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En una fiesta de recaudación de fondos para una revista literaria, la otra noche, estuve conversando con un autor conocido que admiro mucho. Uso la palabra “conversando” de forma bastante amplia.

No logré entender una sola palabra que dijo. Peor aún, el esfuerzo que hice para oírlo consumió tanta capacidad intelectual que olvidé los títulos de sus libros.

¿Habrá sido un gaje de la edad? Tal vez (tengo 65 años). Pero, en mi caso, se ve complicado por el hecho de que sufro de severa deficiencia auditiva, sólo parcialmente mitigada por un aparato auditivo y un implante coclear.

Frank Lin, otorrinolaringólogo y epidemiólogo en la Escuela de Medicina Johns Hopkins, en Maryland, califica el fenómeno como “carga cognitiva”. En esencia, el cerebro está tan ocupado traduciendo sonidos en palabras que parece no quedarle ninguna capacidad de procesamiento para buscar una respuesta.

En los útimos años, Lin le ha dado funestas noticias a quienes padecemos de sordera. En un estudio dado a conocer en 2011 en The Archives of Neurology, él y colegas encontraron una fuerte asociación entre la pérdida de audición y la demencia.

“Comparados con los individuos con audición normal, los individuos aquejados de pérdida de audición ligera, moderada y severa tuvieron un riesgo respectivamente dos, tres y cinco veces mayor de desarrollar demencia en el curso del estudio”, escribió Lin en un correo electrónico que resumió los resultados. A peor sordera, mayor es el riesgo. Lin mencionó algunas explicaciones posibles de este nexo. La primera es el aislamiento social. Otra es la mencionada carga cognitiva y una tercera, un proceso patológico que causa sordera y demencia.

En un reciente estudio en la revista Neurology, John Gallacher y colegas en la Universidad de Cardiff, en Gales, sugirieron la posibilidad de que una patología degenerativa que provoca la demencia también podría causar pérdida de audición.

Una causa patológica común podría ayudar a explicar por qué los aparatos auditivos no parecen aminorar el riesgo de demencia. Pero quienes padecemos de deficiencia auditiva esperamos que eso no sea cierto; el sentido común sugiere que si no uno tiene que esforzarse tanto para escuchar, puede prestar más atención y entender.

La forma en que se utilizan dichos aparatos puede ser un factor crucial. Un usuario debe practicar para maximizar su efectividad y se puede requerir la reprogramación de un audiólogo. La gente compra cada vez más aparatos auditivos en Internet o en los supermercados, lo que dificulta tal proceso. El primer año en que tuve uno de estos aparatos, fui donde mi audiólogo cada dos semanas.
En un estudio, Lin y su colega Wade Chien concluyeron que sólo uno de cada siete adultos que requieren aparatos auditivos lo utiliza.

Uno de los obstáculos es el costo (de dos mil a seis mil dólares por oído), que los seguros rara vez cubren. Otro es el estigma de la vejez. Si una prueba clínica puede mostrar que los aparatos auditivos ayudan a retrasar o contrarrestar la demencia, los beneficios serían enormes.

“¿Es posible hacer algo que reduzca el debilitamiento cognitivo y postergue el comienzo de la demencia?”, preguntó Lin. “Es sumamente importante, porque para 2050, uno de cada 30 estadounidenses sufrirá de demencia. Si pudiéramos aplazar el comienzo durante tan sólo un año, la incidencia de demencia baja 15 por ciento a largo plazo. Estamos hablando de miles de millones de dólares en ahorros de salud”. Stephanie Kuykendal para The New York Times Aparatos auditivos no ayudan a reducir riesgo de demencia.