•   La Habana, Cuba  |
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Eduardo Valdes se asomó por el distrito de Playa, más allá de las embajadas de la zona residencial de Miramar, hacia el Estrecho de Floria, en busca de un indicio de ondulaciones blancas hacia el este.

“Éste es mi reporte de surf”, dijo Valdes, quien, con su cabello largo y tatuajes que se asoman por la bastilla de sus bermudas, parece casi tan hawaiano como cubano. “Y nuevamente está plano. ¿Dónde están mis olas?”

Las olas de hasta dos metros, llegaron al día siguiente, pero para los surfistas de Cuba los otros elementos básicos del deporte son difíciles de conseguir. Cera para las tablas de surfing, tablas nuevas y los simples informes en Internet sobre las condiciones para practicar el deporte son escasos. Las políticas cubanas y el bloqueo estadounidense han hecho que el surfing aquí sea un esfuerzo complicado.

No obstante, el deporte persiste en Cuba a través de la determinación de surfistas nativos y organizaciones locales como Royal 70, un colectivo de surf sin fines de lucro fundado por Valdes y Blair Cording, un surfista australiano.

“Comencé a surfear por intuición”, dijo Frank González, de 26 años. “Después de surfear durante cuatro años, vi mi primer video de surf. Quedé impresionado”.

Durante años, tener una tabla moderna de surf en Cuba era tan inusual como tener pasaporte. La mayoría de los surfistas tenía que usar pedazos de madera, generalmente sacados de escritorios desechados, que moldeaban de forma rudimentaria y cubrían con resina del mercado negro. Aquellos que encontraban un pedazo considerable de madera le pegaban una aleta improvisada de madera a la parte inferior y usaban un cordón para tender ropa como correa.

Los pocos afortunados que encontraban un refrigerador desechado le quitaban la espuma de poliuretano y le daban forma de tabla usando ralladores de queso y ganchos para colgar ropa, y la cubrían con fibra de vidrio sacada de astilleros y botes naufragados, lo más parecido a una tabla de poliuretano que un cubano podía conseguir.

A las dificultades se suma el peligro de surfear en el principal rompeolas de La Habana, Calle 70. Las olas rompen en un arrecife muy afilado salpicado de erizos de mar, por lo que la mayoría de los surfistas que caen termina ensangrentado.

“Probablemente es el lugar más atemorizante en el que he surfeado”, dijo Cording, de 42 años, quien vendió todas sus pertenencias para viajar a Cuba y llevar tablas donadas.

La infraestructura deportiva de Cuba es similar a la de la ex Unión Soviética, donde deportes oficialmente reconocidos, como el béisbol y el básquetbol, reciben apoyo financiero, entrenamiento y respaldo del gobierno.

El surfing no sólo no es reconocido aquí, sino que el concepto de cubanos que se alejan a nado de las costas, con un dispositivo flotante, también deja intranquilas a las autoridades.

Según dice la tradición cubana, los primeros surfistas en Baracoa fueron encarcelados. “Cuando los policías los liberaron, les dijeron: ‘Tomen sus tablas y regresen a La Habana’”, contó Valdes, añadiendo que las autoridades pensaron que los surfistas intentaban salir del país.

Para ayudar a mejorar la imagen del surfing, Valdes y Cording organizaron misiones de buena voluntad.

La Navidad pasada, Valdes entregó 800 dólares en alimentos y artículos a un orfanatorio en La Habana, comprados con dinero recaudado en Australia.

Los surfistas de La Habana también organizan una limpieza de playas. Y continúan practicando su deporte sin crear problemas para las autoridades.

“El gobierno tiene dificultades con la idea del surfing”, explicó Cording, quien trabaja con el Ministerio Deportivo de Cuba para negociar el flujo de donaciones. “Dijeron: ‘Háganlo de manera clandestina y nosotros haremos de la vista gorda’”.