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Por Hanna Reyes Morales

BAYAN-OLGII, Mongolia — Cuando la escuela termina los viernes, Zamanbol regresa a casa, termina su tarea y cumple con sus quehaceres en el hogar como hacen los adolescentes típicos en cualquier parte.

Los sábados, ensilla su caballo, realiza excursiones en lo profundo de montañas cubiertas de nieve y caza bestias salvajes con una compañera leal: su ave de presa entrenada.

Zamanbol, de 14 años, es una cazadora con águila. Una nómada kazaja en la región de Altái en Mongolia, es parte de una generación de jóvenes nómadas que adoptan costumbres de siglos de antigüedad al tiempo que buscan conexiones con sus raíces y la vida silvestre en un mundo que es transformado por la tecnología.

La joven cazadora, que va a la escuela en la Ciudad durante la semana y regresa al ger, o yurta de su familia nómada, el fin de semana, ha vivido entre águilas toda su vida.

El exigente oficio de cazar con águilas le fue transmitido por su abuelo, Matei. Con él a su lado, ella y su águila han cazado incluso lobos.

Su abuelo le enseñó todo lo que sabía sobre cazar con águilas: cómo llamar al ave en el cielo, cómo susurrarle de forma tranquilizadora cuando se posa sobre su brazo. Cuando él murió, Zamanbol heredó su preciada ave.

“Tras la muerte de mi abuelo, quise continuar su costumbre”, dijo. Así como ella comenzó a aprender el oficio a una temprana edad, el entrenamiento de las aves empieza poco después de que un aguilucho es capturado en el nido.

La relación resultante entre cazador y águila es estrecha y abarca años; algunas duran más de una década, y algunos cazadores incluso hablan sobre el águila como si fuera un hijo.

Los cazadores a menudo les cantan a sus águilas para acostumbrarlas a sus voces. Las águilas hembra, más grandes y fuertes que los machos, se usan de forma casi exclusiva en la caza.

Una vez que alcanzan un peso de alrededor de 7 kilos las águilas viajan a caballo con sus cazadores a las montañas, donde son soltadas para que exploren el paisaje en busca de presas, por lo general zorros y conejos.

Pero los lobos son el verdadero premio, aunque los cazadores temen por la seguridad de sus aves cuando éstas se lanzan por una presa peligrosa.

La caza con águilas estuvo a punto de desaparecer en el siglo pasado. Se mantuvo viva gracias a los kazajos de Altái en la región occidental de Mongolia, en la Provincia de Bayan-Olgii, donde al menos 400 personas de etnia kazaja se han registrado formalmente como cazadores con águilas.

La provincia es la única en Mongolia con mayoría kazaja, y mayoría musulmana. Ahora, quizá por primera vez en su historia, el arte, y su papel esencial en la cultura kazaja de Altái, se comparte con gente de fuera.

Los cazadores se reúnen para el Festival del Águila Dorada, un encuentro de dos días. Un documental del 2016 sobre Aisholpan, una joven cazadora con águila que ganó la competencia en el 2014, ayudó a atraer la atención internacional a la cultura kazaja de Altái.

Tan sólo reunir a los cazadores es una hazaña, puesto que muchos son nómadas dedicados al pastoreo. Muchos llegan a caballo, ataviados con pieles.

El número de turistas extranjeros que llegaron al festival en octubre fue de más de mil, de acuerdo con funcionarios gubernamentales.

En el 2018, participaron 120 cazadores con águila. Desde la cima de una montaña, un águila es liberada mientras su cazador espera a caballo en la base de la montaña.

El objetivo es que el ave se encuentre con su cazador dentro de un área objetivo de alrededor de 20 metros de ancho.

Para incentivar al águila, el cazador sujeta en lo alto un trozo de carne y grita con fuerza. Sólo 18 águilas fueron capaces de completar la tarea.

Para cada convergencia exitosa, estallaban expresiones de asombro y vítores por toda la estepa. El águila ganadora es elegida tras una segunda ronda, juzgada con base en cómo cazan un cadáver sujetado a un caballo galopante.

A algunos académicos les preocupa que el festival presente a la caza con águila como un espectáculo en lugar de mostrarla en su contexto cultural, como una búsqueda de pieles y alimentos.

Pero muchos cazadores ven al festival como una forma de celebrar su patrimonio. Cuando Zamanbol cabalga a las montañas para cazar, a menudo deja que sus amigos la acompañen, y todos se mueven con seguridad en sus caballos sobre el terreno irregular, mientras charlan unos con otros a todo galope.

En los selfies que las chicas publican en Facebook, el águila de Zamanbol aparece con ellas como su igual.

“Tu águila es adorable”, dice uno de los comentarios.

La caza con águilas, para los pocos que la practican, ha sido un puente que conecta a la juventud kazaja con sus mayores.

Para Zamanbol, su águila personifica a sus abuelos, aunque el ave con la que caza hoy no es la que le dio su abuelo.

Por costumbre y por amor, las águilas a la larga son devueltas a su entorno silvestre. Zamanbol tenía 13 años cuando dejó ir a su primera águila.

Su familia sacrificó a una oveja para la ocasión. Ella ató luego un listón blanco alrededor de la pata del águila, subió a las montañas y se despidió. “Estaba triste”, dijo Zamanbol, “pero quería que fuera libre”.

 The New York Times