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  • The Economist

Cuando sus colegas se quejen de que las reuniones no logran nada, siléncielos con estas palabras de plomo: “tercera sesión plenaria del onceavo comité central”.

Esta reunión de cinco días del Partido Comunista, celebrada en diciembre de 1978, finalmente cambió a China. Dos años después de la muerte de Mao Zedong, puso al tres veces purgado Deng Xiaoping al timón, elevó la importancia del sustento por encima de la lucha de clases, relajó los controles estatales y condujo a la apertura de China al comercio extranjero y la inversión. En un gesto hacia la izquierda, aún se aferró a las “comunas populares” en el campo que habían conducido a la inanición masiva bajo el liderazgo de Mao; pero, con Deng a cargo, pronto se desenmarañaron.

Las consecuencias afectaron a una gran parte de la humanidad. Los ingresos anuales eran entonces de 200 dólares per cápita, mientras que hoy son de 6,000 dólares. Para el resto del mundo, todo lo que el pleno logró está contenido en una frase: “el ascenso de China”.

El 9 de noviembre, el jefe del partido y presidente estatal de China, Xi Jinping, reunirá otro cónclave en Pekín, el tercer pleno del décimo octavo comité central. Esas sesiones plenarias tienen lugar al menos cada año, mientras que los comités centrales, que incluyen a los alrededor de 370 burócratas principales del país, son elegidos en un congreso partidista quinquenal, el más reciente en 2012.

Reunión secreta

Esta reunión, en un hotel operado por el ejército en la capital, será tan secreta como siempre. Como en 1978, pasarán meses o incluso años antes de que la importancia total del pleno se vuelva clara. Sin embargo, Xi ha estado diciendo a los líderes extranjeros que la próxima sesión será la más importante para China desde 1978, dando indicios de un cambio trascendental.

Ciertamente resultará trascendental si XI es radical en dos áreas que están reclamando una reforma: las empresas estatales, con el sistema financiero que las apuntala, y el campo, donde los agricultores aún carecen de derechos claros sobre sus tierras.

Las reformas de Deng, y otras adicionales en 1993 que condujeron a que China se uniera a la Organización Mundial de Comercio, fueron poderosas, pero han tomado su cauce. China ya no tiene una mano de obra barata ilimitada. Las empresas estatales, poderosas pero ineficientes, sofocan la competencia y acaparan los recursos financieros. Una enorme mala asignación del capital pone en desventaja a las empresas privadas y a los ahorradores comunes.

Esto pone en peligro al vigoroso crecimiento económico de China, y eso importa a un partido cuya legitimidad desde 1978 ha radicado en dar resultados. Así que cuando Xi habla de un “plan maestro” para la reforma y de una “revolución profunda”, probablemente lo hace en serio. Él y el reformista Primer Ministro Li Keqiang han reunido a un grupo impresionante de asesores orientados al mercado. Además, tras aplastar a las fuerzas de Bo Xilai, otro aspirante al poder izquierdista que ahora languidece en la cárcel, Xi parece tener más autoridad que cualquier líder desde Deng.

Cuando se trata de las empresas de propiedad privada, la privatización lamentablemente no está en la agenda. Sin embargo, Xi debería hacerlas más comerciales y responsables. Mejor sería entregar la propiedad al Fondo de Seguridad Social Nacional, establecido para atender a la sociedad en rápido envejecimiento, el cual pudiera luego designar a directores para administrar a las empresas estatales para beneficio de los futuros retirados. También debería forzar una mayor competencia reduciendo el acceso preferencial de las empresas estatales al financiamiento barato.

Al tiempo de recortar los privilegios de las empresas estatales, Xi debería adoptar medidas adicionales para liberalizar las tasas de interés, los tipos de cambio y los flujos de capital. Esto allanaría el camino para que la divisa de China eventualmente se volviera totalmente convertible, lo cual es vital para que sea una potencia económica madura.

La segunda área para el cambio profundo – el campo, es, a largo plazo, aun más importante. Esto es en parte porque casi la mitad de los 1,400 millones de habitantes de China aún viven ahí. El problema inmediato, sin embargo, es que la falta de reforma rural está conectada con una crisis en el financiamiento de los gobiernos locales.

El gobierno central ha devuelto aún más responsabilidades de gasto a los gobiernos locales, especialmente después de un enorme estímulo fiscal ordenado en 2008 tras la crisis financiera mundial. No obstante, tienen escasos medios para recaudar ingresos; de ahí la necesidad de un impuesto a la propiedad para crear una fuente estable de ingresos.

Confiscaciones

Durante demasiado tiempo, los jefes partidistas locales han basado sus finanzas, y su enriquecimiento personal, en la confiscación de las tierras de los agricultores y su venta a los desarrolladores. Los efectos benéficos, como una ola de pobladores del campo que buscan una vida mejor en las ciudades, se ven amenazados por los perjudiciales. Los trabajadores migrantes en las ciudades son tratados como ciudadanos de segunda clase, desempeñando los empleos menos seguros y siendo excluidos de viviendas, escuelas y atención médica adecuadas. Los agricultores que se quedan en sus tierras siguen a merced de los tiranos partidistas locales. La compensación inadecuada y la falta de títulos de propiedad claros son las mayores quejas de los agricultores.

Xi debería dar a los campesinos de China las libertades por las cuales se supone pelearon los comunistas. Las reformas agrarias que siguieron al pleno de 1978 liberaron a las comunas pero les negaron otros derechos. No pueden vender sus campos o, excepto a otros aldeanos, sus casas. No pueden hipotecar sus tierras o sus casas. En comparación, millones de residentes urbanos registrados se han vuelto orgullosos propietarios de sus casas gracias a la amplia privatización de las viviendas urbanas a fines de los 90.

Dar a los agricultores derechos plenos sobre sus tierras y viviendas tendría grandes efectos positivos. Más de ellos se mudarían a la ciudad, especialmente si se abolieran también las restricciones sobre el registro de hogares urbanos, impulsando las esperanzas de cambiar una economía basada en la inversión hacia el consumo. Quienes se quedaran disfrutarían de la relativa libertad ante la interferencia partidista en sus vidas cotidianas de que ya gozan los residentes urbanos.

Sería una revolución profunda y popular, pero ¿Xi puede enfrentar a la oposición? En 1978, Deng venció a los defensores de la economía de planificación central convirtiendo a las provincias en promotoras del crecimiento económico. La descentralización es responsable de algunos de los problemas locales de hoy, incluido el embrollo fiscal, de manera que Xi no puede reclutar a las provincias para esta revolución sin absolverlas de sus deudas de una vez por todas.

Aun entonces, los reaccionarios de hoy son poderosos, e incluyen a beneficiarios del sistema tales como los jefes de las empresas estatales y los miembros corruptos de muchas de las familias comunistas más poderosas del país.

Sin embargo, Xi debe vencerlos si él y su pleno no desean terminar en la historia por las razones equivocadas.

 

Ingresos

El Estado de China tiene escasos medios para recaudar ingresos; de ahí la necesidad de un impuesto a la propiedad para crear una fuente estable de ingresos.