•   Siria  |
  •  |
  •  |
  • The Economist

La oposición a la “guerra tonta” en Irak ayudó a Barack Obama a ganar la Casa Blanca y le aseguró un Premio Nobel de la Paz sin esfuerzo. El presidente ahora está conociendo la soledad del líder de guerra, mientras prepara a un renuente Estados Unidos para ataques militares contra Siria, con o – insinuó – sin el respaldo formal del Congreso.

Obama desencadenó un debate rencoroso en Washington después de hacer un anuncio sorpresivo el 31 de agosto de que quería la aprobación congresional para los ataques contra el régimen de Bashar Assad, en respuesta a los agentes con agentes neurotóxicos que dejaron más de mil muertos. Aunque el apoyo congresional está lejos de estar garantizado, y los sondeos de opinión muestran que los estadounidenses se oponen a los ataques aéreos contra Siria, Obama declaró que la acción para evitar usos futuros de armas químicas era necesaria.

“Creo que tenemos que actuar”, dijo el presidente durante una breve visita a Suecia en su camino hacia una cumbre del G20 en San Petersburgo. Si las resoluciones y las condenas fueran la única respuesta al uso de armas químicas de Assad, sugirió, indicaría que las normas internacionales pueden ser desdeñadas “con impunidad”.

Fue una semana de ironias. Obama ha sido un guerrero renuente en cuanto a Siria, insistiendo en que la intervención estadounidense correría el riesgo de hacer más daño que bien. Acudió al Congreso a hacer que sus oponentes asumieran la responsabilidad compartida por cualquier decisión de atacar en el Medio Oriente, o dejar sin castigo al régimen de Assad.

Sin embargo, en vez de crear un consenso bipartidista, Obama terminó exponiendo profundas divisiones dentro de ambos partidos. En una búsqueda del apoyo congresional, el siempre cauteloso comandante en jefe se encontró formulando extensos argumentos a favor de la intervención moral en el extranjero, e insinuando una acción militar más severa de la que había planeado previamente.

Su propio Partido Demócrata está dividido entre pacifistas de izquierda y fieles a Obama. Los republicanos están divididos entre belicosos y aislacionistas, más un considerable grupo conservador que no confía para nada en este presidente “socialista”.

Obama se esforzó por ampliar el debate, negando que su credibilidad personal estuviera en juego, aunque advirtió públicamente a Assad en 2012 que el uso de armas químicas cruzaría una “línea roja”. Esta semana, dijo que todo el mundo había establecido esa línea roja cuando aprobó una convención contra esas armas, y que el Congreso lo había hecho cuando ratificó la firma de Estados Unidos en esa convención.

Sin embargo, los mismos argumentos llevaron a Obama a comprometerse como nunca antes con la idea de que algunos crímenes, desde el genocidio en Ruanda hasta las masacres más recientes en Siria, obligan al mundo a asumir una postura. “La respuesta moral no es quedarse mirando y no hacer nada”, dijo en Estocolmo, Suecia, y añadió que la presión meramente diplomática sobre Assad ya había sido intentada. “Tengo que preguntar a la gente, bueno, si de hecho están indignados por la matanza de gente inocente, ¿qué van a hacer al respecto?”

Antes de partir de Washington, Obama había conseguido el respaldo público para cierta forma de intervención de parte de líderes republicanos, incluido el líder de la Cámara de Representantes, John Boehner, así como de demócratas destacados en el Congreso. También fue apoyado por AIPAC, un grupo de campaña a favor de Israel que tradicionalmente ha tenido considerable influencia en el Capitolio.

El 4 de septiembre, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado aprobó un borrador de autorización de ataques militares limitados en Siria que expiraría después de 90 días. Prohíbe el uso de fuerzas terrestres para “operaciones de combate”; dejando cierto espacio de maniobra para acciones de emergencia por parte de fuerzas especiales. Votaciones adicionales en el Senado y la Cámara de Representantes deben realizarse después de que el Congreso inicie sesiones formalmente el 9 de septiembre.

Pero una poderosa corriente de populismo fluye a través de la política, socavando la mera idea de liderazgo partidista. Como mínimo, la ira de los votantes da a cualquier miembro indeciso del Congreso la excusa perfecta para votar no. Las divisiones republicanas han estado abiertamente en exhibición. Grandes personajes del círculo de política exterior, como el senador John McCain, refunfuñaron sobre querer más ayuda para los rebeldes sirios y ataques más ambiciosos. En la derecha populista, los senadores Rand Paul de Kentucky y Ted Cruz de Texas compitieron para sonar más horrorizados por la idea de destinar sangre o fondos estadounidenses a Siria. Paul dice que Estados Unidos no obtiene un beneficio de interés nacional con un ataque a Siria. Cruz dijo que Estados Unidos no tenía “perro en la pelea”. Refiriéndose a los temores de que las fuerzas rebeldes sirias estén dominadas por islamitas, dijo enojado que las fuerzas armadas de Estados Unidos no deberían servir como “fuerza aérea de Al Qaeda”.

Para obtener la aprobación del Congreso, Obama y su equipo necesitarán reunir no sólo a los demócratas leales sino a los belicosos de la política exterior estilo McCain. Eso ya ha llevado a altos funcionarios a ampliar y profundizar sus planes militares inicialmente estrechos.

Hace sólo unos días, funcionarios de la Casa Blanca hablaron de ataques quirúrgicos destinados a disuadir a Assad de usar de nuevo armas químicas, sin hacer nada para promover el cambio de régimen. Ahora, se habla no sólo de disuadir a Assad sino también de “degradar” sus capacidades químicas. ¿Eso no debilitaría más ampliamente al régimen de Assad?, preguntaron senadores al general Martin Dempsey, presidente del Estado Mayor Conjunto, el 3 de septiembre. Eso sería un “beneficio adicional”, respondió, y podría ayudar a llevar al régimen a la mesa de negociaciones. Incluso antes de que el Congreso conceda o niegue su aprobación, la renuente y limitada acción policial de Obama está cobrando vida propia.