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Desde las lujosas oficinas del expresidente de Panamá, Ricardo Martinelli, en el piso 43, desde donde se domina la costa de la Ciudad de Panamá, la vista es buena. Debajo está un distribuidor de Ferrari, y cerca hay llamativos rascacielos, incluido uno retorcido y verde conocido como el “Tornillo”, que fue erigido durante su mandato de 2009 a 2014.

En esos cinco años, el crecimiento de Panamá promedió un asombroso 8 por ciento, el mejor en Latinoamérica, aunque la deuda también aumentó. Martinelli, millonario dueño de supermercados, promovía a su país como el Singapur latino.

Aquellos que lo defendían como una alternativa proempresa a fanáticos izquierdistas, como el presidente de Venezuela Hugo Chávez, están reconsiderando. Siete meses después de que dejó el poder, ha dejado el país en su jet privado en medio de acusaciones de que su gobierno operó una red de corrupción y espionaje político. Él niega cualquier mala acción.

En enero pasado, la Suprema Corte votó a favor de lanzar una investigación sobre su papel en un caso de corrupción que involucró un programa de 45 millones de dólares para distribuir comida deshidratada entre escolares pobres.

44 testigos

El 3 de febrero reciente, la fiscalía dijo que 44 personas habían testificado como víctimas o testigos en un escándalo de intervención telefónica. Acusaciones de al menos cinco personas contra Martinelli han llegado a la Suprema Corte, que maneja los casos políticos de alto perfil.

Martinelli aseguró que es víctima de una venganza por parte del presidente Juan Carlos Varela, su ex vicepresidente y ahora sucesor. Uno de los abogados de Martinelli, Carlos Carrillo, dijo que, antes de llevar a cabo la investigación, la Suprema Corte debe convencer al Parlamento Centroamericano, un organismo que no hace nada, del cual su cliente es miembro, de privarlo de su inmunidad. Aseveró que Martinelli está en libertad de permanecer fuera de Panamá mientras el tribunal investiga.

Sin embargo, las denuncias son el giro más reciente en una espiral en picada que comenzó en mayo pasado, cuando el candidato seleccionado de Martinelli inesperadamente perdió ante Varela en una elección presidencial. En ese entonces, los simpatizantes de Martinelli dominaban la Asamblea Nacional, la Suprema Corte, la Procuraduría General y la Contraloría General; es decir, casi todos los centros del poder en Panamá excepto el tribunal electoral. Su dominio sobre la Suprema Corte se debilitó cuando uno de sus designados fue suspendido por amasar una riqueza inexplicable.

Al ganar la elección, Varela, que había sido expulsado del gobierno de Martinelli tres años antes, prometió investigar las denuncias de corrupción. Sus colaboradores dijeron que esperaban que los primeros blancos fueran los enormes proyectos de infraestructura que fueron la característica de la anterior administración.

Programa de alimentos

En vez de ello, las primeras denuncias surgieron de una poco visible agencia antipobreza basada en una mansión vecina a la oficina presidencial. Contratos con valor de 1,200 millones de dólares están bajo escrutinio. Dos de sus exdirectores han sido arrestados. Uno, Giacomo Tamburrelli, ha testificado dos veces ante los fiscales sobre el programa de alimentos deshidratados, supuestamente implicando a Martinelli.

Para agravar los males del expresidente, los fiscales arrestaron el mes pasado a dos exmiembros de su agencia de seguridad nacional bajo cargos relacionados con el escándalo de espionaje político.

Álvaro Alemán, secretario de la presidencia de Varela, reveló que se cree que fueron intervenidos los teléfonos y otros dispositivos de comunicación de alrededor de 150 líderes políticos y de otros ámbitos, incluido el arzobispo de Panamá, con base en expedientes y discos duros obtenidos por los investigadores.

El reciente 2 de febrero, Juan Carlos Navarro, un ex candidato presidencial, emitió una declaración jurada alegando que sus correos electrónicos y teléfono celular habían sido intervenidos durante la campaña, así como los de su personal. Acusó a Martinelli de asociación delictuosa. “Esta fue una enorme operación de espionaje ilegal", afirmó.

Pierden confianza

El portavoz de Martinelli, Luis Eduardo Camacho, manifestó que la evidencia en el caso de espionaje es débil, pero los panameños están perdiendo la confianza en el volátil líder que alguna vez los encantó con su carisma y lengua afilada.

Un exfanático tarareó una melodía de un cantante panameño, Rubén Blades: "Se ven las caras, pero nunca el corazón".

En el extranjero, quienes lo apoyaban están callados. Un antiguo crítico, Juan Carlos Hidalgo, del Instituto Cato, grupo de análisis basado en Washington, recordó cómo los estadounidenses derechistas lo instaban a no criticar a Martinelli porque era "uno de los nuestros", un enemigo de Chávez que había presidido un milagro de crecimiento.

Ahora se le descarta como simplemente un manchado populista latinoamericano más.