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Durante décadas, los líderes de Colombia han dicho al mundo, y a sus propios ciudadanos, que ansían ser una potencia del Pacífico, y que, realmente, quieren que su región del Pacífico pobre se ponga a la par de lugares más vibrantes, por ejemplo, la costa del Caribe. Hacer que alguien crea eso es más difícil.

El llamado a la acción más reciente fue hecho en el puerto de Buenaventura por el presidente Juan Manuel Santos el 25 de octubre. El mandatario dio a conocer nuevos detalles de una estrategia de desarrollo de 400 millones de dólares para la costa del Pacífico, incluida una promesa de 12 millones para ofrecer agua potable a todos los residentes de la ciudad.

Admitiendo que la gente había escuchado todo esto antes, prometió: “Esta vez no es una estrategia que provenga de la capital. Será puesta en marcha y supervisada desde aquí”.

Sin embargo, Colombia en general está en auge --el Banco Central predice un crecimiento del 5% para 2014-- y su costa del Pacífico se rezaga. En Buenaventura, el segundo puerto de contenedores más grande del país, enormes barcos navegan frente a casas de listones de madera, donde el agua fluye en los grifos tres horas al día cuando mucho, los niños están desnutridos y la violencia prolifera. El desempleo en el puerto excede el 40%, y en otras partes de la región montañosa y boscosa las cosas son incluso peores.

Nación del Pacífico

Los gobiernos han tratado de ayudar. Durante los últimos 40 años ha habido planes maestros, programas de acción y mapas de ruta. Algunos se enfocan en la infraestructura, algunos en la ecología, otros en la pobreza, pero todos tienden a irse apagando. Eso ocurre pese al hecho de que, en su política exterior, Colombia da mucha importancia a su estatus como nación del Pacífico.

Durante dos décadas ha soñado con unirse al foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico, cuyos miembros representan 63% de su comercio y 50% de su inversión extranjera. Colombia fundó, junto con Chile, México y Perú, el grupo comercial Alianza del Pacífico que ha recortado los aranceles.

Como parte del más reciente plan del Pacífico, las autoridades han desempolvado viejos proyectos, incluido uno para un oleoducto y una línea ferroviaria que se extiendan desde los campos petroleros en el este hasta Buenaventura. Otros establecen un “corredor” que vincule el Caribe y el Pacífico por río y carretera a través de la provincia del Chocó.

Esos planes necesitan ofrecer ganancias económicas a los ciudadanos comunes y protección a la biodiversidad de la zona, dice Luis Gilberto Murillo, un hombre del Chocó, a quien Santos ha pedido que encabece la iniciativa más reciente.

Planes para los grandes

Sin embargo, hay desconfianza entre los residentes del Pacífico y los de la capital.

Los amos del poder nacional protestan ante dejar que autoridades locales --propensas a la malversación-- manejen fondos. Un asambleísta provincial del norte del país fue inhabilitado de la política por el inspector general de Colombia durante 13 años, después de expresar estas sospechas de una manera considerada racista.

En 2012, dijo que “invertir dinero en el Chocó es como poner perfume al excremento”.

Mientras tanto, los residentes locales del Pacífico resienten los planes hechos en Bogotá. “Los planes no son para nosotros”, dijo Mario Riascos, un líder comunitario en Buenaventura. “Son para los grandes hombres de negocios”.

La aceptación por parte de los residentes es crucial, porque 84% de las tierras en la región del Pacífico están sujetas a derechos de títulos colectivos concedidos a grupos indígenas y de ascendencia africana. La introducción de esos derechos en 1993 fue vista como un triunfo para los pobres, pero los líderes empresariales dicen que perjudicó al crecimiento. Un administrador portuario en Buenaventura dijo que dificulta mucho más la vida a las compañías que necesitan acceso a terrenos.

El gran plan ya suena hueco a algunos. El 4 de noviembre, residentes de Buenaventura protestaron porque algunos distritos no habían tenido agua potable durante 10 días.