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La noticia de que el presidente fuera súbitamente hospitalizado provocaría preguntas en cualquier país. ¿Cuán grave es realmente la enfermedad? ¿Cuánto tiempo llevará la convalecencia? Lo más importante, ¿qué tal si la salud del líder se deteriora?

Esas preocupaciones son especialmente intensas en Argentina, donde en sus seis años en el poder la Presidenta Cristina Fernández ha establecido un estilo de gobierno altamente personalizado y a menudo poco ortodoxo; y donde, el 8 de octubre, se sometió a cirugía de emergencia para drenar una acumulación de sangre cerca de su cerebro.

La historia comenzó el 5 de octubre, cuando Fernández ingresó en un hospital quejándose de un ritmo cardiaco irregular y dolores de cabeza.

Sangrado

Los exámenes revelaron el sangrado, aparentemente causado por una lesión anterior. Ya que Fernández no había revelado ningún accidente previo, los argentinos se sorprendieron cuando Alfredo Scoccimarro, su secretario de prensa, mencionó con indiferencia que la presidenta también había sido hospitalizada en agosto. Aparentemente, el accidente ocurrió cuando la mandataria se cayó y se golpeó la cabeza el día siguiente de que su partido Frente para la Victoria (FPV) fuera derrotado en elecciones primarias nacionales, la votación preliminar antes de las inminentes elecciones congresionales intermedias.

El 7 de octubre, Fernández fue llevada apresuradamente de nuevo al hospital. Sus médicos, que anteriormente le habían aconsejado descansar, decidieron operar. Lo hicieron el 8 de octubre, y ahora se dice que la presidenta se está recuperando. Ya que había instruido a su equipo no revelar todas las conclusiones de sus exámenes médicos, sin embargo, es incierto el estado exacto de su salud. Las dudas sobre su futuro siguen siendo cruciales.

Para empezar, se desconoce cuánto tiempo Fernández estará incapacitada. Como mínimo, es probable que se pierda las elecciones intermedias del 27 de octubre. Antes de su operación había estado haciendo campaña con su celo usual, incluyendo la organización de una oportunidad para que uno de sus candidatos se fotografiara con el Papa Francisco. Sin embargo, los resultados de las primarias de agosto y sondeos recientes sugieren que el FPV obtendrá peores resultados que nunca antes en sus 10 años de existencia como partido, desacreditado como está por la alta inflación y otros males económicos.

¿Ventaja política?

Es poco claro cómo afectarán el resultado los acontecimientos de esta semana. En el pasado, Fernández ha usado su vulnerabilidad para obtener ventaja política. Después de la muerte en 2010 de su esposo y predecesor, el Presidente Néstor Kirchner, sus índices de aprobación subieron. Al año siguiente, tradujo esta flujo de simpatía en una afluencia de votos, asegurándose un sin precedentes 54 por ciento de los votos en su reelección.

Es poco probable que sea tan afortunada esta vez. Según un sondeo de Polldata, una firma de investigación, sólo 15 por ciento de los encuestados pensó que la frágil salud de la mandataria se traduciría en más votos para su partido. Juan Cruz Díaz de Cefeidas, una consultora de riesgo político, dice que el “efecto simpatía” probablemente será fuerte sólo entre las personas que ya la apoyaban.

Otros dos factores están trabajando en su contra. Primero, éste es sólo el más reciente de la serie de problemas de salud de la presidenta. En enero de 2012, quedó fuera de acción por varias semanas después de ser erróneamente diagnosticada con cáncer de tiroides. Los acontecimientos de esta semana alimentarán las sospechas de que no está físicamente apta para gobernar.

El segundo factor negativo es el sistema centralizado de gobierno que Fernández ha creado. Ha llenado su gabinete con títeres obsequiosos – “lamebotas”, como dirían los argentinos – y por tanto ha formado una administración que no puede existir sin ella. Ante la posibilidad de que tuviera que hacerlo, la tensión en Argentina es alta.

La reputación del hombre que actuará como presidente mientras ella convalece bien podría resultar especialmente perjudicial para Fernández y su FPV

Amado Boudou, su melenudo vicepresidente, le ayudó a ganar la reelección en 2011 rasgueando su guitarra por todo el país. Ahora, sin embargo, tiene la peor reputación de cualquier miembro del gobierno. El año pasado, enfrentó denuncias de enriquecimiento ilegal y tráfico de influencias. Los fiscales no ofrecieron evidencia convincente para sustentarlas, y Boudou niega cualquier mala acción, pero su papel temporal le recordará a los argentinos el embrollo.

En vez de aliviar la ansiedad provocada por la salud de su jefa, es probable que Boudou la agrave.

Todo esto pudiera tener consecuencias perdurables. Antes de su operación, circulaban rumores de que, si se conseguía el requisito de dos tercios de la mayoría en el Congreso, Fernández trataría de cambiar la Constitución para que le permitiera postularse para un tercer mandato presidencial en 2015. Esa idea ahora parece fantástica. En vez de ello, el poder de Fernández en los dos últimos años de su mandato podría resultar tan frágil como su salud.