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“El que se cansa, pierde”, decía el lema en la espalda de la playera de Leopoldo López, que estaba encaramado precariamente en el pedestal de una estatua de bronce en el oriente de Caracas, la capital venezolana.

“No he cometido ningún delito”, dijo a decenas de miles de seguidores el 18 de febrero en su primera aparición pública desde que el gobierno había emitido una orden de arresto en su contra. Ante gritos de “¡No!”, anunció que se entregaría ante lo que llamó un “sistema judicial injusto”.

López estaba ofreciendo lo que sería su último discurso público en un largo tiempo. El 12 de febrero, tres personas habían sido acribilladas tras una marcha de protesta que él y otros habían convocado. El gobierno rápidamente lo acusó de conspiración, terrorismo y asesinato. Cuando se entregó, después de pasar a través de un cordón de policías antimotines, fue metido en un vehículo blanco blindado de la Guardia Nacional y llevado a una prisión militar fuera de la capital. Pudiera pasar décadas en la cárcel si es sentenciado.

López encabeza el ala más beligerante de la Unidad Democrática, una alianza de partidos opositores. Como Henrique Capriles, el ex candidato presidencial y líder del ala moderada de Unidad Democrática, predica la no violencia. A diferencia de Capriles, sin embargo, López cree que las manifestaciones pueden provocar un cambio de gobierno. El actual, dice, es incapaz de resolver los problemas del país.

Decadencia

El descontento general, continúa su argumento, puede ser canalizado hacia una acción política efectiva. Bajo el presidente Nicolás Maduro, un izquierdista radical que fue elegido el año pasado después de la muerte de cáncer de su mentor, el presidente Hugo Chávez, la economía venezolana está en plena decadencia. La inflación se está disparando, el valor en el mercado negro de la moneda del país está declinando y los alimentos, las medicinas y otros productos básicos son cada vez más escasos. Para ganar impulso, el campo de López se ha unido con los estudiantes, que habían tomado las calles en demanda de acción para frenar los crímenes violentos.

La respuesta del gobierno a días de manifestaciones opositoras ha sido brutal. Escuadrones antimotines de la Policía y la Guardia Nacional han hecho un uso generoso de las porras y el gas lacrimógeno. Agentes de Sebin, el servicio de seguridad del Estado, y pistoleros vestidos de civiles han disparado balas reales. Docenas de detenidos describen prolongadas golpizas, tortura con electrochoques y amenazas de muerte.

Intimidados por el vigilante de medios del país, las estaciones de televisión y radio han evitado la cobertura en vivo de las protestas, aunque las marchas organizadas por el gobierno reciben abundante tiempo al aire. Veintenas de periodistas han sido golpeados y detenidos o su material ha sido borrado. NTN24, un canal noticioso basado en Bogotá, Colombia, fue retirado de los servicios de televisión de cable y satélite por no cumplir con el apagón noticioso. Los medios estatales reiteraron la afirmación de Maduro de que era víctima de un “complot golpista fascista”, financiado por Estados Unidos. El 17 de febrero, el gobierno ordenó la expulsión de tres funcionarios consulares estadounidenses.

En un discurso triunfalista después del arresto de López, el presidente afirmó haber “contenido el ataque, por ahora”. Sin embargo, las manifestaciones continúan, ya en su tercera semana. Mientras este artículo iba a la prensa, había informes de numerosos casos de violencia, gran parte de ellos llevados a cabo por pandillas pro-gubernamentales armadas llamadas colectivos. Lejos de explotar la división en la Unión Democrática, la represión del gobierno ha forzado a los moderados a tomar las calles en apoyo de López. Capriles ha prometido convocar a su propia marcha en los próximos días.

Incluir a los pobres

Capriles también ha dicho, sin embargo, que es un error crear la expectativa de que el gobierno está a punto de caer. Ha habido manifestaciones en distritos pobres de Caracas, pero los venezolanos menos ricos siguen renuentes a respaldar a la oposición.

“Para que las protestas sean efectivas”, argumenta Capriles, “deben incluir a los pobres”.

No obstante, al arrestar a López, el gobierno quizá haya ido demasiado lejos. Víctima ya bien conocida de la persecución política, la estatura de López seguramente crecerá, tanto en el país como en el extranjero. En 2011, la Corte Interamericana de Derechos Humanos dictaminó que la decisión de prohibirle ocupar un cargo de elección durante seis años era ilegal y ordenó que fuera revertida. El gobierno venezolano se negó a obedecer.

Rufianes en la calle

Iris Varela, la ministra de prisiones, tuiteó alegremente que la oposición le tenía miedo a los colectivos, llamándolos un “pilar fundamental en la defensa de la patria”. No mucho después de que Maduro declaró que nadie que usara armas de fuego estaría actuando dentro de la ley, los mismos irregulares vestidos de negro protagonizaron una incursión armada en las oficinas centrales de Voluntad Popular, el partido de López.

Si no es el presidente, ¿quién está mandando a los rufianes a la calle? Un primer sospechoso es Diosdado Cabello, el intransigente presidente de la Asamblea Nacional. Quizá los dos hombres estén jugando al policía bueno y el policía malo. De cualquier manera, se dice que el descontento dentro del ejército está creciendo. Los repetidos llamados del gobierno a la “unidad” en las fuerzas armadas sugieren que no todo está bien en las barracas.

Quizá no esté detrás de las rejas, pero, atrapado en un ciclo vicioso de radicalización, Maduro parece cada vez más prisionero de los acontecimientos.

 

Reacciones al arresto

Las reacciones internacionales al arresto de Leopoldo López fueron rápidas. José Miguel Vivanco, de Human Rights Watch, un grupo cabildero, dijo que las autoridades venezolanas no habían ofrecido evidencia que vinculara a López con delito alguno, salvo “insultos y teorías de conspiración”. Es poco claro en qué medida Nicolás Maduro realmente tiene el control. Después de que surgieron imágenes de agentes del Sebin aparentemente disparando a los manifestantes, el presidente afirmó que habían desobedecido sus órdenes y destituyó al general a cargo. También intentó distanciarse de los pistoleros en motocicletas favorables al régimen diciendo que esos grupos “no tenían lugar en la revolución”.

 

Ala beligerante

Leopoldo López encabeza el ala más beligerante de la Unidad Democrática, una alianza de partidos opositores en Venezuela.

 

“No he cometido ningún delito”.
Leopoldo López,

dirigente opositor de Venezuela