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El caso del soldado raso Bradley Manning, quien esta semana fue declarado culpable por un tribunal militar de filtrar secretos al sitio web de Wikileaks y ahora enfrenta hasta 136 años en la cárcel, parece como si pudiera ser el momento culminante de la celosa cultura de la seguridad de Estados Unidos. Ciertamente debería serlo.

Después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, el presidente George W. Bush inclinó demasiado la balanza de la libertad hacia la seguridad, y ha permanecido ahí bajo la Administración del presidente Barack Obama.

Mientras Manning espera su sentencia, se informó el 1º de agosto que Edward Snowden, un contratista para los servicios de espionaje estadounidenses, había ingresado a Rusia, donde se le ha ofrecido un asilo temporal de un año.

Tenía la intención de proyectar luz sobre el almacenamiento no autorizado por parte de la Agencia de Seguridad Nacional de datos privados pertenecientes a millones de ciudadanos estadounidenses, posiblemente en violación de la Ley Patriota y la Cuarta Enmienda. Sus revelaciones continuaron esta semana. Mientras tanto, el gobierno de Obama ha confiscado registros telefónicos de periodistas y perseguido a los filtradores con un mazo legal.

Ningún observador sensato puede dejar de apoyar a Estados Unidos y su compromiso con la libertad individual. Al mismo tiempo, la primera responsabilidad de cualquier gobierno es proteger a sus propios ciudadanos. Tuvo sentido ajustar la balanza entre la libertad y la seguridad después del 11 de septiembre, pero los valores de Estados Unidos no debían haberse convertido en víctimas de la guerra contra el terrorismo de Bush.

El encarcelamiento indefinido de prisioneros en la bahía de Guantánamo, sin juicio, fue una negación del debido proceso. Fue un sofisma legal redefinir la tortura colocando a los prisioneros en posiciones tensas y zambulléndolos en agua como “interrogatorio intensificado”.

La humillación de criminales iraquíes en Abu Ghraib, en 2003, la interpretación extraordinaria y el resto de eso fueron el resultado de una cultura, encabezada por el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, que fue tanto poco estadounidense como un argumento de reclutamiento para sus enemigos. Obama ha suspendido la tortura, pero Guantánamo sigue abierto y el viejo sistema de castigos a menudo ha sido reforzado.

Ni Snowden ni Manning son embajadores perfectos de un enfoque más liberal. Ambos violaron la ley al revelar secretos que habían jurado conservar. Las agencias de espionaje de Estados Unidos no pueden funcionar si sus empleados hablan de más y, cuando la “filtración masiva” se ha puesto políticamente de moda y es técnicamente factible, se necesitan disuasores.

La defensa del interés público de Manning es especialmente débil. Filtró más de 700,000 expedientes con poco discernimiento sobre qué daño o bien haría esto. La revelación inicial de Snowden fue selectiva, pero su vuelo a Hong Kong y a Rusia fue perjudicial, y ha terminado revelando secretos sobre cómo Estados Unidos espía a China. Estados Unidos tiene razón en querer llevarlo a juicio, como a Manning.

No obstante, ambos hombres también demuestran cómo Estados Unidos aún se inclina demasiado hacia la seguridad por encima de la libertad. En el caso de Snowden, tiene que ver con lo que reveló. Cuando huyó, los burócratas de la seguridad argumentaron que el almacenamiento de datos de la ASN estaba aprobada por el Congreso y un tribunal de seguridad nacional, de manera que el Poder Ejecutivo supuestamente se estaba responsabilizando por los otros dos poderes del gobierno. Ese argumento está pareciendo cada vez más débil. En realidad, la ASN vive bajo un simulacro de supervisión judicial y legislativa.

La parte primordial del sistema es el tribunal secreto, el cual interpreta los poderes gubernamentales según la ley, así como emite órdenes judiciales de rutina. Los estadounidenses no conocen sus dictámenes, sin embargo, y por ello no pueden refutarlos.

En teoría, si el Congreso refuta los fallos del tribunal o el comportamiento de la ASN, puede enmendar la ley. Sin embargo, los políticos que saben lo que está ocurriendo en secreto no pueden discutir sus preocupaciones en público, y los funcionarios se han sentido seguros al mentir en las audiencias congresionales. A menos que el tribunal se abra a las refutaciones del público, corre el riesgo de convertirse en la criatura del Ejecutivo. Quizá ya lo es. Debido a Snowden, ese sistema kafkiano está ahora bajo escrutinio.

La severidad desproporcionada del trato dado a Manning también importa. Bajo arresto, de hecho fue mantenido en confinamiento solitario bajo condiciones rigurosas durante nueve meses, supuestamente por su propia protección, lo cual es un bello toque al estilo Putin.

La Fiscalía lo acusó bajo la draconiana Ley de Espionaje de 1917, originalmente diseñada para castigar a los traidores y a los espías, no los delatores. Lo acusó de ayudar al enemigo, un delito que conlleva la pena de muerte, con base en el débil argumento de que sus filtraciones fueron publicadas en línea donde Al Qaeda podía verlas. Aun cuando la juez rechazó eso, aún podría poner a un joven bienintencionado pero equivocado en la cárcel durante un siglo.

Opinión popular cambiando

Esa severidad es contraproducente tanto como injusta. Toda democracia necesita sus secretos; pero, para descubrir los inevitables abusos del poder, toda democracia también necesita filtraciones. Los simpatizantes de Snowden añaden que el delator huyó hacia los brazos primero de China y luego de los rusos debido al duro trato prodigado a Manning. Habría sido mejor para Estados Unidos si hubiera intentado justificarse en un tribunal estadounidense.

Pocos estadounidenses sienten mucha simpatía por Manning o Snowden, pero la actitud hacia la ocultación está cambiando. Por primera vez desde 2004, cuando la encuestadora Pew comenzó a preguntarles, menos estadounidenses dicen que el gobierno debería impulsar la seguridad en comparación con los que dicen que ha ido demasiado lejos en restringir las libertades civiles.

El representante Jim Sensenbrenner (republicano de Wisconsin), uno de los autores de la Ley Patriota, ha dicho que el operativo de la ASN no era lo que la ley pretendía. Una enmienda para limitar la recolección de datos de la ASN fue rechazada en la Cámara de Representantes el 24 de julio por solo siete votos. Un creciente coro en el Senado quiere intensificar la supervisión de la agencia. Incluso Obama ha revivido su promesa de cerrar Guantánamo y empezar a revelar más sobre los programas de la ASN.

Todos los servicios de espionaje infringirán las libertades individuales, y los de Estados Unidos han tenido éxito en su tarea principal: evitar ataques. Todas las democracias también necesitan mantener esas intromisiones bajo control, sin embargo, y responsabilizar a sus espías.

De todas las democracias del mundo, la que debería comprender mejor esta tensión es Estados Unidos. Su sistema constitucional de equilibrio de poderes se basa en la idea de que las personas a cargo son falibles.

Mientras Manning espera escuchar la sentencia de la jueza, es momento de recordar eso.

verdades inequívocas

Toda democracia necesita sus secretos; pero, para descubrir los inevitables abusos del poder, toda democracia también necesita filtraciones.