•   Estados Unidos  |
  •  |
  •  |
  • The Economist

Imagine descubrir un estímulo único para la economía del mundo. Revitalizaría a las empresas, incrementaría las ventas y la productividad. Facilitaría el acceso al crédito e incrementaría el rango y la calidad de los productos en las tiendas mientras se mantendrían los precios bajos.

¿Qué bebida energética económica tiene posibilidad de ofrecer todos estos beneficios? La globalización.

Sin embargo, en los últimos años la tendencia hacia una mayor apertura ha sido reemplazada por un entusiasmo por erigir barreras, principalmente en detrimento del mundo.

No hace mucho tiempo, las fuerzas gemelas de la tecnología y la liberalización parecían destinadas a conducir aún mayores volúmenes de capital productos y personas a través de las fronteras. Cuando la crisis financiera mundial estalló en 2008, esa presunción fue reemplazada por temores de una repetición de los años 30. No se cumplieron, al menos en parte porque el mundo había aprendido de esa década terrible la lección de que el proteccionismo empeora una mala situación.

Sin embargo, tuvo lugar un cambio más sutil. La globalización sin trabas ha sido reemplazada por un tipo más selectivo. Los formuladores de políticas se han vuelto más exigentes sobre con quién comercian, cuánto acceso conceden a los inversionistas y bancos extranjeros, y qué tipo de capital admiten. No han erigido muros impermeables, pero están erigiendo verjas.

Razones cíclicas

Eso es más obvio en los mercados de capital. Los flujos de capital mundiales cayeron de 11 billones de dólares en 2007 a un tercio de esa cantidad el año pasado. la declinación ha sucedido en parte por razones cíclicas, pero también porque los reguladores en Estados Unidos y Europa, tras ver terminar en desastre las aventuras extranjeras de los bancos, han buscado proteger sus sistemas financieros. Los controles de capital han encontrado respetabilidad en el mundo emergente porque ayudaron a aislar a países como Brasil de las afluencias desestabilizadoras del dinero caliente.

Usados con moderación, los controles de capital pueden hacer a los sistemas financieros menos vulnerables al contagio, y hacer menos perjudiciales las crisis. No obstante, los gobiernos no deben olvidar los beneficios de la apertura financiera. La competencia de bancos extranjeros fuerza a los nacionales a competir más duro. Proteger a los bancos e imponer controles de capital evita el contagio, pero también atrapa a los ahorros en países que les pueden dar poco uso.

El proteccionismo comercial no puede utilizar las justificaciones que en ocasiones usan los controles de capital. Afortunadamente, la Organización Mundial de Comercio, el vigilante comercial, evita un proteccionismo más ostentoso, pero los gobiernos han desarrollado métodos solapados para evitar su ira. Nuevos impedimentos – subsidios a empresas nacionales, requisitos de contenido local y falsos requisitos de salud y seguridad, por ejemplo – han cobrado popularidad. Según la Alerta Comercial Mundial, un servicio de monitoreo, al menos 400 nuevas medidas proteccionistas han sido impuestas cada año desde 2009, y la tendencia está en aumento.

Los grandes mercados emergentes como Brasil, China, India y Rusia han mostrado un enfoque más intervencionista ante la globalización que depende de la política industrial y el crédito dirigido por el gobierno para dar una ventaja a los vendedores nacionales. La política industrial disfruta de más respetabilidad que los aranceles y la cuotas, pero eleva los costos para los consumidores y pone en desventaja a las empresas extranjeras más eficientes. El Instituto Peterson estima que los requisitos de contenido local costaron al mundo 93,000 millones de dólares en comercio perdido en 2010.

Los intentos para restablecer el ímpetu del libre comercio a nivel mundial zozobraron con la ronda de conversaciones comerciales de Doha. En su lugar, los gobiernos están intentando hacerlo a través de acuerdos de libre comercio regionales. La idea es que clubes comerciales más pequeños hacen más fácil enfrentar los temas políticamente divisivos. El Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) que Estados Unidos, Japón y otros 10 esperan concluir este año, pretende establecer las reglas para la protección de la propiedad intelectual, la inversión, las empresas y servicios estatales.

Libre comercio

Los acuerdos de libre comercio regionales tienen sus pros y sus contras. Bien diseñados, pueden impulsar la liberalización, reduciendo las barreras en nuevas áreas y estimulando la acción en conversaciones multilaterales. Mal hechos, podrían desviar en lugar de ampliar el comercio. Los grandes acuerdos de hoy probablemente son positivos, pero quizá no cumplan con su promesa: En el apresuramiento por firmar un acuerdo, los participantes del TPP probablemente aceptarán exceptuar al tabaco, el azúcar, los textiles y los productos lácteos, disminuyendo el convenio final.

Erigir verjas no causa mucha indignación, pero vale la pena recordar que se están perdiendo oportunidades. En 2013, el valor de las exportaciones de bienes y servicios ascenderá a 31.7 por ciento del PIB mundial. Algunas grandes economías comercian mucho menos: Las exportaciones totales de Brasil son de sólo 12.5 por ciento del PIB. Incrementar esa proporción estimularía directamente la productividad.

El comercio en servicios es mucho menor que en productos e, incluso en productos, sobreviven niveles vergonzosos de proteccionismo. Estados Unidos impone un arancel de 127 por ciento a los sujetadores de papel chinos, por ejemplo, mientras que Japón aplica un arancel de 778 por ciento al arroz. La protección es peor en el mundo emergente. Los aranceles de Brasil son, en promedio, cuatro veces más altos que los de Estados Unidos, los de China son tres veces más elevados.

En el último año, el costo de los impedimentos al comercio se ha vuelto más claro. Pocos países han erigido más barreras que Brasil , India y Rusia, y el crecimiento en los tres ha sido decepcionante, y dos de los tres han sufrido significativas caídas en sus divisas.

Apertura

Algunos países han considerado el costo y se están abriendo. Los nuevos líderes de China están inclinándose hacia normas más relajadas para el capital extranjero y están respaldando una campaña a favor de un modesto acuerdo mundial. México planea readmitir a los inversionistas extranjeros en su industria petrolera en un esfuerzo por estimular la producción. Japón espera que el TPP sacuda a sus sectores ineficientes, complementando el estímulo fiscal y monetario.

Sin embargo, el destino de la globalización depende más de Estados Unidos. Durante los últimos 70 años, ha usado su influencia para presionar al mundo para que se abra. Ahora esa influencia se ve amenazada por el creciente papel de China y por las divisiones internas de Estados Unidos. La decisión del Presidente Barack Obama de no asistir a una cumbre de líderes del Asia-Pacífico en Bali, para enfrentar el cierre del gobierno en su país, estuvo rebosante de simbolismo, dado que los presidentes de China y Rusia se las arreglaron para asistir.

Obama debe reafirmar el liderazgo económico de Estados Unidos concluyendo un TPP, incluso uno con imperfecciones, y forzar su aprobación en el Congreso. La moribunda economía mundial necesita parte de la magia que puede ejecutar la globalización.

 

Proteccionistas

Según la Alerta Comercial Mundial, un servicio de monitoreo, al menos 400 nuevas medidas proteccionistas han sido impuestas cada año desde 2009, y la tendencia está en aumento.