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Ubicadas entre el nacimiento del río Magdalena y el elevado páramo andino, las antiguas estatuas de piedra en San Agustín están entre los artefactos arqueológicos precolombinos más misteriosos. Hasta ahora, los arqueólogos han descubierto 40 grandes montículos funerarios que contienen 600 figuras de animales míticos, dioses y jefes tribales en lo que es el mayor complejo de estatuas megalíticas de Sudamérica.

Como otros sitios en la región, San Agustín ha sufrido el saqueo, organizado e independiente. Konrad Preuss, el antropólogo alemán que encabezó las primeras excavaciones europeas ahí, encontró 35 estatuas y las envió a un museo en Berlín, donde permanecen.

Esta historia ha vuelto suspicaces a los habitantes locales, cuyo medio de ganarse la vida se deriva principalmente de las visitas turísticas al sitio. Esa suspicacia quedó de manifiesto en las protestas en torno a un plan por parte del museo nacional para llevar 20 de las estatuas a la capital, Bogotá, a 10 horas de camino, para una exhibición de tres meses para conmemorar el centenario del descubrimiento del sitio por Preuss.

Preocupaciones

Conscientes de la susceptibilidad ante la remoción de las estatuas incluso temporalmente, los antropólogos del Instituto Colombiano de Antropología e Historia celebraron reuniones de ayuntamiento para explicar la importancia de permitir que sean vistas por un público más amplio. Sin embargo, los residentes locales dijeron que les preocupaba que los objetos no regresaran o fueran cambiados por réplicas. Afirmaron que moverlas alteraría la energía espiritual. Conforme se acercaba la fecha para la exhibición, empezaron a hacer demandas, como pedir un nuevo sistema de agua potable para la ciudad a cambio de permitir partir a las estatuas.

No se llegó a ningún acuerdo. El día del mes pasado en que las esculturas, cuidadosamente envueltas y embaladas, iban a viajar a Bogotá, los residentes locales, respaldados por agitadores foráneos, bloquearon la carretera y evitaron que los trabajadores cargaran los camiones. Los antropólogos cedieron.

“Nunca cruzó por nuestra mente que no confiaran en nosotros con las estatuas”, dice María Victoria de Robayo, directora del museo nacional, que en el pasado ha celebrado exhibiciones temporales de urnas griegas prestadas por el Louvre y de los famosos guerreros de terracota de China.

El museo ha adoptado su propia forma de protesta. La exhibición fue inaugurada, sin estatuas, el 28 de noviembre. Se proyecta luz en el espacio donde habrían estado las estatuas, y los guías usan un programa de realidad virtual y tabletas para mostrar a los visitantes una imagen en 3-D de lo que debía estar ahí.

Debate

“Queríamos que el público en Bogotá percibiera la ausencia”, dice De Robayo.

Es improbable que esto atraiga a multitudes, pero el asunto ha provocado un debate sobre el patrimonio cultural de Colombia. El museo ha adoptado una postura agresiva: La primera exhibición invita a los visitantes a considerar “la vacuidad y el silencio que surgen cuando unas pocas personas reclaman el derecho exclusivo sobre nuestro patrimonio, pisoteando las libertades culturales de todos los colombianos”.

 

Sin exposición

El día en que las esculturas, cuidadosamente envueltas y embaladas, iban a viajar a Bogotá, los residentes locales, respaldados por agitadores foráneos, bloquearon la carretera y evitaron que los trabajadores cargaran los camiones.