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Por Jan Hoffman

Un especialista en Medicina de la Adicción en la Universidad de Harvard recibe llamadas de padres de familia desconsolados. Un psicólogo en la Universidad de Stanford, en California, recibe llamadas de impactados funcionarios escolares de todo el mundo.

Alarmados por la naturaleza adictiva de la nicotina en los cigarros electrónicos y su impacto en el cerebro en desarrollo, los expertos en salud están batallando para ayudar a los adolescentes a dejar el “vapeo”.

En diciembre, un sondeo anual del consumo de drogas entre adolescentes estadounidenses patrocinado por el Gobierno de EU reportó que el uso adolescente de cigarros electrónicos se disparó en el 2018.

El aumento en el vapeo de nicotina fue el repunte más alto para cualquier sustancia registrado por el estudio en 44 años. Alrededor del 21 por ciento de estudiantes de último año de preparatoria había vapeado dentro de los 30 días anteriores en comparación con alrededor del 11 por ciento hace un año.

La necesidad de terapias dedicadas a adolescentes es apremiante, dijo Marina Picciotto, de la Sociedad para Investigación sobre Nicotina y Tabaco, con sede en Wisconsin. Los adolescentes son singularmente vulnerables a la adicción.

La corteza prefrontal del cerebro, que afecta la capacidad de emitir juicios y el impulso, todavía está madurando. “Cuando la inundas de nicotina, interrumpes el desarrollo”, dijo Picciotto. Los psiquiatras dicen que la nicotina puede exacerbar padecimientos de salud mental subyacentes; también puede llevar a hiperactividad, depresión y ansiedad.

Los métodos para dejar el cigarro no pueden ser usados para dejar el vapeo. La cantidad de nicotina en los cigarros electrónicos es difícil de medir.

Establecer protocolos de reducción de consumo y medicamentos antitabaco diseñados para el vapeo adolescente exigirán estudios a largo plazo, dicen los investigadores. Jonathan Hirsch, quien supervisa la educación sobre tabaco y vapeo en la Preparatoria Redwood, en Larkspur, California, donde el 36 por ciento de los estudiantes de segundo año de preparatoria dicen vapear, señaló que incluso los estudiantes que quieren dejarlo batallan para hacerlo.

Hirsch dijo que inculcarles a los estudiantes temor por enfermedades no funciona. Y quienes vapean con regularidad tampoco dejan de hacerlo debido a las amenazas de consecuencias. “Cuando el otro día les pregunté a mis estudiantes si conocían a alguien que se saliera de forma rutinaria de clases para vapear porque ‘tiene que hacerlo’, al menos dos tercios levantaron la mano”, contó.

La percepción de que todo el mundo vapea señala el mayor obstáculo en persuadir a los adolescentes a dejar el hábito: la naturaleza unida a la aprobación de los amigos de la adolescencia misma.

Está de moda. Es algo prohibido. Además, aunque dar ese primer paso en la recuperación —aceptar la adicción— es difícil para cualquiera, es posiblemente más difícil para los adolescentes, quienes detestan admitir dependencia hacia alguien o algo. Con poca orientación, los doctores formulan enfoques individuales.

Susanne E. Tanski, profesora de pediatría en Dartmouth College, en New Hampshire, inicia sus evaluaciones de forma indirecta. Pregunta, “¿tus amigos vapean?”. Cuando los pacientes preguntan si preferiría que fumen cigarros, Tanski habla del daño potencial de las partículas y químicos en el aerosol de un vaporizador, que pueden dañar las vías respiratorias. “Diré, ‘ahora sabemos muchas cosas malas sobre el tabaco, pero se necesitó tanto tiempo para que esas enfermedades se desarrollaran y para que aprendiéramos sobre ellas. No estoy dispuesta a hacer este experimento contigo’”.

Sharon Levy, experta en adicción adolescente en el Hospital Infantil de Boston, educa a los adolescentes para que quieran dejar el vapeo. Estrategias conductuales cognitivas ayudan a redirigir pensamientos durante el ansia por vapear, dijo.

En ocasiones combina terapia hablada con parches de nicotina. Algunos doctores recetan antidepresivos para reducir los síntomas de abstinencia. Levy también recomienda respiración profunda, yoga y ejercicio. Levy evaluó a un estudiante de secundaria que faltaba a clases para vapear en el baño.

“Le preocupa no poder resistir el anhelo de vapear”, dijo Levy. “Es en lo único que piensa. Es como tratar a un paciente que ha dejado de consumir heroína pero quiere inyectarse con una aguja vacía”.

 The New York Times