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  • The Economist

Imagine que usted estuviera fuertemente endeudado, poseyera una gran cartera de valores y propiedades infrautilizadas y estuviera teniendo problemas para recortar su gasto, al igual que la mayoría de los gobiernos occidentales. ¿Pensaría en deshacerse de algunos de sus activos?

Los políticos impulsan la privatización en diferentes momentos por diferentes razones. En Gran Bretaña, en los años 80, la Primera Ministra Margaret Thatcher la usó para frenar el poder de los sindicatos. Los países de Europa Oriental la emplearon posteriormente para desmantelar las economías centralizadas. Hoy en las economías avanzadas, con el endeudamiento público en su nivel más alto en tiempos de paz, la razón principal es recaudar efectivo.

Los contribuyentes podrían pensar que la mejor plata de la familia ya se ha vendido, pero queda aún mucho en el trastero. Las empresas propiedad del Estado en los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico tienen un valor de alrededor de 2 billones de dólares. Luego están las participaciones accionarias minoritarias en empresas, más 2 billones de dólares más o menos en empresas de servicios públicos y otros activos propiedad de gobiernos locales. Sin embargo, los verdaderos tesoros son los activos “no financieros” – edificios, terrenos y recursos del subsuelo – que el Fondo Monetario Internacional cree tienen un valor de tres cuartas partes del PIB en promedio en las economías ricas: 35 billones de dólares en toda la OCDE.

Ponga un precio al Louvre

Algunos de estos activos no podrían o no deberían ser vendidos. ¿Cuál sería el precio del Louvre, el Partenón o el Parque Nacional Yellowstone? La turbia contabilidad gubernamental hace imposible saber qué parte del total está compuesta por esos tesoros. Es evidente, sin embargo, que la lista general incluye miles de posesiones negociables con poco o nada de valor patrimonial.

El gobierno federal de Estados Unidos posee casi un millón de edificios, de los cuales 45,000 fueron considerados innecesarios o infrautilizados en una auditoría de 2011, y alrededor de una quinta parte del área terrestre del país, debajo de la cual yacen enormes reservas de petróleo, gas y otros minerales. La revolución de la “fracturación hidráulica” (“fracking”, como se le llama en inglés) en la nación ha sido hasta ahora casi totalmente en terrenos privados.

El mayor inventario de valor no aprovechado del Estado griego radica en sus más de 80,000 edificios y terrenos no históricos. Con solo una casa de vacaciones por cada 100 en España, Grecia debería poder tentar a los desarrolladores y otros inversionistas al precio correcto.

Analistas en Price Waterhouse Cooper estiman que Suecia tiene propiedades de propiedad estatal comercializables con valor de entre 100,000 y 120,000 millones de dólares. Si eso es típico de la OCDE, sus gobiernos están sentados sobre tierras y edificios vendibles con valor de hasta 9 billones de dólares, equivalentes a casi una quinta parte de su deuda bruta combinada.

Los gobiernos parecen extrañamente renuentes a aprovechar estas oportunidades de recaudar ingresos. Eso es en parte porque la privatización siempre enfrenta oposición. Sensibilidades particulares rodean a la tierra, como descubrió el Presidente Ronald Reagan cuando su plan para vender extensiones del Oeste de Estados Unidos fue cancelado por una coalición de ecologistas y rancheros que disfrutaban de derecho de pastura, y como encontró el gobierno británico en 2010 cuando ambientalistas frustraron su intento de vender tierras de la Comisión Forestal.

En años recientes, la mayoría de las grandes transacciones, aparte de las reprivatizaciones de bancos rescatados, han tenido lugar en los mercados emergentes. La actividad está empezando a repuntar en Europa: El gobierno británico vendió el Correo Real el año pasado, y está estableciendo un buen ejemplo tanto en transparencia respecto a su tenencia de tierras y propiedades como en su disposición a venderlas. En general, sin embargo, rige la cautela. Italia, por ejemplo, tiene una carga de deuda de 132 por ciento del PIB, sin embargo sus planes de privatización son tímidos, aun cuando el Estado tiene proporcionalmente más que vender que la mayoría de los demás países ricos, con participaciones accionarias corporativas con valor de quizá 225,000 millones de dólares y activos no financieros que valen hasta 1.6 billones de dólares.

Ahora que los mercados han recuperado la compostura, es momento de ser más audaces.

¿Cómo alentar las ventas?

Hay maneras de alentar las ventas. La recolección de datos sobre las propiedades públicas es asombrosamente mala. Es incompleta incluso en Escandinavia, donde los gobiernos se enorgullecen de su apertura. Los gobiernos necesitan tener una mejor idea de lo que tienen. Los registros de terrenos efectivos, que dan certeza a la propiedad, son esenciales: El registro de Grecia sigue siendo un lío. Demasiados gobiernos usan una forma poco confiable de contabilidad “basada en efectivo” que oscurece los costos de poseer una propiedad, y muy pocos producen hojas de balance adecuadas. Una mejor contabilidad haría más fácil establecer qué podría estar mejor en manos privadas.

Los gobiernos también necesitan hacer un mejor uso de lo que quede en sus manos. No hay un solo modelo para la gestión de activos públicos, pero cualquier estrategia exitosa incluiría establecer metas financieras al estilo del sector privado, reemplazar a los compinches con gerentes experimentados y protegerlos de la interferencia política.

No solo esto es bueno en sí mismo, sino que también puede conducir naturalmente a la privatización. Ese fue el caso en Suecia hace una década, cuando la creación de un consorcio administrado profesionalmente para los activos estatales reveló que muchos no eran básicos, lo que condujo a un gran número de ventas por parte de un gobierno de inclinación izquierdista.

La privatización no es una panacea para los gobiernos derrochadores. Vender activos es un evento extraordinario que ofrece solo un breve respiro para los adictos a gastar en exceso; aunque, una vez vendidos, los activos, desde puertos hasta empresas, tienden a generar mucha más actividad económica. También se debe sopesar contra los ingresos perdidos si los activos ofrecen una fuente de ingresos. La Noruega rica en petróleo, por ejemplo, recibe una cuarta parte de sus ingresos gubernamentales de las compañías estatales bien administradas. Vender cuando los mercados están deprimidos es generalmente una mala idea.

Olas de privatización

Los gobiernos también necesitan aprender de los errores cometidos en pasadas olas de privatización. Sin una regulación vigorosa, las ventas enriquecen a los poseedores de información privilegiada y conducen a reacciones negativas. Eso sucedió en Gran Bretaña con el ferrocarril y empresas de servicios públicos y ha sucedido en mercados emergentes con las telecomunicaciones, la banca y más. La venta del Correo Real fue un recordatorio de los riesgos políticos: Si se valúa un activo demasiado alto, el convenio pudiera fracasar; si se valúa demasiado bajo, los contribuyentes se sienten engañados.

Sin embargo, para los gobiernos que hablan en serio de alinear su gasto con los ingresos, la privatización es una herramienta útil. Permite a los gobiernos reducir sus deudas y mejorar sus calificaciones crediticias, por tanto reduciendo sus gastos, y mejora la eficiencia de la economía al impulsar la competencia y al aplicar capital y habilidades del sector privado a los activos recién privatizados.

Thatcher y Reagan usaron la privatización como una herramienta para transformar las empresas de servicios públicos, las telecomunicaciones y el transporte. Sus sucesores del siglo XXI necesitan hacer lo mismo con edificios, tierras y recursos. Hay un enorme valor a la espera de ser liberado.

 

Sin panacea

La privatización no es una panacea para los gobiernos derrochadores. Vender activos es un evento extraordinario que ofrece solo un breve respiro para los adictos a gastar en exceso.

 

Activos invaluables

Algunos de los activos de varios países no podrían o no deberían ser vendidos. ¿Cuál sería el precio del Louvre, el Partenón o el Parque Nacional Yellowstone?