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¿A quién le encanta el juego no bonito?

Ningún deporte provoca una pasión a nivel mundial como el fútbol, pero últimamente ha adquirido tintes desagradables. Cuando estuve en Israel el mes pasado, los aficionados del club Beitar de Jerusalén, enfurecidos por los planes de su dueño oligarca ruso-israelí de contratar a dos jugadores musulmanes de Chechenia, desplegaron una pancarta que decía “Beitar puro para siempre”. Dio la casualidad que el incidente ocurrió el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto. Luego atacantes incendiaron las oficinas del equipo con una bomba Molotov.

Aproximadamente al mismo tiempo, las feroces repercusiones de los disturbios del año pasado en el estadio de Puerto Said, en Egipto, en los que murieron más de 70 personas, seguían cobrando vidas. Las sentencias de muerte para los acusados ocasionaron más muertes cuando los hinchas de dos de los principales equipos, Al Ahly, de El Cairo, y El Masry, de Puerto Said, intercambiaron acusaciones.

Unas semanas antes, Kevin-Prince Boateng, mediocampista ghanés alemán del A.C. Milán, reaccionó a insultos racistas durante un partido amistoso contra otro club italiano al irse de la la cancha y sus compañeros de equipo lo siguieron. Su rebelión provocó una oleada de apoyo en Twitter de sus colegas futbolistas indignados por el fracaso de la FIFA, órgano regulador del fútbol, para aplicar medidas más severas contra el racismo. La acción de Boateng de abandonar la cancha ha sido comparada con la de la estadounidense negra Rosa Parks, de no cederle su asiento a un pasajero blanco en un bus de Alabama en 1955.

En octubre, en Serbia, el público le gritó “monos” a dos jugadores negros de la selección Sub-21 de Inglaterra, quienes terminaron siendo regañados por haber perdido los estribos al final del partido. El equipo serbio terminó con una pequeña multa. Cero tolerancia para el racismo, la promesa que han hecho las autoridades del fútbol, no se ha cumplido.

El racismo no es nuevo en el fútbol, por supuesto, pero el mundo ha cambiado alrededor del juego.

La ola actual de derramamiento de sangre y violencia se produjo quince años después de que Francia ganó el Mundial con un equipo que tenía una mezcla tal de jugadores africanos, árabes y caribeños que Jean-Marie Le Pen, entonces líder del partido anti-inmigrante Frente Nacional, dijo que el equipo en realidad no era francés. Doce años después, en el Mundial de Sudáfrica, surgió un excelente equipo alemán con jugadores como Mesut Özil, musulmán de ascendencia turca, Sami Khedira (quien es mitad tunecino) y Jerome Boateng (el hermano de Kevin- Prince, de padre ghanés y madre alemana).

Alemania había dejado atrás la visión de nacionalidad “Volkisch”, basada en los linajes del “volk” o pueblo alemán, y eso parecía un reflejo de mentalidades más abiertas.

Las autoridades no quieren que su franquicia multimillonaria sea afectada por el racismo, pero tampoco quieren que sea politizada a través de un movimiento popular en el que los jugadores abandonan la canchas. Así que tratan de evitar el tema y parecen débiles. Sepp Blatter, presidente de la FIFA, fue moderado al hablar sobre el incidente de Boateng, diciendo que hay cero tolerancia para el racismo, pero que la protesta de Boateng no es “la solución”. Estaba ignorando el significado político de la declaración de un jugador estelar de que ya no aguantaba más.

Durante mucho tiempo, el fútbol ha sido el terreno donde el talento de los niños pobres, independientemente de sus orígenes, podría llevarlos a alcanzar fama y fortuna. Zinedine Zidane, estrella del equipo francés que ganó la Copa Mundial, es hijo de inmigrantes argelinos en Marsella, y se convirtió en una figura inspiradora en Francia. Pero el deporte que abre puertas no puede ser el deporte del fanatismo racista. Boateng dio un ejemplo que otros deben seguir. Si los juegos se interrumpen cuando empiezan los gritos racistas, los aficionados entenderán el mensaje. También lo harán las autoridades avergonzadas, que finalmente podrían ser más decisivas para combatir el racismo.

Benjamín Netanyahu, Primer Ministro de Israel, fue uno de los indignados por el comportamiento de los aficionados del Beitar. “No podemos aceptar tal comportamiento racista”, dijo. “El pueblo judío, que sufrió excomuniones y expulsiones, debe ser un símbolo de luz para las naciones”.

Qué bonito sonó. Pero el juego no regresará a su belleza —como tampoco surgirá la paz en el Medio Oriente— simplemente con exhortaciones.