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Hace unos meses, el Presidente Barack Obama declaró que Al Qaeda estaba “en camino de ser derrotado”. Sus miembros sobrevivientes, afirmó, estaban más preocupados por su propia seguridad que por organizar ataques contra Occidente. Los ataques terroristas en el futuro, aseguró, se asemejarían a los de los años 90, siendo locales en vez de transnacionales y enfocados en “blancos blandos”.

Su mensaje general fue que era hora de empezar a relajar la guerra del Presidente George W. Bush contra el terrorismo mundial.

Obama podría argumentar que el ataque contra el centro comercial Westgate en Nairobi por parte de la afiliada somalí de Al Qaeda, Shabab, fue exactamente del tipo del que habló: letal, impactante, pero a gran distancia de Estados Unidos.

Sin embargo, la verdad incómoda es que, en los últimos 18 meses, pese a los incesantes golpes que ha recibido y las derrotas que ha sufrido, Al Qaeda y sus aliados jihadistas han protagonizado un regreso extraordinario. La red terrorista ahora tiene influencia sobre más territorio y está reclutando más combatientes que en cualquier otro momento en su historia de 25 años.

Obama debe reconsiderar

Todo lucía diferente hace dos años. Aun antes de que Osama bin Laden fuera abatido en 2011, el liderazgo central de Al Qaeda, refugiado cerca de la frontera afgana en Waziristan del Norte en Pakistán, estaba contra las cuerdas, debilitado por los ataques con aviones teledirigidos y capaces de comunicarse con el resto de su red sólo con dificultad y con gran riesgo.

Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP, por sus siglas en inglés), su filial más capaz en lo que se refiere a montar ataques contra Occidente, estaba siendo duramente atacado por aviones teledirigidos y agobiado por las tropas yemenitas. El Shabab estaba bajo presión similar en Somalia, mientras las fuerzas de la Unión Africana respaldadas por Occidente los desplazaban de las principales ciudades.

Sobre todo, la primavera árabe había hecho descarrilar la afirmación central de Al Qaeda de que los regímenes corruptos apoyados por Occidente sólo podían ser derrocados a través de la violencia.

Todos esos logros ahora están en duda. El Shabab está reclutando más combatientes extranjeros que nunca, algunos de los cuales parecen haber estado involucrados en el ataque contra el Westgate. AQAP fue responsable del pánico a principios de agosto que condujo al cierre de 19 embajadas estadounidenses en toda la región y una alerta de viaje mundial. Mientras tanto, el núcleo de Al Qaeda, anticipando el retiro de las tropas occidentales de Afganistán después de 2014, ya está regresando al indómito este del país.

Sobre todo, el deterioro de la primavera árabe ha dado a Al Qaeda y sus aliados una oportunidad sin precedentes. El golpe contra el gobierno islamita elegido y supuestamente moderado en Egipto ha ayudado a restablecer el poder ideológico de Al Qaeda. Las armas se han desbordado de Libia hacia toda la región, y la guerra civil en Siria ha revivido a una de las filiales más violentas y rebeldes de la red, Al Qaeda en Irak, ahora grandiosamente rebautizada Estado Islámico de Irak y al-Sham.

La lucha para deponer al régimen de Assad ha actuado como un imán para miles de potenciales jihadistas de todo el mundo musulmán y de comunidades musulmanas en Europa y Norteamérica. El alguna vez moderado y laico Ejército Libre de Siria ha sido progresivamente desplazado por grupos yihadistas mejor financiados y mejor organizados que tienen lazos directos con Al Qaeda.

Estimaciones del espionaje occidental consideran que esos grupos ahora representan hasta 80 por ciento de la fuerza de combate rebelde efectiva. Aun cuando no avancen mucho del territorio que ahora controlan, en el norte y este del país, podrían terminar controlando una enorme área que colinda con un Irak de apariencia cada vez más frágil, donde Al Qaeda actualmente está asesinando a unos mil civiles al mes. Esa es una perspectiva espantosa.

¿En qué medida debiera culparse a la complacencia occidental de este asombroso renacimiento? Bastante. Obama se mostró demasiado ansioso de salir de Irak, y está en riesgo de repetir el error en Afganistán. Estados Unidos ha dependido excesivamente de los ataques con aviones teledirigidos para “decapitar” a los grupos de Al Qaeda. El ex secretario de Defensa Leon Panetta incluso habló irreflexivamente de derrotar a la red asesinando a tan sólo entre 10 y 20 líderes en Pakistán, Somalia y Yemen. La percepción general del menguante gusto de Estados Unidos por el involucramiento en Medio Oriente, subrayada por la renuencia de Obama a apoyar a la oposición siria moderada en cualquier forma útil, también ha sido perjudicial.

Un segundo interrogante es en qué medida un Al Qaeda renaciente representa una amenaza para Occidente. La idea recientemente popular del “lobo solitario” de origen local, y de que los yihadistas violentos de hoy realmente están interesados sólo en combatir batallas locales, ahora parece errónea.

Algunos de los combatientes extranjeros en Siria morirán. Otros se sentirán felices de regresar a una vida más tranquila en Europa o Estados Unidos. Sin embargo, una parte importante de ellos se llevará su entrenamiento, experiencia y contactos a casa, dispuestos a usarlos cuando llegue el momento, como seguramente sucederá. Hay pocas dudas de que los occidentales que trabajan o viven en regiones donde el yihadismo es fuerte lo estarán haciendo a un mayor riesgo que nunca.

El interrogante final es si se puede hacer algo para revertir de nuevo la ola. La respuesta es seguramente sí.

“Guerra contra el terrorismo”

Cuando Bush declaró su “guerra contra el terrorismo”, su intención era el derrocamiento de los regímenes que patrocinaban el terrorismo. Hoy, el énfasis debería ser apoyar a los gobiernos débiles y en ocasiones desagradables en Irak, Libia, Mali, Níger, Somalia, Yemen y otras partes que están tratando de combatir a Al Qaeda. Incluso Kenia y Nigeria pudieran hacerlo con más ayuda. Eso no significa una fuerte presencia militar en el terreno, sino más bien asistencia en inteligencia, logística e incluso fuerzas especiales y apoyo aéreo.

Más que todo, significa más ayuda para entrenar a las fuerzas de seguridad locales, modernizar las administraciones y estabilizar las economías a menudo frágiles.

El aspecto más desalentador del renacimiento de Al Qaeda es el grado al cual su perniciosa ideología, ahora impulsada por los fracasos de la primavera árabe, continúa extendiéndose a través de las madrassas, las mezquitas y los sitios web y canales de televisión yihadistas. Sigue fluyendo el dinero de los árabes del Golfo ricos, supuestamente amigos de Occidente, para financiar estas actividades y otras peores.

Se debería ejercer más presión sobre sus gobiernos para que se ponga fin a esto. Pese a todo el supuestamente enorme poderío blando de Occidente, ha sido ineficaz en sus esfuerzos para ganarse a los musulmanes moderados en la batalla más importante de todas, la de las ideas.

 

Verdad incómoda

la verdad incómoda es que, en los últimos 18 meses, pese a los incesantes golpes que ha recibido y las derrotas que ha sufrido, Al Qaeda y sus aliados jihadistas han protagonizado un regreso extraordinario.