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  • The New York Times

No ha habido descanso en las estridentes protestas que están destruyendo a Haití. Las autoridades esperaban que la renuncia del Primer Ministro Laurent Lamothe, que tuvo lugar el 14 de diciembre, acallara la agitación. No hubo tanta suerte: dos días después, miles de manifestantes de nuevo llenaron el centro de Puerto Príncipe, la ciudad capital, para danzar en torno de una hoguera improvisada, vociferar cánticos vudúes y hacer sonar tambores y trompetas.

La policía dispersó a las multitudes con gas lacrimógeno, pero nadie espera ahora que los manifestantes se tranquilicen pronto. Su blanco ahora es el Presidente Michel Martelly. Con más manifestaciones planeadas en las próximas semanas, enfrenta un año tumultuoso y no es probable que empiece con calma.

Independiente del papel de los manifestantes como un comodín en el proceso, la escena política en Haití es volátil y casi nadie predice que los asuntos se solucionarán sin más turbulencia.

Martelly tiene hasta el 12 de enero para resolver un distanciamiento con una oposición furiosa. En esa fecha, expirará el mandato de la legislatura actual, dejándole como el único gobernante de Haití. Debido a un punto muerto en torno de una propuesta ley electoral, que la oposición afirma favorece al gobierno, las elecciones municipales y legislativas están atrasadas.

El 12 de enero, los periodos de la mayoría de los miembros de la legislatura deben expirar, y es casi inimaginable que pudieran celebrarse elecciones antes de esa fecha, especialmente dado el alboroto en las calles de Puerto Príncipe, o que los resultados de cualquier elección de ese tipo fueran aceptados por toda la sociedad haitiana.

El presidente designó a una comisión para romper el estancamiento, la cual recomendó la renuncia del primer ministro como una forma de apaciguar a la oposición. Hasta ahora, sin embargo, no hay signos de reconciliación.

No bajan los ánimos

El 16 de diciembre, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, insinuó el riesgo que enfrenta el país si sus líderes políticos no son capaces de negociar un cronograma para rápidas elecciones.

“Se ha hecho demasiado avance desde el terremoto (2010) para correr el riesgo de retroceder ahora”, dijo.

Desde que Martelly asumió el cargo en 2011, ha recibido aplausos por promover la inversión extranjera y lanzar programas de bienestar social; principalmente con ayuda de Venezuela, cuyo propio colapso económico y turbulencia política vuelve problemática, en el mejor de los casos, la continuación de esa ayuda.

Sin embargo, el éxito económico del gobierno, regularmente atribuido a Lamothe, un hombre de negocios rico, no ha sido igualado en el frente político. Al no forjar un consenso político para resolver la crisis electoral, Martelly y la oposición han permitido que la situación se salga de control y ponga en riesgo la vacilante democracia de Haití.

Si no se logra una resolución para el 12 de enero, Martelly puede gobernar por decreto. Eso le permitiría imponer una ley electoral y celebrar una votación.

Los manifestantes en las calles --muchos de los cuales enarbolan carteles con imágenes del expresidente Jean-Bertrand Aristide, un socialista-- lo acusan de tratar de resucitar una dictadura estilo Duvalier.

Eso es una exageración. Sin embargo, entre más se acerque Haití a un régimen de un solo hombre, más poderoso se vuelve ese grito de protesta.