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  • The New York Times

Japón es famoso por sus robots y trenes bala, y tiene algunas de las redes de banda ancha más rápidas del mundo. Sin embargo, también sigue casado firmemente con una tecnología previa a Internet, el fax, que en la mayoría de otras naciones industrializadas se ha unido a las máquinas contestadoras, cintas de ocho pistas o casetes en el basurero de tecnologías anticuadas.

Tan solo el año pasado, los hogares japoneses compraron 1.7 millones de los viejos faxes, que imprimen documentos en papel suave y brillante que se desenrolla desde la parte posterior. En Estados Unidos, este aparato se ha convertido en un artefacto a grado tal que el Museo Smithsoniano estará agregando dos máquinas a su colección, informaron historiadores de tecnología.

“El fax fue tal éxito aquí que ha terminado siendo difícil de reemplazar”, dijo Kenichi Shibata, uno de los gerentes de NTT Communications, la cual encabezó el desarrollo de esta tecnología en los 70. “Ha desarrollado raíces inusualmente profundas en la sociedad japonesa”.

La Oficina del Gabinete del gobierno nipón informó que hasta 2011, casi 100 por ciento de las oficinas comerciales y 45 por ciento de los hogares tenían una máquina de facsímil.

Yuichiro Sugahara aprendió a la mala sobre el profundo apego de su país al fax, que la nación popularizó en los 80. Hace una década, intentó modernizar el negocio familiar, que entrega las tradicionales cajas de almuerzo ‘bento’, recibiendo órdenes en línea. Las ventas se desplomaron rápidamente.

Actualmente su empresa, Tamagoya, prospera con el siseo y pitidos de miles de órdenes que llegan cada mañana, en su mayoría por fax, muchas con detalladas peticiones escritas minuciosamente a mano del tipo de “póngale poca masa al pollo frito” o “agregue otro huevo cocido”.

“Aún hay algo en la cultura japonesa que exige los sentimientos cálidos y personales que se tienen con un fax escrito a mano”, dijo Sugahara, de 43 años.

La renuencia de Japón a renunciar a sus máquinas de fax ofrece un revelador atisbo a una nación que envejece y que, a menudo, puede parecer silenciosamente determinada a ceñirse a sus costumbres probadas que funcionan, incluso si el resto del mundo da la impresión de estarlo rebasando rápidamente.

La adicción al fax contribuye a explicar por qué Japón, que en otra época revolucionó la electrónica para el consumidor con sus calculadoras de bolsillo, Walkman y, sí, máquinas de facsímil, se ha convertido en uno de los que llegaron tarde a la era digital y ha permitido un rezago respecto de competidores más ágiles como Corea del Sur y China.

“Japón tiene un efecto Galápagos de aferrarse a algunas cosas con las que se siente cómodo”, dijo Jonathan Coopersmith, historiador de tecnología que está escribiendo un libro sobre el ascenso y la caída de dicha máquina.

“En otras partes, el fax ha corrido con la misma suerte que el dodo”. En Japón, con la excepción de las nuevas empresas de Internet más perspicaces o fabricantes de mentalidad internacionalista, el fax sigue siendo una herramienta esencial para hacer negocios. Los expertos dicen que las oficinas gubernamentales prefieren faxes porque generan papeleo sobre el cual los burócratas pueden poner sus sellos de aprobación, llamados ‘hanko’.

Muchas empresas dicen que siguen dependiendo de los faxes para crear un registro en papel de órdenes y embarques que no deja el efímero correo electrónico. Los bancos se apoyan en los faxes porque, aducen, a los clientes les preocupa la seguridad de su información personal en Internet. Incluso el mayor grupo criminal de yakuza de Japón, el Yamaguchi-gumi con base en Kobe, ha usado faxes para enviar notificaciones de expulsión a miembros, informa la Policía.

Tras el mortífero terremoto y tsunami en el noreste de Japón en 2011, hubo un pequeño auge en las ventas de faxes para reemplazar las máquinas que el agua se había llevado. Una de las más vendidas es un modelo que funciona con baterías, así que seguirá funcionando durante apagones ocasionados por desastres naturales.

Los faxes siguen siendo atractivos para el japonés de edad avanzada, que a menudo se siente incómodo con los teclados, dicen expertos.

Al mismo tiempo, aferrarse a viejas costumbres también obliga a Japón a aceptar niveles mayores de ineficiencia. En 114 Bank, empresa mediana con una oficina en el centro de Nohonbashi, la respuesta de Tokio a Wall Street, la mayoría de los clientes de pequeños negocios siguen prefiriendo hacer operaciones de banca por fax.

Para aligerar sus inquietudes en torno al robo de información personal, el banco introdujo un sistema de alta seguridad que ocupa una mesa entera al centro de su atareada oficina. Esta instalación incluye un poste de 60 centímetros con una luz roja encima para advertir sobre algún error de transmisión. Cada vez que un fax es enviado a un nuevo número, dos empleados deben estar a la mano, uno para marcar el número y el otro para asegurarse de que el número fue marcado correctamente.

“La larga historia del fax meramente hace que parezca más seguro en un mundo de hackers y virus”, dijo Kiichiro Yoshii, el subgerente de sucursal del banco.

La relación amorosa de Japón con el fax empezó durante el apogeo económico de la nación en los 80, cuando las máquinas se convirtieron en un aparato del hogar más común que los lavaplatos automáticos. Rápidamente, Japón dominó la producción mundial de facsímiles, produciendo 90 por ciento de las decenas de millones de estas maquinas, con base en la Asociación de Comunicaciones y Red de Información de Japón, grupo de la industria que incluye a fabricantes de faxes.

Sin embargo, su mismo éxito ha convertido al fax en un hábito que cuesta dejar. La demografía del envejecimiento también ha sido uno de los factores, ya que las generaciones que vivieron durante los años de gloria de la nación se han aferrado a sus faxes. De hecho, hasta 2009, el número de máquinas de fax en viviendas particulares aún iba en aumento, reflejo de los menguantes números de personas jóvenes que acogen nuevas tecnologías, destacan expertos.

“La demografía ha dejado a Japón dominado por generaciones mayores que sigue teniendo mayores probabilidades de tener un número de fax que una dirección de correo electrónico”, dijo Shigeyuki Miya, uno de los vicepresidentes del grupo de comunicaciones.