•   Estados Unidos  |
  •  |
  •  |
  • The Economist

Si se pregunta a los teóricos de la conspiración quién piensan que dirige realmente al mundo, probablemente señalarán a bancos mundiales como Citigroup, Bank of America y JPMorgan Chase. Gigantes petroleros como Exxon Mobil y Shell también merecerían una mención, o quizá las empresas de productos de consumo que tienen a miles de millones subyugados: Apple, McDonald’s o Nestlé.

Una firma que es poco probable que aparezca en su lista es Blackrock, una administradora de inversiones cuyo nombre casi no suena fuera de los círculos financieros. Sin embargo, es el accionista mayor individual en todas las compañías enlistadas arriba. Posee una participación accionaria en casi todas las compañías cotizadas públicamente, no sólo en Estados Unidos sino mundialmente.

Su alcance se extiende más allá: a los bonos corporativos, la deuda soberana, las mercaderías, los fondos compensatorios y más. Fácilmente, es el mayor inversionista en el mundo, con 4.1 billones de dólares de activos controlados directamente, casi tanto como todos los fondos de capital privado y compensatorios en conjunto, y otros 11 billones de dólares que supervisa a través de su plataforma de operaciones, Aladdin.

Establecido en 1988 por un grupo de expertos de Wall Street encabezados por Larry Fink, Blackrock ha tenido éxito en parte ofreciendo productos de inversión “pasiva”, como fondos cotizados en bolsa (ETF, por su sigla en inglés), los cuales pretenden dar seguimiento a índices como el S&P 500. Estos son alternativas baratas a los fondos mutuales tradicionales, que a menudo hacen más por enriquecer a las administradoras de dinero que a los clientes; aunque Blackrock ofrece también muchos de esos. El sector continúa creciendo rápidamente y Blackrock, en parte a través de su marca iShares, es el mayor competidor en una industria en la cual la escala aporta beneficios. Sus clientes, que van desde fondos de riqueza soberana árabes hasta inversionistas individuales pequeños, ahorran miles de millones en comisiones como resultado.

La otra razón para el éxito de Blackrock es su gestión del riesgo en su cartera activamente administrada. Al principio, por ejemplo, era líder en valores respaldados por hipotecas. Sin embargo, como analizó su nivel de riesgo de código postal en código postal, no sólo evitó un rescate en el caos que siguió al colapso de Lehman Brothers, sino que también asesoró al gobierno estadounidense y otros sobre cómo mantener al sistema financiero en funcionamiento en los días más oscuros de 2008. Seleccionó unidades de gestión de dinero rentables tomadas de instituciones financieras en apuros tras la crisis.

Éxito bien merecido

Comparado con los muchos bancos que están floreciendo gracias sólo a la generosidad del estado, el éxito de Blackrock, basado en ofrecer valor a los clientes y poner atención al detalle, es bien merecido. Sin embargo, cuando los contribuyentes han gastado miles de millones en rescatar a instituciones financieras consideradas demasiado grandes para quebrar, una compañía de 25 años de antigüedad que ha crecido tanto con tanta rapidez causa nerviosismo. Así que los reguladores estadounidenses están considerando designar a Blackrock y a algunos de sus rivales como “sistemáticamente importantes”. La etiqueta podría endilgarles pesados requerimientos regulatorios.

Si la preocupación de los reguladores es evitar una repetición de la última crisis, están ladrándole al árbol equivocado. A diferencia de los bancos, cuyos préstamos y depósitos entran en sus hojas de balance como activos y pasivos, Blackrock es un mero administrador del dinero de otras personas. Tiene control de las inversiones que hace en nombre de otros, lo cual le da gran influencia, pero no conserva las utilidades ni sufre las pérdidas que representan. Mientras que los bancos se tambalean si sus activos pierden incluso una fracción de su valor, Blackrock puede transferir cualquier déficit a sus clientes y por tanto soportar sacudidas mucho mayores.

De hecho, al estar disponible para recoger a bajo costo los activos liberados por vendedores en apuros, se puede decir que un administrador de activos no apalancado estabiliza los mercados en vez de alterarlos.

Sin embargo, para los reguladores que no quieren meramente evitar una repetición del último estallido sino también identificar las fuentes de los futuros peligros sistémicos, Blackrock planea otro tema más sutil, que no concierne a la propiedad de los activos sino a la forma en que se toman las decisiones de compra y venta.

Los 15 billones de dólares en activos administrados en su plataforma Aladdin representan alrededor de 7 por ciento de todas las acciones, bonos y préstamos en el mundo. Como resultado, quienes supervisan a muchos de los fondos de dinero más grandes del mundo ven al mundo financiero, al menos en parte, a través del lente elaborado por Blackrock. Unos 17,000 operadores que trabajan para bancos, compañías aseguradoras, fondos de riqueza soberana y otros dependen en parte de los modelos analíticos de Blackrock para guiar sus inversiones.

Eso es un tributo a los elaborados modelos de gestión de riesgos de Blackrock, pero también es desconcertante. Un principio de los mercados sanos es que una cacofonía de actores diversos lleguen a conclusiones diferentes sobre el precio de las cosas, con base en sus propios análisis idiosincráticos. El valor de cada activo se descubre mezclando todas estas opiniones diferentes en un solo precio.

La asesoría de Aladdin

Un ecosistema que es dominado por una sola línea de pensamiento no es sana, en la política, en la naturaleza o en los mercados. Ese pensamiento grupal en las finanzas es una receta para auges, cuando todos quieren comprar lo mismo, y para desplomes, cuando todos se apresuran a vender. Aunque Aladdin asesora a los clientes sobre las decisiones de inversión en vez de tomarlas, inevitablemente dar forma a la manera en que piensan sobre el riesgo del mercado.

La última crisis tuvo muchas causas. Una de ellas, que quizá queda escondida detrás de todas las demás, fue que los inversionistas dejaron de pensar de manera crítica sobre lo que estaban comprando. Demasiados decidieron confiar en las agencias de calificación de créditos, las cuales les aseguraron, por ejemplo, que era extremadamente improbable que hubiera un incumplimiento de pago en los paquetes de hipotecas de alto riesgo estadounidenses.

Los modelos de Blackrock sin duda son mejores que los modelos inútiles elaborados por Moody’s o Standard & Poor’s antes de 2008, como ha demostrado el relativo éxito reciente de la firma. Sin embargo, que demasiados inversionistas dependan de un solo modelo difunde una ortodoxia poco saludable, y es probable que haga a los mercados más volátiles de lo que serían de otro modo.

Eso probablemente no es un riesgo sistémico tan grave, porque se limitará solo: Entre más dinero siga a Blackrock, más dinero se podrá ganar apostando en su contra.

El verdadero peligro es para los inversionistas. Entre más confíen en el análisis de Blackrock, menor la ventaja cuando las cosas salgan bien y mayor la desventaja cuando las cosas salgan mal; como, un día, eventualmente sucederá.

Hasta entonces, sin embargo, el enfoque decidido de Blackrock sobre dominar el riesgo debe ser elogiado. Si sus colegas en el mundo financiero hubieran tenido el mismo enfoque antes de 2008, mucho del caos de los últimos cinco años se habría evitado.

 

Los 15 billones de dólares en activos que tiene Blackrock y que son administrados en su plataforma Aladdin, representan alrededor de 7 por ciento de todas las acciones, bonos y préstamos en el mundo.