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  • The Economist

En 2008, poco después de ganar la competencia para ser anfitrión de las Olimpiadas de Invierno de 2014, el Presidente Vladimir Putin anunció que “al fin Rusia regresaba a la arena mundial como un estado fuerte, un país al que otros escuchaban y que puede alzarse por sí mismo”.

Esta semana será la inauguración de la primera Olimpiada de Rusia desde los Juegos de Verano de 1980 en Moscú. Por orden del presidente, los juegos se celebrarán en Sochi, un inadecuado centro turístico subtropical, y el gobierno ha gastado 50,000 millones de dólares – cuatro veces el costo de las Olimpiadas en Londres en 2012 – en prepararse para el evento. Grandes carteles proclaman: “Rusia, ¡Grandiosa, Nueva, Abierta!” el Sberbank de propiedad del estado ofrece el lema ligeramente amenazador: “Hoy Sochi, mañana el mundo”.

Las celebraciones olímpicas tienen lugar después de un buen año para Putin. En el país, ha sobrevivido a las enormes protestas que saludaron su regreso a la presidencia rusa en 2012. Carente de algún retador serio, se ha sentido lo bastante confiado para liberar a Mijail Jodorkovsky, un oligarca de negocios a quien encarceló en 2003, y a las manifestantes de Pussy Riot.

Poder en el exterior

En el extranjero, Putin ha usado su veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para frustrar las ideas occidentales de intervención militar en Siria, en vez de ello intermediando en un acuerdo sobre armas químicas y patrocinando una conferencia de paz siria. Su aliado brutal, el Presidente sirio Bashar Assad sigue en el poder. Putin se ha consolado un poco por el hecho de que la campaña de la OTAN en Afganistán haya sido tan difícil y frustrante como la que soportó la Unión Soviética hace 30 años, y mucho más larga. Ha elevado el gasto de defensa ruso, y ha dejado a los diplomáticos europeos luciendo torpes al desplegar una mezcla de dinero y amenazas para convencer al Presidente ucraniano Viktor Yanukovych de dar marcha atrás de un acuerdo comercial que estaba preparándose para firmar con la Unión Europea.

Sin embargo, el renacimiento de la fortuna de Putin no es tan impresionante como parece. No es solo que el modelo político de Rusia tenga poco atractivo para otros. Su resurgimiento se ve limitado por una economía corrupta dirigida por el estado que parece estar condenada al estancamiento.

Después de que Putin ascendió a la presidencia en diciembre de 1999, el crecimiento económico era lo bastante fuerte para que Rusia fuera incluido, junto con Brasil, India y China, en el grupo “BRIC” de países de rápido crecimiento. Los ingresos de los rusos subían a la par, y los beneficios de pensiones y beneficencia mejoraban; y se pagaban a tiempo. Esta era una buena parte de la explicación de la popularidad de Putin entre los rusos comunes. Le apoyaban no solo porque prometió fortalecer a Rusia, sino también porque se consideraba que había aportado estabilidad y elevado los niveles de vida después del caos y la ruina de los años 90.

Dependencia

No obstante, este logro se basaba casi totalmente en los precios del petróleo y el gas, que habían aumentado cinco veces desde 1999. La dependencia en las exportaciones energéticas es mayor incluso que bajo la Unión Soviética: Ahora representan 75 por ciento del total contra 67 por ciento en 1980. En 2012, el comercio bilateral total de Rusia con Estados Unidos tuvo un valor de apenas 28,000 millones de dólares, y su comercio con China, pese a una larga frontera compartida y cantidades copiosas de mercaderías que vender, representó solo 87,000 millones de dólares. En comparación, el comercio de Estados Unidos con China tuvo un valor de 555,000 millones de dólares.

Internamente, los altos costos laborales y la baja productividad vuelven poco competitiva a la industria rusa, de manera que la mayoría de los productos en las tiendas del país son importados. La inversión es demasiado baja y el capital sigue saliendo del país, junto con los rusos jóvenes talentosos. Un estado inflado e ineficiente, más las empresas que controla, representan la mitad del PIB.

Además, como indican los costos de Sochi, la corrupción es endémica. Los sobornos y la ineficiencia costaron a Gazprom 40,000 millones de dólares en 2011, según el Instituto Peterson, un grupo de análisis estadounidense. Y una cantidad incluso mayor es absorbida por los oligarcas bien conectados, para ser transferida a países como Gran Bretaña y Suiza que están dispuestos a tolerar a los bandidos a quienes Estados Unidos sensatamente rechaza.

Crece a menor ritmo

Hace 10 años, el presupuesto ruso se equilibraba si el petróleo estaba alrededor de 20 dólares por barril. Hoy, necesita que esté en alrededor de 103 dólares. El precio de la “mezcla de los Urales” ha caído a 108 dólares. Mientras tanto, el nuevo gas de esquisto, al cual Putin adora ridiculizar pero que de hecho ejemplifica el emprendedurismo estadounidense que nunca podría prosperar en su cleptocracia, promete hacer bajar más los precios del petróleo y el gas.

Ahora que los precios de la energía han dejado de subir, las mejores estimaciones del crecimiento del PIB de Rusia han sido reducidas a menos de 1.5 por ciento en 2013 y a 2 por ciento en 2014. Estados Unidos y Gran Bretaña están registrando mejores cifras, y los competidores de Rusia en el BRIC, Brasil, China e India, están creciendo más rápidamente. Rusia está en la misma liga de crecimiento que la decadente zona del euro, los países débiles sobre los cuales Putin expresa desdén.

El problema, como siempre, es la gobernanza. La lista de reformas necesarias es familiar: más competencia, la privatización de empresas estatales, mejor protección para los inversionistas, un sistema legal más confiable y un marco regulador transparente. Sin embargo, el régimen no puede implementar esos cambios, porque ejerce control político solamente controlando la economía. El status quo en Rusia se mantiene a través de los dividendos de los monopolios, las compañías estatales, un sistema judicial maleable, un sistema regulador opaco y empresas que dependen del favor de Putin. En tanto prevalezca el actual sistema político, Rusia seguirá siendo económicamente débil.

Vistos bajo esta luz, los acontecimientos recientes en Ucrania parecen una manifestación de la debilidad de Rusia, y no de su fortaleza. El gobierno represivo y corrupto de Yanukovych se acerca cada vez más al de Putin, al cual se asemeja gradualmente, pero muchos ucranianos no quieren seguir más por ese camino.

Esa es una de las razones por las cuales Ucrania importa tanto a Putin. No es simplemente que, sin ella, su cacareada Unión Euroasiática – una especie de Unión Soviética Ligera – perdería sentido. También es que, si los ucranianos tuvieran éxito en rechazar al modelo Putin-Yanukovych y llevado de vuelta a su país a un camino democrático y europeo, podrían inspirar a los rusos a hacer lo mismo.

Las reuniones deportivas internacionales son divertidas, y ser más astuto que un presidente estadounidense tímido es bueno para la moral. Al final, sin embargo, es la salud de la economía de un país la que determina su destino. La Unión Soviética cayó no solo porque su pueblo rechazara su ideología sino también porque su economía se desmoronó. A menos que Putin pueda hacer trabajar a Rusia, su régimen seguirá el mismo camino.

 

Megainversión

El Gobierno ruso ha gastado 50,000 millones de dólares –cuatro veces el costo de las Olimpiadas en Londres en 2012– en prepararse para las Olimpiadas de Invierno de 2014 en Sochi.