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Por Andrew Higgins

SARAJEVO, Bosnia y Herzegovina — Arijan Kurbasic, gerente del War Hostel Sarajevo en la capital bosnia, sabe que su idea de la hospitalidad no es del gusto de todos y está dispuesto a relajar las reglas un poco.

Por ejemplo, bajará el volumen de un sistema de sonido que, día y noche, llena el lugar con el estruendo de disparos y explosiones.

Pero aun así, dormir puede ser un reto: no hay camas, sólo colchonetas en el piso sin almohadas o sábanas, y cobijas pesadas y rasposas.

La decoración difícilmente es relajante —hay muchas armas y, en una habitación, un póster que grita “Muerte” y “El Fin”. Kurbasic ofrece lo máximo de la autoprivación: “el búnker”, un cuarto sin ventanas en el sótano tan incómodo que, dijo, “es insensato querer dormir allí”.

Pocos han querido quedarse en este espacio. Kurbasic, ex guía turístico de Sarajevo de 27 años, dijo que se dio cuenta de que lo que querían conocer muchos turistas era las agonías de la espléndida ciudad durante la guerra de Bosnia de 1992-1995.

El término de la industria de la hospitalidad para lo que Kurbasic ofrece es “turismo oscuro”, un mercado global de nicho, pero creciente. Sarajevo tiene una abundancia de lugares oscuros.

Fue también en Bosnia donde una versión inicial del turismo oscuro dio un giro siniestro, indicó Zijad Jusufovic, sobreviviente de un sitio durante la guerra quien dirige recorridos de Sarajevo.

“Ésta es la atracción número uno para el turismo oscuro”, expresó en un lugar en las colinas que dominan la Ciudad.

Turistas, principalmente fanáticos cristianos ortodoxos de Rusia y Grecia, solían ir allí para hacer disparos, por una cuota, con rifles de francotirador y armas antiaéreas contra residentes musulmanes que se escabullían para resguardarse en la Ciudad de abajo.

En el hostal, que cuesta 20 euros (22.50 dólares) por persona, están prohibidos los teléfonos celulares, las joyas y los relojes.

El búnker tiene un reloj de cuerda, pero está descompuesto. La mayoría de los visitantes del hostal es de Europa, Australia y Estados Unidos, muchos demasiado jóvenes para recordar las espantosas imágenes en la televisión del sufrimiento de Sarajevo durante un sitio de mil 425 días impuesto por fuerzas serbias que rodeaban la Ciudad.

Jusufovic mencionó que los bosnios empezaron a ser más abiertos al turismo de guerra después de que una familia musulmana, cuyo hogar cerca del aeropuerto de Sarajevo fue el punto de partida de un túnel cavado debajo de la pista de aterrizaje en la guerra, empezó a ganar dinero vendiendo boletos a los turistas que querían visitarlo.

Llamado el Túnel de la Esperanza, fue apropiado por el Gobierno en el 2013, y ahora es una atracción popular. Kurbasic se niega a decir si es musulmán, serbio o croata, los tres principales grupos étnicos de Bosnia.

Su único mensaje, aseguró, es que los huéspedes deberían ver a Sarajevo, ahora una ciudad cosmopolita, y recordar que “lo que sucedió aquí puede suceder dondequiera que haya personas”.

 The New York Times