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  • The Economist

Conforme se acercaba la noche del 30 de septiembre, todos en el Capitolio se culpaban unos a otros por el inminente cierre del gobierno de Estados Unidos. Para un mundo perplejo, las recriminaciones parecían no reflejar lo importante.

Cuando uno está forcejeando al borde de un acantilado, el gran interrogante no es “¿Quién tiene razón?”, sino “¿Qué están haciendo al borde del precipicio?”

La suspensión en sí es agobiante, pero tolerable. Los servicios de seguridad seguirán en servicio, los jubilados seguirán recibiendo sus cheques y los astronautas en la Estación Espacial Internacional podrán seguir respirando. Unos 800,000 empleados no esenciales en agencias federales, de alrededor de 2.8 millones, están siendo enviados a casa, mientras que a otros 1.3 millones se les está pidiendo que se afanen sin salario. Las tareas no urgentes serán pospuestas hasta que se llegue a un acuerdo y el dinero comience a fluir de nuevo. Si eso sucede rápidamente, el daño económico será modesto: quizá entre 0.1 y 0.2 por ciento de la tasa de crecimiento del cuarto trimestre por cada semana que las actividades del gobierno estén suspendidas.

Un síntoma

El problema es que la suspensión es un síntoma de un problema más profundo: El proceso legislador federal está tan polarizado que se ha llegado a paralizar. Si los dos partidos no pueden limar sus diferencias para alrededor del 17 de octubre, se avecinará el desastre.

Las batallas en torno al gasto no son inusuales. En realidad, el Congreso no ha aprobado un presupuesto a tiempo desde 1997. Sin embargo, esta batalla representa algo nuevo. Los republicanos en la Cámara de Representantes están bloqueando el presupuesto no porque objeten sus contenidos, sino porque están en contra de algo totalmente distinto: la reforma del sistema de salud del Presidente Barack Obama, una gran parte de la cual empezó a operar esta semana.

La demanda original era quitar todo el financiamiento al Obamacare. En otras palabras, querían que los demócratas estuvieran de acuerdo con eliminar el mayor logro de su propio presidente. Eso nunca iba a suceder. Conforme se acercaba la fecha límite para un acuerdo sobre el presupuesto, los republicanos redujeron sus demandas: En vez de retirar el financiamiento al Obamacare, dijeron que su mandato para que los individuos compraran su seguro de vida o pagaran una multa debería ser retrasado un año.

Eso podría sonar más razonable, pero no lo es, por dos razones.

Primera, retrasar el mandato pudiera causar estragos en toda la reforma. El Obamacare se basa en dos pilares. Todos están obligados a tener seguro, y las firmas aseguradoras tienen prohibido cobrar más a las personas porque ya estén enfermas. Si sólo aplicara la segunda regla, los enfermos se apresurarán a comprar el seguro pero los sanos esperarán hasta enfermar antes de hacerlo. Las aseguradoras tendrán que elevar las primas para no ir a la quiebra, lo que haría que la cobertura no fuera asequible sin enormes subsidios. El Obamacare entrará en una espiral mortal y posiblemente colapse. Para algunos republicanos, ese es el objetivo.

La segunda razón es que los republicanos están estableciendo un precedente que, si siguiera, haría ingobernable a Estados Unidos. Los votantes han considerado apropiado dar a su partido el control de uno de los poderes del gobierno, la Cámara de Representantes, mientras entregan a los demócratas la Casa Blanca y el Senado. Si un partido con un mandato electoral tan modesto amenaza con suspender el gobierno a menos que la otra parte revoque una ley que no le gusta, la legislación aparentemente establecida siempre será vulnerable a la revocación por parte de la minoría. Washington estará permanentemente paralizado y Estados Unidos estará condenado a una incertidumbre crónica.

Al límite

Y empeora. A fines de este mes, el gobierno federal alcanzará su límite de endeudamiento legal, conocido como “tope de deuda”. A menos que el Congreso eleve ese tope, el Tío Sam pronto será incapaz de pagar todas sus cuentas.

En otras palabras, a menos que las dos partes puedan trabajar juntas, Estados Unidos tendrá que elegir cuál de sus obligaciones no cumplir. Podría reducir el gasto tan profundamente que causaría una recesión, o bien podría no pagar sus deudas, lo cual sería aún peor e inimaginablemente más dañino que una mera suspensión del gobierno. Nadie en Washington está tan loco, ¿cierto?

Estados Unidos disfruta del “exorbitante privilegio” de imprimir la divisa de reserva del mundo. Su deuda gubernamental es considerada un refugio seguro, lo cual es la razón de que el Tío Sam pueda pedir prestado tanto, y tan barato. Estados Unidos no perderá estas ventajas de la noche a la mañana, pero cualquier cosa que socave su dignidad de crédito – como lo hace seguramente la farsa en Washington – corre el riesgo de causar un daño indecible en el futuro.

No es sólo que Estados Unidos tenga que pagar más por endeudarse. Las repercusiones de un incumplimiento de pagos estadounidense serían mundiales e impredecibles.

Amenazaría a los mercados financieros. Como los valores del Tesoro de Estados Unidos son líquidos y seguros, se emplean ampliamente como colateral. Son más del 30 por ciento del colateral que las instituciones financieras como los bancos de inversión usan para pedir prestado en el mercado de “recompras tripartitas”, una fuente de financiamiento de un día para otro. Un incumplimiento de pagos desencadenaría demandas por parte de los prestamistas de más colateral o un colateral diferente. Eso causaría un ataque cardiaco financiero como el provocado por el colapso de Lehman Brothers en 2008.

En suma, incluso si el Obamacare fuera tan malo como los tipos del “Tea Party” dicen que es, seguiría siendo imprudente usar el tope de deuda como una ficha de negociación para forzar a su revocación, como sugieren algunos republicanos.

¿Qué se puede hacer? A corto plazo, los representantes republicanos necesitan corregir sus prioridades. Deberían aprobar una resolución de presupuesto clara sin tratar de volver a pelear viejas batallas en torno al Obamacare. También deberían votar para elevar el tope de deuda o, mejor aún, abolirlo. Si el Obamacare realmente resulta ser un fiasco y los republicanos ganan la presidencia y el Senado en 2016, pueden revocarlo a través del proceso legislativo normal.

A largo plazo, Estados Unidos necesita hacer frente a la polarización. El problema es especialmente agudo en la Cámara Baja, porque muchos estados permiten que los políticos tracen sus propios mapas electorales. Poco sorprendentemente, tienden a trazar distritos ultra seguros para sí mismos. Esto significa que un congresista típico no teme perder una elección general, pero le aterroriza un desafío en las primarias. Por tanto, muchos consienten a los extremistas en su propio bando en vez de forjar acuerdos centristas sensatos con el otro.

Esta no es forma de dirigir a un país. Las reformas electorales, como permitir que comisiones independientes tracen los límites de los distritos, no harían repentinamente gobernable a Estados Unidos, pero ayudarían.

Es hora de menos emociones fuertes y más sentido común.

 

Repercusiones impredecibles

No es sólo que Estados Unidos tenga que pagar más por endeudarse. Las repercusiones de un incumplimiento de pagos estadounidense serían mundiales e impredecibles.