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  • The New York Times

Una reciente mañana de primavera, Luigi Aceto, robusto, de 78 años, subió una escalera de mano, colocada sobre un limonero, en un limonar en terrazas que se extendía hacia arriba de la colina, en uno de los pueblos más pintorescos de Italia, y con destreza empezó cortar limones mediterráneos y a meterlos en una canasta de mimbre. Brillaba el sol. Los limones estaban maduros y eran tan grandes como un puño. El aroma de las flores era intoxicante.

Aceto, apodado Gigino, nació y se crió en este limonar, donde su familia ha trabajado por siglos, primero como aparceros, luego como dueños de las tierras. Sin embargo, debido a que la tierra en la costa de Amalfi es más valiosa hoy para el turismo de lujo que para los limones de boutique, a Aceto le preocupa lo que pueda deparar el futuro.

“Tengo el honor y la carga de ser testigo aquí de seis generaciones”, dijo contemplativo mientras estaba parado en un promontorio en el limonar, y dio la casualidad que traía puesta una camisa amarillo limón. Se refería a tres generaciones que lo precedieron, a la suya y a las de sus dos hijos y nietos.

De muchas formas, el árbol de la familia Aceto refleja la transformación de Italia de una sociedad agraria y campesina antes de la Segunda Guerra Mundial en una potencia industrial después; así como, su ambivalencia persistente sobre si quiere competir mundialmente o cree que su futuro está en las tradiciones locales. El debate se ha intensificado más desde la introducción del euro en 2002, lo cual elevó el precio de las exportaciones italianas, dificultando la competencia de los pequeños negocios.

Hoy, 90 por ciento de los negocios italianos tiene menos de 15 empleados. Los Aceto producen una mercancía de nicho – limones mediterráneos, famosos en el mundo, apreciados por su baja acidez y sabor delicado – y, como muchos pequeños negocios italianos, son renuentes a expandirse, y prefieren la calidad, a la tradición por encima de la expansión. Aceto quiere que los limonares y el negocio sigan en la familia.

“Mis dos hijos trabajan en el negocio y son dedicados; cuento con ellos”, explicó.

Marco, el hijo de Aceto opera el aspecto de la producción de la compañía, La Valle dei Mulini, y hace el licor “limoncello”, miel de limón y otros productos de los limones que son tan dulces que se pueden comer enteros. La esposa de Marco trabaja en la tienda vendiendo los productos en la turística plaza principal del pueblo. Su otro hijo, Salvatore, dejó un empleo de contador hace poco para regresar al negocio de la familia.

Ese no siempre es el caso de otras familias que viven cerca, cuyos hijos dejaron los limonares para ir a la universidad y buscar empleos profesionales en las ciudades. Mantener vivos los limonares es una lucha constante.

“Uno de nuestros objetivos principales es evitar el abandono de los huertos en la costa”, señaló Salvatore de Riso, un repostero muy conocido y presidente del Consorcio para la Protección del Limón de Amalfi. “Se han abandonado muchos, y estamos tratando de recuperarlos involucrando a los dueños. Nos gustaría valorizar al limón de Amalfi, que es único en el mundo”.

De Riso dijo que el Consorcio, que certifica la calidad de los limones en productos como el “limoncello” para protegerlos de las imitaciones de baja calidad, está tratando de ayudar a los productores locales a incrementar la producción.

El Consorcio también trata de obtener financiamiento estatal para ayudar a los productores boutique a mantenerse a flote. Sin embargo, eso es un problema polémico en Italia, donde, en los últimos años, aunque no en Amalfi, en general, el mal uso de los subsidios agrícolas de la Unión Europea ha hecho con frecuencia que sea más lucrativo para las grandes granjas dejar podrir la fruta en el árbol que pagar los costos de cosechar y transportar.

Aunque Aceto ayudó a empezar el consorcio del limón, ya no quiere ser parte de él porque dice que está presionando a los pequeños productores como él a producir demasiado. A Aceto también le gustaría vender los limones él mismo, y desaprueba lo que él llama los “mercenarios” o mayoristas que compran limones a los pequeños productores y los venden a un sobreprecio a distribuidores más grandes.

De Riso no está de acuerdo. Dijo que incrementar la cantidad de la producción ayudaría a los pequeños productores a ganar más sin apartar la atención de la calidad. Todos los limones certificados de Amalfi deben ser de la familia de los “fusato”, que se deriva de la palabra italiana para huso, por sus extremos puntiagudos. Sólo crecen en el microclima de la costa de Amalfi, donde las brizas frescas quedan atrapadas entre los valles de las montañas empinadas.

Hace siglos, los comerciantes en ruta por la costa de Amalfi trajeron los limones desde Oriente Próximo, y los marineros los apreciaron porque controlan el escorbuto y otros padecimientos en el mar.

Para la familia Aceto, el euro – y la crisis del euro – es una fase más en una historia larga y rica. El bisabuelo, el abuelo y el padre de Gigino Aceto atendieron los limoneros de un noble local, cuando el sur italiano era una gran economía feudal. Su padre pudo comprar algo de tierra cuando una familia de nobles locales necesitó una infusión de dinero.

Aceto nació en 1934, el octavo de 13 hijos; sus padres recibieron un subsidio especial a las familias grandes del gobierno fascista de Mussolini. En 1968, agrandó la parcela a unas 8.1 hectáreas con un préstamo especial de 40 años del Estado italiano, a un interés de uno por ciento, como parte de una reforma agraria orientada a ayudar a los campesinos a comprar su propia tierra.

No está nostálgico del pasado y todavía recuerda cuando era niño durante la guerra, cuando la familia casi muere de hambre, y los mandaron a sus hermanos y a él a recoger hierbas y cualquier cosa comestible.

“Teníamos parientes en Estados Unidos que nos enviaban paquetes”, recordó Aceto. “Ahora China se está haciendo cargo. Así es como están los tiempos”.

De cara a la competencia mundial, Salvatore, el hijo de Aceto, no está convencido de que el euro esté ayudando a los pequeños negocios como el de él.

“Yo diría no”, comentó. “Hay muchos aspectos positivos, pero el reverso de la moneda es que no nos beneficiamos lo suficiente. Si todavía tuviéramos la lira, habríamos seguido siendo más competitivos como productores agrícolas”.

Los limonares de los Aceto se podrían vender en millones de euros para propiedades de lujo para vacacionar, pero la familia no quiere ni oír hablar de ello.

“Me hago cargo del patrimonio de la humanidad”, dijo Gigino Aceto. Sembrados en una serie de terrazas con muros de piedra, las raíces de los limoneros ayudan a evitar la erosión de la tierra y los deslaves, un problema creciente por las lluvias torrenciales de los últimos años.

“Los rayos del sol penetran por debajo de las raíces, de tal forma que el limón es como un bebecito en su cuna”, explicó.

“Quizá por mis venas corre jugo de limón en lugar de sangre”, agregó.

Después de su siesta de medio día, Aceto presumió la parcela más pequeña de la familia, muy arriba en las colinas, por encima de la costa. Soplaba una dulce briza por el limonar.

Los sonidos del tránsito y el agua golpeteando la costa se elevaron desde abajo. Arriba estaban las escarpadas murallas de piedra del cementerio local. Salvatore Aceto miró hacia arriba. “Aquí, hasta los muertos están en el paraíso”, expresó.

 

Calidad y tradición

Los Aceto producen una mercancía de nicho – limones mediterráneos, famosos en el mundo, apreciados por su baja acidez y sabor delicado – y, como muchos pequeños negocios italianos, son renuentes a expandirse, y prefieren la calidad, la tradición.