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  • The Economist

Cuando El Presidente Nicolás Maduro fue ungido en diciembre como sucesor elegido del difunto Presidente Hugo Chávez, heredó un país dividido, una economía arruinada y un sistema corrupto; en suma, una revolución fallida. Seis meses después de que ganó por estrecho margen una elección que la oposición afirma estuvo plagada de fraude, sigue sin ser claro a dónde quiere llevar a su país.

Sin embargo, debe hacer algo.

La economía requiere tratamiento de emergencia. La inflación se sitúa en 49 por ciento, un nivel no visto en ningún país latinoamericano grande desde los años 90. Los productos básicos como harina y papel de baño escasean. El déficit fiscal es de alrededor de 10 por ciento del PIB. Aun cuando Venezuela es el noveno mayor exportador petrolero del mundo, los dólares son escasos. Las reservas líquidas del Banco Central son suficientes para sólo las importaciones de unos cuantos días. En el mercado negro, el dólar se cambia a siete veces el tipo de cambio oficial.

Restablecer la salud de la economía de Venezuela requiere desmantelar la destartalada estructura de intervención y controles erigida por Chávez. A corto plazo, la única manera de salir adelante es otra devaluación para poner fin al racionamiento de divisas.

Cambios

Este mes, Maduro ha intervenido en dos formas. Ha retirado al ministro de Finanzas, Nelson Merentes, que había mostrado signos de aceptar la devaluación, del cargo de vicepresidente económico, entregando ese papel a Rafael Ramírez, quien dirige PDVSA, el monopolio petrolero estatal.

Maduro también ha pedido a la Asamblea Nacional el poder de gobernar por decreto. Dado que a su Partido Socialista Unido Venezolano le falta sólo un escaño de la mayoría de tres quintas partes requerida para aprobar esta medida, es probable que lo consiga. Un legislador opositor ya ha sido suspendido por motivos inventados. Maduro afirma que necesita este poder para combatir la corrupción y el “sabotaje” económico, del cual culpa a la oposición y a Estados Unidos.

Sin embargo, incluso él debe saber que estos problemas son auto-infligidos. Entonces, ¿cuál es la verdadera explicación para la apropiación del poder?

La opinión optimista es que Maduro quiere reformar la economía por decreto. Ramírez quizá también favorezca la devaluación, que daría a PDVSA más bolívares por sus petrodólares y a él más poder.

Los pesimistas explican la medida como política baja, parte de los continuos esfuerzos de Maduro por dominar a las diferentes facciones del chavismo, que incluyen a Cuba, su principal aliado extranjero. Según esta interpretación, Maduro y Ramírez están uniéndose contra el tercer miembro de la trinidad profana que tiene influencia en Caracas, Diosdado Cabello, que encabeza la Asamblea Nacional y cuyos poderes se verán disminuidos, al menos temporalmente, al legislar por decreto.

Cualquiera que sea la razón, el decreto es otro paso atrás para la democracia venezolana. Maduro ya ha usado la campaña anticorrupción para hostigar a la oposición, aun cuando es su gobierno el que está saqueando al país, y ha intensificado la lenta asfixia de la libertad de los medios iniciada por Chávez. Sus oponentes temen que pudiera usar sus nuevos poderes para manipular o cancelar las elecciones locales programadas para diciembre, las cuales, según sugieren sondeos de opinión, el gobierno perdería.

Elecciones

La prueba final de cualquier democracia es si la gente puede votar libremente para derrocar a un gobierno impopular. Eso es lo que está en juego en diciembre, en una elección legislativa programada para 2015 y, potencialmente, en un subsecuente referendo de destitución sobre Maduro. Si Maduro suspende o manipula las elecciones, Venezuela sería expulsada de varias organizaciones regionales de Latinoamérica.

La persona que encabezaría este esfuerzo es la Presidenta Dilma Rousseff de Brasil. Evidentemente, ella está dispuesta a usar la fuerza de Brasil en la región: Se unió con Chávez el año pasado para suspender a Paraguay del pacto comercial Mercosur después de que impugnó a su presidente izquierdista, de acuerdo con lo contemplado por la Constitución, pero con una prisa impropia. Tristemente, sin embargo, el gobierno de Brasil se ha mostrado demasiado feliz de abrazar a sus colegas izquierdistas en Caracas y retomar las actividades que las compañías venezolanas están perdiendo por la mala administración económica.

Rousseff ha seguido ese camino por demasiado tiempo. Como la principal demócrata de la región, debería asumir una postura de principios si Maduro hace travesuras inconstitucionales.

 

La receta

Restablecer la salud de la economía de Venezuela requiere desmantelar la destartalada estructura de intervención y controles erigida por Hugo Chávez.