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Antes del amanecer del 4 de enero, los mezquites alrededor de la granja de José Reyes Morín están encendidos con luces de Navidad. Dentro de la casa, el desayuno se come a la luz de las velas. Reyes Morín, un rigorista de las viejas costumbres, no cree mucho en usar la electricidad en casa para algo más que las ocasiones religiosas.

Con el apetito saciado, una veintena de vaqueros y una joven montan caballos flacuchos. “¡Viva Cristo Rey!”, grita Reyes Morín, el comandante de botones plateados del grupo, mientras los jinetes parten para una peregrinación de tres días a la estatua de 23 metros de altura de Cristo Rey, en lo alto de una montaña en el centro de México.

Alguna vez, ese grito podría haberle causado la muerte como un reaccionario católico. Hoy, es un llamado a las tradiciones rurales de fe y resistencia en el centro industrial de México.

Conforme se eleva el sol, el grupo crece. Para la hora del almuerzo, unos 850 jinetes, así como un puñado de mujeres, se encaminan hacia el monumento, visible a muchos kilómetros de distancia. Los sacerdotes que encuentran les recuerdan que están cabalgando siguiendo las huellas de los mártires cristeros, que libraron una guerra de guerrillas contra las fuerzas anticlericales del Presidente Plutarco Elías Calles en 1926-1929. La primera estatua de Cristo Rey fue volada en pedazos por los callistas en 1928. Un veterano, que hizo su primera peregrinación poco después de que ésta comenzó en 1956, recuerda que cuando los primeros peregrinos gritaban “¡Viva Cristo Rey!”, los antagonistas respondían: “¡Viva la Suprema Corte de Justicia!”

Plantas automotrices

Su ruta pasa por la fábrica de General Motors en un estado donde Honda y Mazda también tienen plantas automotrices y donde está surgiendo una clase media urbana. Los peregrinos, principalmente agricultores, tienen diferentes valores. Después de un duro día de cabalgata, duermen con dificultad, usando las sillas de montar como almohadas. Tienen prohibido siquiera una gota de tequila. Antes de irse a dormir se forman por horas para confesarse, de rodillas sobre el pavimento, ante un sacerdote sentado en una silla bajo un poste de luz. A las 5 de la mañana, se despiertan para asistir a misa.

Con bigote, tatuajes, cicatrices y la cabeza afeitada, algunos lucen tan atemorizantes como cualquier bandido. Muchos han trabajado al norte de la frontera como inmigrantes ilegales. La cultura es jerárquica y machista, y la mayoría no permite que sus esposas cabalguen con ellos. Sin embargo, murmuran oraciones con devoción angelical, y su vida gira en torno de sus familias y los caballos.

A lo largo del camino, los niños corren alegremente en busca de los dulces arrojados por los jinetes, y les confían cartas para los Reyes Magos, pidiendo regalos para la Epifanía. Ese día, el 6 de mayo, unos 3,000 jinetes adoloridos por la cabalgata eventualmente ascenderán la ladera adoquinada hasta el Cristo Rey, rezando fervientemente.

Sin embargo, al preguntar dónde poner las cartas de los niños, le dicen a uno que las puede tirar. “Es solo fantasía”, dice un jinete con la brusquedad de un vaquero.

Disputas

Cuando los primeros peregrinos gritaban “¡Viva Cristo Rey!”, los antagonistas respondían: “¡Viva la Suprema Corte de Justicia!”.