les pagan, como Molina, cuya compañía está tramitando la bancarrota, esperen que con su trabajo se mantenga a flote en el largo plazo una operación en problemas. Las prestaciones por desempleo sólo duran dos años, señalan, y se preguntan qué harían después. Entre tanto, ni siquiera pueden reclamar los beneficios por desempleo. No se puede hacer ninguna planeación presupuestaria sin recibir sueldo.

Beatriz Morales García, de 31 años, dijo que no recuerda la última vez que fue a comprar cosas para ella. Hace unos años, ella y su esposo Daniel Chiva, de 34 años, pensaban que tenían una vida confortable, él como chofer de autobús y ella como terapista en un centro de rehabilitación para personas con discapacidades mentales. El ayuntamiento de Valencia costea el trabajo de él y gobierno regional de Valencia, el de ella.

Nunca esperaron grandes sueldos. Sin embargo, parecía razonable esperar uno confiable, sacar una hipoteca y pensar en tener hijos. No obstante, en el último año, ha habido problemas para que les paguen a ambos. A ella le deben 6,000 euros, casi 8,000 dólares. Han recortado los gastos de todo aquello que se les ocurre. Ya no tienen línea telefónica terrestre ni conexión a internet. Ya no estacionan el automóvil en un garaje ni pagan cobertura extra en el seguro médico. Chiva se abstiene ahora del café que solía tomarse en una cafetería antes del turno nocturno. Sin embargo, la ansiedad es constante.

“Hay noches en las que no podemos dormir”, contó. “Momentos en los que hablas contigo mismo en voz alta, en la calle. Ha sido terrible, terrible”. Morales dice que es particularmente difícil ver a otras madres en el parque con sus hijos cuando ella debe dejar a su infante para ir a trabajar, sin la seguridad de que le paguen alguna vez.

“Trabajamos ocho horas y sufrimos más que las personas que no trabajan”, comentó.

Los pagos que ha recibido la pareja han sido tan irregulares que se les dificulta llevar el registro de cuánto les deben porque los pagos reducidos aparecen esporádicamente en su cuenta.

El gobierno regional no abordó las dimensiones del problema cuando se le entregaron preguntas por escrito. En cambio, dio una declaración en la que dice que hace lo mejor que puede para pagar sus deudas. “Estamos conscientes de las dificultades que enfrentan muchas asociaciones y proveedores, causadas por el retraso en los pagos de la administración pública”, dice el comunicado. La región de Valencia, dice, trabaja para “superar esta crisis cuanto antes”, en el entendido de que “pagar contribuye a la activación de la economía”.

Con bastante frecuencia, la paciencia de los trabajadores no ha redituado, ya que son más de 300,000 compañías las que han quebrado en España en los últimos años.

Una mañana reciente, los trabajadores empezaron a hacer fila afuera de las oficinas del fondo de seguro gubernamental en Valencia antes de que abrieran. El ánimo era desalentador. La mayoría sólo recibiría una fracción de lo que se les debía. Hace poco, el gobierno redujo los reembolsos máximos de 1,700 dólares mensuales a cuatro meses, en lugar de cinco.

Muchos en la fila estaban evaluando su decisión de seguir trabajando porque sentían que sus empleadores se habían aprovechado de ellos. Algunos apenas si podían contener la furia. Varios trabajadores de la construcción describieron cómo habían vivido en un lugar donde trabajaban de 12 a 16 horas diarias porque la constructora les aseguró que entregar el trabajo pronto aseguraría el pago. No fue así.

“Sé que nunca me van a pagar lo que me deben”, dijo Tudo Vrendicu, de 38 años, quien se mudó de Rumania a España hace casi una década y trabajó gratis en la construcción durante meses, aunque su jefe le daba ocasionalmente 65 dólares. “Vinimos aquí para tener una vida mejor, pero es una pesadilla”.

No se sabe cuántos son los trabajadores de los que empleadores sin escrúpulos se están aprovechando. Funcionarios del fondo del seguro, el cual busca recuperar de las compañías retrasadas en el pago de salarios el dinero que ha desembolsado, dijeron que sencillamente no consideraron esta cuestión. No obstante, es una que preocupa a muchos trabajadores a los que no les han pagado.

Cristóbal Hernández, un chef en un hotel de 750 habitaciones en la ciudad turística de Benidorm, al sur de Valencia, dice que el hotel ha estado totalmente ocupado, y, no obstante, les deben dinero a los empleados. Es el mismo caso de la mayoría de los grandes hoteles en la ciudad, dijo.

“Seguimos tratando de entender”, comentó. “¿A dónde se va el dinero? Creemos que puede estarse yendo a sostener los otros negocios del dueño”.

Hernández dijo que los empleados del hotel amenazaron hace poco con ir con la prensa, una amenaza que les consiguió parte de los sueldos atrasados. Sin embargo, señaló, ninguno estuvo ansioso por seguir esa ruta por temor a que eliminara el negocio del hotel y con ello sus empleos. Pidió que no se nombrara al hotel por esa razón.

“Es nuestra forma de vida”, señaló.

Algunos empleadores dicen que hacen lo mejor que pueden, pero que es frecuente que sus clientes paguen tarde o no paguen. Otros dicen que hacen lo posible para pagarles a sus empleados. Uno, que se negó a ser identificado porque no quería publicitar los problemas financieros de su inmobiliaria, dijo que su familia vendió una casa en la playa y un lugar en un estacionamiento para pagarles a los empleados las comisiones a principios de este año.

“Sabemos que nuestros empleados tienen sus propias obligaciones: hipotecas, familias”, dijo. “Pagar los sueldos a tiempo es sagrado, sí, es un acto de fe”.

A algunos defensores de los trabajadores les preocupa que el atasco en los juzgados esté dando una ventaja extra a los empleadores abusivos. Los trabajadores se esperan más porque saben que darse por vencidos e ir a los tribunales no hará que tengan dinero pronto. “Las compañías entienden todo esto”, dijo Pérez, quien dice que algunos trabajadores simplemente se sienten presionados para aceptar menos de lo que se les debe. “Es vergonzoso”.

Hace poco, en su casa, Molina dijo que algunas veces usó la tarjeta de crédito para pagar la hipoteca. Sin embargo, se considera con más suerte que la mayoría. Por lo menos, su familia ha podido prestarle dinero cuando lo ha necesitado, al menos por ahora. No obstante, tiene que superar el enojo que siente cuando mete horas y no hay nada que lo demuestre. “Trato de no permitir que me moleste, y, en general, no pasarle la amargura a mi familia”, comentó. “Eso no nos dará de comer”.

 

"El sol sale tres veces"

“Cuando te pagan”, dijo Ana María Molina en su casa con su esposo discapacitado y su joven hija, “es como si el sol hubiese salido tres veces. Es un día de júbilo”.