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  • The Economist

El Itamaraty, como se conoce al Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, se enorgullece de tener el mayor número de diplomáticos profesionales de Latinoamérica. Pero nadie en el gobierno de Brasil sale bien librado de un incidente extraordinario que involucró a un político opositor boliviano y que ha costado su puesto al canciller, Antonio Patriota.

Róger Pinto, un senador de oposición, buscó refugio en la embajada de Brasil en La Paz, Bolivia, en mayo de 2012 después de que había acusado a ministros del gobierno socialista de Bolivia de involucramiento en el tráfico de drogas. A su vez le llovieron cargos de corrupción, y afirmó que estaba siendo perseguido políticamente. Brasil rápidamente aceptó concederle asilo. Pero Evo Morales, el presidente de Bolivia, se negó a conceder a Pinto un salvoconducto para salir del país. Se dice que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ordenó que no se realizara ningún intento de extraer a Pinto sin el consentimiento de Morales, un aliado del gobernante Partido de los Trabajadores, o PT.

Pero el 23 de agosto, el encargado de los asuntos de Brasil en La Paz, Eduardo Saboia, tomó el asunto en sus propias manos. Escoltado por cinco marinos brasileños, él y Pinto fueron llevados por tierra a Brasil, una jornada de 22 horas. Saboia dijo que temía por la salud mental de Pinto después de 455 días de confinamiento en la embajada. La oposición de Brasil lo recibió como un héroe. Algunos en el PT hablaron de extraditar a Pinto, aun cuando se le había concedido asilo.

Rousseff tampoco estuvo contenta. Ordenó que Patriota, que afirmó no haber tenido conocimiento anticipadamente de la escapada de Saboia, intercambiara puestos con Luiz Alberto Figueiredo, el embajador de Brasil en Naciones Unidas. La falta de química de la mandataria con Patriota es bien conocida; pero a ella le gusta Figueiredo, que estuvo a cargo de la cumbre ambiental Rio+20 del año pasado.

El cambio tendrá poco efecto en la política exterior de Brasil, en la cual Rousseff está menos interesada que su predecesor, Luiz Inacio Lula da Silva. La voz decisiva en las relaciones con Latinoamérica no fue la de Patriota sino la de Marco Aurelio García, un funcionario del PT que ha actuado como asesor presidencial en política exterior tanto para Lula como para Rousseff.

Este comando bicéfalo es el meollo del problema. Muchos de los diplomáticos del Itamaraty discretamente muestran descontento ante una política exterior que bajo la influencia de García ha dado prioridad a las amistades del PT con los similares de Morales y Nicolás Maduro de Venezuela, en vez de a lo que ven como el interés a largo plazo de Brasil en el apoyo a las democracias pluralistas en la región. Saboia, que ahora está bajo investigación, manifestó su descontento no tan discretamente.