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Por Ruchir Sharma (Opinión)

Luego de una década de ganancias extraordinarias, el mercado de valores de Estados Unidos se ha trastornado recientemente, con el sector de la tecnología liderando el rápido declive.

Los gigantes tecnológicos estadounidenses están en promedio 25 por ciento por debajo de los máximos recientes, y parece que la gran burbuja global de la década del 2010 se está reventando. La pregunta en la mente de todos es qué sigue.

Una respuesta es recurrir a las antiburbujas. A las burbujas las impulsa la moda y las define la manía, incluyendo operaciones inusualmente intensas y precios que crecen a un ritmo inusualmente rápido y que alcanzan un nivel que no puede justificarse por el crecimiento subyacente de la economía o la compañía.

Las antiburbujas son la imagen de espejo, que toma forma en los ignorados rincones del mundo y se define por operaciones ligeras, con precios estancados en niveles bajos pese al sólido crecimiento de la economía o la compañía.

La obsesión de los inversionistas con la tecnología había lanzado a muchas otras industrias y países al solitario vecindario de las antiburbujas. En sus niveles máximos de este año, Apple y Amazon valían más de un billón de dólares.

Y la tecnología estaba eclipsando a países y regiones enteras a un grado que rara vez he visto en mis 25 años como inversionista.

Hasta que comenzó el revés tecnológico en octubre, los mercados de valores desde el Sureste de Asia hasta Europa Oriental y América Latina negociaban a mínimos no alcanzados desde hace décadas en relación con EU.

Por el precio de Apple, se podrían haber comprado todas las compañías en tres de los mercados más grandes del Sureste de Asia: Indonesia, Malasia y Filipinas.

O todas las compañías públicas en los tres mercados más grandes de Europa Oriental —Polonia, República Checa y Hungría— casi tres veces más.

Esto no es normal. Por lo general, los precios reflejan la mejor apuesta colectiva del mercado en el futuro, y es una clara señal de manía cuando el mercado cree que una compañía tiene un futuro más brillante que un país grande.

Para ser claros, las antiburbujas no incluyen compañías heredadas como tiendas departamentales y periódicos cuya existencia se ha puesto en duda. Las antiburbujas abarcan países y compañías que parecen tener un futuro brillante, pero que luchan por atraer la atención de los inversionistas.

Históricamente, los mayores rendimientos del mercado bursátil se dieron en las economías de más rápido crecimiento. Pero ese patrón cambió en los últimos años, a medida que los inversionistas perseguían la tecnología a expensas de todo lo demás. Los mayores rendimientos se dieron en países de crecimiento lento como Taiwán.

Los menores se dieron en economías de rápido crecimiento como Filipinas. La razón: Taiwán es una economía impulsada por la tecnología, Filipinas no.

Sin embargo, a medida que los gigantes tecnológicos comienzan a resquebrajarse, ese comportamiento empieza a cambiar.

Los mercados de valores desde Filipinas hasta Indonesia han comenzado a emerger de las antiburbujas. Y en Estados Unidos, industrias sólidas que los gigantes tecnológicos habían abandonado también comienzan a ponerse de moda entre los inversionistas, incluyendo las de telecomunicaciones, bienes raíces y productos de primera necesidad.

En los años 80, se predijo ampliamente que Japón sería la próxima superpotencia económica. Estados Unidos luchaba por escapar de la sombra proyectada por Japón. Estaba atrapado en la antiburbuja de esa época.

Al final de la década, sin embargo, la burbuja de Japón había estallado y EU estaba listo para ocupar el centro del escenario.

La siguiente gran burbuja surgió en Estados Unidos durante la fiebre tecnológica de finales de los 90, que generó otra serie de antiburbujas.

A finales de la década, las grandes compañías petroleras y las economías impulsadas por materias primas desde Brasil hasta Rusia, sacudidas por los precios a la baja, habían quedado fuera del radar de los inversionistas globales y los precios de sus acciones estaban por los suelos.

Pero se vieron obligados a modernizar sus finanzas y operaciones, y sus fortunas bursátiles estuvieron listas para recuperarse cuando las apuestas punto-com quebraron. Para finales del 2007, con los precios de las materias primas al alza, su regreso fue total.

Cinco de las 10 compañías más valiosas del mundo fueron gigantes energéticos. Si el estado de ánimo de una burbuja es maníaco, con los inversionistas llevando los volúmenes de operaciones diarias hasta el cielo, el de una antiburbuja es lo opuesto, con pocas operaciones.

En una reveladora señal de las antiburbujas actuales, los mercados de Filipinas, Malasia e Indonesia en conjunto negocian menos de mil millones de dólares al día, comparados con los 6 mil millones diarios sólo para Apple.

Hay muchas antiburbujas más. México no enfrenta una amenaza obvia de crisis económica, pero el dinero ha huido de su mercado de valores, acercando al Peso a mínimos que no se veían desde la crisis de 1994.

Las antiburbujas comparten una cosa con las burbujas: no duran. Con el tiempo, las personas reconocen que los precios están fuera de control y se ajustan a ello. Vuelven a buscar historias de crecimiento barato y las encuentran en países y compañías olvidados.

Las burbujas son un drama cautivador, en el que los protagonistas compiten entusiasmados hacia una caída repentina. Mucho menos se ha escrito sobre las antiburbujas, que son historias igual de cautivadoras sobre desvalidos que avanzan silenciosamente hacia regresos sorprendentes.

Ruchir Sharma es el estratega global en jefe de Morgan Stanley Investment Management.

 The New York Times