•  |
  •  |

Por Penelope Green

Primero utilizó Jell-O y fécula de maíz, pero el menjunje, vaciado en una cámara de vinilo, era demasiado pesado como para ser movido.

Y tras unos cuantos días empezó a apestar. Entonces intentó con agua. Era 1967 y Charles Hall estaba experimentando con un mueble flotador, como él la llamó, para una clase de ingeniería en la Universidad Estatal de San Francisco. (Sacó 100).

Al siguiente año, su Pleasure Pit (Pozo del Placer) hizo su debut en una galería. Las compañías de colchones lo desairaron, al igual que las tiendas departamentales, por lo que el mismo Hall se puso a venderlas, usando su vagoneta Rambler para entregar camas a tiendas, a un miembro del grupo Jefferson Airplane, a una colonia nudista e, inevitablemente, a Hugh Hefner, quien ordenó una para la Mansión Playboy, tapizada en terciopelo verde.

Hall era entusiasta respecto a las bondades de su invento: cómo la sensación de ingravidez contribuía a la salud y al bienestar. “Intentaba brindar una mejor experiencia de sueño”, dijo.

Con el tiempo, Hall y un socio encontraron inversionistas, y su compañía, Innerspace Environments, abrió más de 30 tiendas en California.

Aunque Hall patentó su versión forrada y con calefacción, que vendía en un resistente marco de madera, hubo muchos imitadores, ofreciendo copias baratas. La primera Pleasure Bed, como Hall bautizó su modelo, costó 350 dólares.

Para 1975, la compañía de Hall estaba en bancarrota debido a malos manejos de sus inversionistas, dijo, y pasó a otras ocupaciones. La cama de agua evolucionó de todas formas, sacudiéndose su mala fama como un tibio objeto de utilería sexual.

De acuerdo con la Asociación de Fabricantes de Camas de Agua, en 1986 las ventas de camas de agua alcanzaron casi 2 mil millones de dólares —del 12 al 15 por ciento del mercado de colchones de EU— y minoristas como Waterbed City en Florida estaban ganando millones de dólares.

Hall continuó aconsejando a un número de compañías y a diseñar mejoras, al igual que otros. Desaparecieron los marcos de madera y las “olas”, al tiempo que las camas de agua eran envueltas en formas de colchones de bordes suaves. Para 1991, uno de cada cinco colchones vendidos era una cama de agua.

Y, sin embargo, tan sólo unos cuantos años después, las camas de agua habían perdido su encanto. Las compañías de colchones tradicionales encontraron la forma de ofrecer una comodidad similar. Una tarde reciente, Hall, ahora de 75 años, se encontraba en su bungalow en el Estado de Washington.

Era el 50 aniversario del inicio de la cama de agua y estaba nuevamente emocionado respecto a su invento, que él ha actualizado. La cama de agua de siguiente generación de Hall se llama Afloat.

Una cama tamaño queen cuesta entre mil 995 y 2 mil 395 dólares e incluye un calentador, un kit para llenarla y drenarla y un marco de metal. Hall dijo estar a días de ofrecer Afloat en línea y que esperaba que el mercado de Afloat no sea sólo miembros de la postguerra con achaques físicos, sino miembros de la generación X y millennials.

Con 40 patentes en su haber, Hall también tiene casas en California y nueve autos deportivos, incluyendo un Roadster Jaguar Tipo E 1966, un Aston Martin, un Ferrari y un coupé Mercedes color plata. Aún se pueden hacer fortunas en la recámara. Los colchones hoy constituyen una industria de 15 mil millones de dólares en Estados Unidos, de acuerdo con Furniture Today, una publicación de la industria.

Warren Shoulberg, consultor de la industria del mobiliario para el hogar, también cree que el momento es propicio.

“Esta generación no tiene esa idea que con el tiempo se asoció con las camas de agua de que eran algo en lo que dormían los hombres solteros solitarios con la esperanza de atraer a jovencitas a sus casas”, dijo Shoulberg.

“El otro detalle es que los consumidores no tienen idea de qué hay al interior de la mayoría de los colchones. “La cama de agua es algo sencillo”, dijo. “Es una gran bolsa que contiene agua”.

 The New York Times