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Un hombre cae en bancarrota, escribió Ernest Hemingway, gradualmente, y luego súbitamente. Los autócratas pierden el poder de la misma manera, como lo ilustra dramáticamente el destino del recientemente depuesto presidente de Ucrania.

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Su autoridad había menguado desde que estallaron protestas populares contra su régimen espectacularmente corrupto en noviembre pasado. Después del salvaje tiroteo contra veintenas de su propio pueblo en Kiev, la capital de Ucrania, los magnates y generales que antes le apoyaban lo abandonaron y su poder se evaporó. Yanukovych huyó, perseguido esta semana por una acusación de asesinato masivo.

Sus conciudadanos celebraron; algunos de ellos, al menos. El alivio es comprensible: Con la partida de Yanukovych, Ucrania tiene por lo menos la posibilidad de librarse de su versión artificial y postsoviética de democracia a favor de la modalidad genuina. Igualmente, y aterradoramente para Ucrania y sus vecinos, este país de 46 millones de habitantes pudiera implosionar.

La tarea de Occidente

Evitar ese resultado es una tarea urgente para Occidente. Para la Unión Europea, en particular, esta es una posibilidad de demostrar que, pese a todas sus fisuras internas y su inactividad en política exterior, Ucrania es parte de Europa. Colinda con cuatro naciones de la UE. Sus ciudades más grandes – Kiev, Lviv, Odessa – son ejemplos de la civilización europea. Sus problemas, por tanto, también son los problemas de Europa. Muchos ucranianos ya viven y trabajan en la UE, legalmente y de otro modo. La turbulencia económica y política pudieran llevar a muchos más a emigrar.

La turbulencia heredada por Yanukovych – que se dice está en Rusia, quizá habiendo huido en su yate desafortunadamente llamado el Bandido – es grave. La tensión chisporrotea entre los ucranianos que dieron la bienvenida a la revolución y quienes la repudiaron. En Kiev, sus víctimas son lloradas como mártires, mientras que en otras partes la policía antimotines que los combatieron es adorada. Incluso con la buena voluntad absoluta de los extranjeros, la situación sería peligrosa, y la buena voluntad no es tan conspicua en el Kremlin, que apuntaló a la presidencia de Yanukovych y ahora denuncia a quienes lo derrocaron como terroristas.

Mientras tanto, esta nación perennemente mal administrada está casi en bancarrota.

Nido de bandidos

Primero que todo, Ucrania necesita un gobierno nacional legítimo. Los líderes interinos instalados por la Rada, su Parlamento, quizá sean más agradables que Yanukovych, pero la Rada es un nido de bandidos, escasamente más legítima de lo que era él, como han señalado algunos manifestantes, y Rusia.

Es vital que la elección presidente en mayo sea limpia, y se vea que es limpia. Los supervisores occidentales deben ayudar a asegurar eso. El nuevo presidente debería ser alguien no manchado por el ajuste de cuentas y el compadrazgo que han plagado a la política de Ucrania. Esa es una lección de la “Revolución Naranja” de 2004, un evento que pareció anunciar un futuro democrático, pero en vez de ello meramente reestructuró a una elite atrincherada. Yulia Tymoshenko, la dos veces primera ministra que salió de la cárcel cuando Yanukovych huyó, debiera mantenerse alejada de esto.

Quienquiera que gane necesitará ayuda, y no solo del tipo financiero. Cuando no estaba saqueando a su país, Yanukovych estaba socavando a sus tribunales, manipulando su Constitución y hostigando a los medios, instituciones que son una parte tan importante de la democracia duradera como las elecciones. Esa es otra advertencia de la “Revolución Naranja”: Sin los pilares adecuados, las democracias nacientes pueden caer en el mal gobierno. Occidente debe ofrecer su experiencia y recursos para restausarlos.

Urge dinero

Sin embargo, Ucrania también necesita dinero, mucho y urgentemente. Sus finanzas son funestas. Sus reservas de divisas están menguando, su déficit de cuenta corriente está ampliándose y este año se vencen alrededor de 13,000 millones de dólares de pagos de deuda. Es improbable que Rusia cumpla con el rescate de 15,000 millones de dólares que había acordado con Yanukovych en diciembre. Ucrania necesita alrededor de 25,000 millones de dólares para permanecer a flote. Eso debería llegar en dos partes: primero, en varios miles de millones de dólares en préstamos de emergencia para sacar de apuros al país hasta después de su elección, luego un gran paquete multianual, financiado en gran medida a través del Fondo Monetario Internacional.

Por supuesto, el apoyo del FMI conllevará condiciones, como una limpieza de la corrupción desenfrenada de Ucrania, una depreciación de su moneda sobrevaluada y un recorte de sus pródigos subsidios energéticos. El gobierno provisional debería iniciar estas reformas, para restar algo de presión al elegido.

Motivar

Los europeos también pueden ayudar, con asistencia técnica y ofreciendo la mejor motivación para la reforma que pueden ofrecer: la perspectiva, aunque distante, de la pertenencia plena a la UE. Esa idea alarmará a algunos estados miembros, por no mencionar a sus votantes. Sin embargo, deberían ver que incentivar el cambio democrático en este país crucial, y darle la bienvenida en el club europeo si se logra, es de provecho tanto para ellos como para Ucrania.

La UE y sus aliados deberían hacer todo esto porque es lo correcto, en vez de para irritar al presidente Vladimir Putin de Rusia. De todos modos, Putin se indignará. Rusia ya está desestabilizando a Crimea, una península transferida de la Rusia soviética a la Ucrania soviética en 1954, quizá incluso preparándose para anexársela. Pistoleros pro-rusos se apoderaron de edificios administrativos ahí el 27 de febrero.

 

Condiciones

El eventual apoyo del FMI conllevará condiciones, como una limpieza de la corrupción desenfrenada de Ucrania, una depreciación de su moneda sobrevaluada y un recorte de sus pródigos subsidios energéticos.

 

Vladímir Putin, presidente de Rusia “no tiene derecho” a usar la fuerza para intervenir en Ucrania.
Barack Obama, presidente de Estados Unidos